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Puedo imaginar unos rostros desencajados y el
ánimo por los suelos después de tres meses de incertidumbre. Puedo imaginar cien
noches en vela, una calada tras otra, inhalando el humo de la desesperanza,
consumiendo un cigarrillo que quedará olvidado sobre el viejo cenicero de la
mesa de algún comedor. Puedo imaginar un futuro incierto, la amenaza de que
desaparezca un sueldo con el que apenas se puede llegar a fin de mes. Puedo
imaginar un televisor, una radio encendida o un periódico abierto sobre la mesa,
pero la ansiada noticia nunca llega y el optimismo se agota, como una botella de
agua de la que nunca dejamos de beber. Y la sed se vuelve cada vez más intensa.
La vida vuelve a empezar un lunes por la mañana,
con un sol resplandeciente que parece quemar el agua que el mar ha derramado
sobre la arena de la bahía. Algo más de un centenar de operarios de la empresa
Delphi se concentran en la factoría de Puerto Real para emprender un duro
camino, un viaje cargado de interrogantes que esperan despejar al final del
trayecto. Calzado cómodo, gorras para el sol y un último aliento de esperanza
son los ingredientes necesarios para hacer este camino que les llevará a
Sevilla. La peregrinación hasta la capital andaluza durará casi una semana. Sus
pies recorrerán más de 120 kilómetros. La aventura transcurrirá bajo un sol de
justicia. Los ánimos están caldeados. El asfalto, también. Nada fuera de lo
previsible en estas tierras cuando el mes de junio está a punto de llegar.
Con el transcurso de los días, sus rostros se
oscurecen, pero los ánimos permanecen inquebrantables. Duelen los pies, pero los
puños siguen en alto. Los cánticos se suceden sobre el arcén humeante. Sólo una
cosa está clara: “Delhi no se cierra”, cueste lo que cueste. Muchos serían
capaces de caminar hasta la Luna si fuera necesario. Las respuestas, sin
embargo, están a la vuelta de la esquina. El momento se acerca. Hombres
ataviados con camisetas rojas, blancas y amarillas se adueñan de la N-IV entre
aplausos, silbidos y gritos de apoyo de personas que se suman a la marcha. Un
último suspiro y ya han llegado a Sevilla.
La sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía es el lugar de
encuentro que servirá para despejar tantas y tantas incógnitas. Cruce de
miradas. Manos que se estrechan. Políticos, sindicatos y trabajadores sentados
en la misma mesa. Espléndidos trajes y zapatos nuevos mezclados con camisetas de
verano y pantalones cortos. Puedo imaginar el final de esta reunión. En el
informativo que dan por la tele anuncian un dulce desenlace. Veo rostros
sonrientes y ánimos recuperados. El futuro ahora es menos incierto. Hay acuerdos
cerrados con varias empresas que garantizarán el empleo de todos los
perjudicados por el posible cierre de la factoría gaditana. Eso dicen en la
tele, en la radio, en los periódicos. La noticia ha devuelto la sonrisa a
alguien que descorcha una botella en casa, alguien que sigue mirando al futuro
con cierta desconfianza pero que, tres meses y algo más de 120 kilómetros
después, ha recuperado la esperanza.
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