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Todo empezó
aquella tarde, después del colegio. Yo aún podía contar los años vividos con los
dedos de las manos cuando Juan me invitó a su casa. Prometió que lo pasaríamos
en grande jugando con uno de los regalos de su reciente cumpleaños. Llamé a la
puerta. Su madre me recibió con una sonrisa y me invitó a pasar al salón, donde
esperaba mi amigo. Juan estaba absorto, sentado en el sofá, con la mirada
clavada en el televisor. Su mano izquierda sujetaba un extraño artilugio con una
palanca que manejaba con la otra mano. En su extremo, había un botón que Juan
presionaba compulsivamente con el pulgar. Le saludé tímidamente por miedo a
interrumpirle. Juan parecía disfrutar controlando aquel monigote que deambulaba
por la pantalla, ignorando mi presencia. Sólo accedió a devolverme el saludo al
final de la partida, con la aparición de un rótulo escrito en inglés que rezaba
“Game Over”. ¿Juegas?, me preguntó. Fue la primera vez que me enfrenté a un
videojuego. Jugamos durante varias horas. Aquella máquina que se conectaba al
televisor disponía de varios juegos, sencillos pero endiabladamente
entretenidos. Poca gente en el pueblo tenía algo así. En cuanto a mí, aquella
tardé empecé a soñar con tener una máquina como aquella.
Transcurrieron
otras muchas tardes. Y sólo pude ver cumplido mi sueño de disfrutar con los
videojuegos en mi propia casa cuando ya no podía contar los años vividos con los
dedos de las manos. Mis padres me regalaron un ordenador Spectrum con el
que me adentré en un mundo fascinante. Mi sueño cumplido me permitió seguir
soñando. Me metí en la piel de un veterano de guerra, me convertí en comecocos,
viajé a la Edad Media, me puse al volante de un bólido para alcanzar los 250
kilómetros por hora, fui un superhéroe, me superé a mí mismo como deportista de
élite con récords inalcanzables… Crecí con los videojuegos. Y como yo, otros
muchos jóvenes de mi generación asistimos atónitos a su imparable proceso
evolutivo.
Hoy día los
videojuegos han dejado de ser un mero sistema de entretenimiento para
convertirse en una nueva forma de arte. Mucha gente ignora que detrás de muchos
videojuegos hay un extenso equipo de programadores y creativos que miman cada
detalle de su obra, manejando presupuestos similares o superiores a los de
grandes producciones cinematográficas. Y lo peor de todo: todavía hay quienes
piensan que los videojuegos son sólo cosa de niños.
En medio de
este desconocimiento profundo surgen noticias que no hacen más que incentivar el
rechazo de ciertos sectores de la sociedad a esta forma de ocio. Hace unos días,
la British Board of Film, el organismo británico encargado de clasificar por
edades películas y algunos videojuegos, prohibía el lanzamiento de Manhunt 2,
un juego que transcurre en un siniestro manicomio y en el que abundan las
escenas de violencia. Sangre, vísceras y decadencia han propiciado su censura no
sólo en Reino Unido, sino en otros países.
Nunca fui un
apasionado de la violencia gratuita en pantalla, pero tampoco un detractor. La
censura siempre es una ofensa a las libertades individuales y, por supuesto, un
obstáculo para la actividad creativa. Yo no encuentro placer en la violencia,
pero basta con encender la televisión o echar un vistazo a la cartelera para
comprobar que ciertas formas de ocio gozan de una impunidad que los videojuegos
no tienen. Para asistir a un acto de tortura, con amputaciones o decapitación
incluida, no hay más que ir al cine o alquilar en el videoclub películas como
Hostel –cualquiera de sus dos partes-, la nueva versión de
La Matanza
de Texas
o alguna de Tarantino. Y nadie dice nada. Creo que un sistema de calificación
por edades ha de ser más que suficiente para impedir que los niños accedan a
este tipo de contenidos. Para ello es imprescindible una mayor implicación de
los padres, muchos de los cuales siguen viendo a los consumidores de videojuegos
como auténticos bichos raros. Son los que temen porque desconocen. Son los que
prefieren la censura a la educación en valores. Son aquellos que nunca han
compartido una tarde frente al televisor junto a un amigo. Son los mismos que
jamás entenderán que los videojuegos también permiten soñar.
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