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Miro a mi alrededor y siento que algo ha cambiado.
Después de la tempestad llega la calma, es cierto. Pero la tempestad siempre
deja a su paso un reguero de indicios inequívocos en cualquier ciudad. Las
calles de muchas poblaciones andaluzas son ahora océanos en calma que han
sobrevivido a la tempestad de unas elecciones municipales. Los carteles de los
candidatos a la alcaldía cuelgan aún de postes de electricidad, paredes o
marquesinas, pero los resultados en las urnas han borrado de un plumazo la
sonrisa en muchos de estos rostros. Como por arte de magia, el optimismo se ha
disuelto como un azucarillo en el agua.
Las recientes elecciones forman ya parte de la
Historia, y han dejado tras de sí un significativo índice de descalabros
políticos. Valga el ejemplo de Pedro Pacheco, que ha decidido colgar las botas
en Jerez de la Frontera, después de permanecer en dicho ayuntamiento desde 1979.
Pacheco ha renunciado al acta de concejal después del fracaso de su partido, que
ha pasado de tener 9 a 4 concejales tras los últimos comicios. Los resultados
colocan al PSA en la oposición y a Pacheco fuera de juego.
No es fácil digerir la derrota. Para algunos menos
que para otros. El protagonista del gran batacazo político a nivel regional ha
sido, sin duda, el Partido Andalucista, que sufre además serios problemas de
digestión. Tras obtener los peores resultados de los últimos 20 años, la
ejecutiva del partido argumenta ahora que las elecciones “las han perdido los
municipios y los ciudadanos”, y “las han ganado el PSOE y el PP” al intentar
convertirlas en unas primarias. Aunque a la vista de los resultados no les queda
otra que envainársela, a los andalucistas no les falta ni una pizca de razón. La
campaña realizada por los partidos políticos mayoritarios en el país, ha sido
más propia de unas elecciones generales que de unas municipales o regionales. En
lugar de centrar las promesas electorales en construir nuevos parques, mejorar
los transportes públicos o ampliar la oferta cultural de la ciudad, el gran
caballo de batalla de estas elecciones no ha sido otro que ETA. Paradojas del
panorama político.
Y qué decir de la corrupción urbanística. Lejos de
castigar a los candidatos sobre los que pesaban graves acusaciones de
enriquecimiento ilícito, las elecciones han servido para consolidar en su puesto
a muchos de estos ediles y alcaldes de dudosa reputación. Más paradojas del
panorama político.
Las elecciones dejan tras de sí también un buen
número de anécdotas para el recuerdo. En Carataunas, una pequeña localidad de la
Alpujarra granadina, los votos de sus 132 vecinos fueron divididos en dos partes
iguales, provocando así un empate entre PP y PSOE. Finalmente, una moneda
lanzada al aire ha dirimido esta igualdad. Salió cruz, lo que significa que
Salvador Rodríguez, candidato popular, seguirá al frente del consistorio cuatro
años más. Y tan amigos.
También existen islas en medio del océano
electoral a las que no llega la tempestad de la campaña. Es el caso de Benitagla,
un pueblecito almeriense cuyas calles no se adornan con carteles de candidatos,
ni se organizan mítines, ni tienen lugar grandes despliegues mediáticos. En este
pueblo de 66 habitantes, tres candidatos de tres partidos diferentes optaban a
un único puesto de concejal y alcalde. Porque allí todo se debate y se decide en
el Centro Social y Club de la Tercera Edad. Dialogando. Como tiene que ser. Y de
paso se evitan toda esa parafernalia que da vida a unas elecciones y que sirve
para rellenar páginas y páginas de los periódicos o para cubrir minutos
interminables de radio y televisión.
Lo peor viene después, cuando todo termina y deja
de escucharse el himno del partido de turno. La ciudad recobra su silencio o su
ruido habitual. Y vuelvo a caminar por sus calles, mirando al cielo o al suelo.
O simplemente dirijo la mirada hacia uno de esos rostros sonrientes de quienes
fueron candidatos a la alcaldía hasta hace sólo unos días. Y me pregunto si hay
vida más allá de unas elecciones.
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