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Puedo elegir un
rojo atardecer y caminar sin prisas por la orilla del mar, dibujando huellas que
las olas se llevarán consigo. Mientras, mis pies descalzos tratan de esquivar
las conchas y los tesoros que se esconden bajo la arena húmeda de esta playa
desierta. El sol también busca un escondite más allá de la línea que separa el
cielo del mar. Todos buscamos algún escondite. Eso me da por pensar en momentos
como éste. Mis pasos se detienen. Dirijo la mirada hacia el mar. Y pienso que
este es un lugar perfecto para esconderse al menos una vez al año. O tal vez
pueda ser el escondite perfecto para pasar el resto de la vida. Quién sabe.
Ahora sólo quiero seguir caminando, muy despacio, olvidar los problemas,
respirar el aire húmedo y salado, escuchar el sonido de las gaviotas o descubrir
un barco que atraviesa el océano y que trata de perderse allá en el horizonte.
Puedo elegir un
mediodía en una playa repleta de gente y sentarme en un chiringuito a disfrutar
de una cerveza fría y un plato de pescaíto frito. La prensa deportiva
anuncia los últimos fichajes. ¡Qué grande va a ser mi equipo en la temporada
venidera! Termino de comer y de beber, pero por más que busco no encuentro un
hueco para mi toalla en medio de esta multitud. Tal vez si esa señora apartara
un poco su hamaca o si a esos niños les diera por jugar a la pelota más cerca de
la orilla, todo sería distinto. Hay un señor de barriga generosa que escucha la
canción del verano en su transistor. El calor aprieta. Y yo sigo buscando un
pequeño espacio de arena en el que poder tumbarme.
Puedo elegir
una noche eterna y un grillo que canta incesantemente mientras dos novios se
devoran bajo un cielo estrellado. Alternan besos y sonrisas. Unos ojos se
pierden en otros. Podría ser el inicio de una historia interminable. Podría ser,
sencillamente, un amor de verano. La noche es joven. Ellos también. Una suave
brisa acaricia sus rostros. El tiempo se detiene. Y lo demás no importa.
Puedo elegir el
coche, el tren o el avión y visitar nuevos rincones, llenar mi maleta de
recuerdos viajando por el mundo, descubrir nuevos sabores, olores, colores,
sonidos… Hablar con otras gentes, caminar por otras calles, contemplar otros
paisajes, comer en otros bares, llenar mi pasaporte de sellos de otros países:
México, Argentina, Perú, Marruecos, China, Rusia… El mundo es inabarcable, pero
cabe en mi pasaporte.
Puedo empezar a
escribir sobre el verano y elegir mil momentos, conceptos y lugares para
hacerlo. Puedo hablar de vacaciones, de pieles morenas, de piscinas y
chapuzones, de campings, de conciertos, de ferias, de mosquitos despiadados, de
cuarenta grados a la sombra, de cines al aire libre, de sardinas asadas y tomate
aliñado, de helados de chocolate y nata, de tertulias inacabables y noches de
borrachera, de estrellas fugaces, de sueños que se cumplen e historias que se
acaban, de luz y color… Puedo vivir y disfrutar del verano o morir en el
intento.
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