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De repente, llueve. Y mientras miro al techo de
esta oscura habitación que casi parece ahogarme, no puedo dejar de pensar en que
ya nada volverá a ser igual que antes. La lluvia de agosto es un bálsamo contra
los malos sueños, y sólo el murmullo del agua ha logrado rescatarme de este
laberinto de llamas que conduce a un paraje desierto. En mi sueño, Galicia arde.
En mi sueño, Galicia ya no es verde.
De repente, llueve. Y sólo la lluvia calma la
sequedad de mi boca cuando aún no ha amanecido. Todo ha pasado, pienso. Todo ha
pasado. Pero el recuerdo del fuego parece imborrable.
Mi pesadilla ha durado casi dos semanas. Comenzó
un cuatro de agosto. Pronto, una oleada de incendios habían dejado de ser una
simple amenaza para convertirse en un tormento inapagable. Los árboles parecían
pólvora ante el avance imparable de las llamas. Galicia ardía, y nada ni nadie
ponía fin a este infierno indescriptible. Tan sólo se apagaba la vida de dos
personas –madre e hija- en la localidad pontevedresa de Cerdedo. El fuego se
aliaba con la muerte.
Conocí Galicia siendo todavía un niño. Mi tío
Alfonso me hablaba de su tierra como si de un pequeño paraíso se tratara. Y así
la descubrí, infinitamente verde, hace ya algunos años. Viajábamos juntos en el
viejo Opel Kadett, tal vez en un verano como éste, cuando pude comprobar que
Galicia era en realidad como siempre había imaginado: verde, húmeda y casi
eterna.
Mucho tiempo después, volví a descubrir esta
región junto a mi amiga Anuska. Sólo entonces comprendí que el verde es más
verde en Galicia y que nadie podría mitigar nunca la fuerza de su color. Supongo
que me equivoqué. Al menos eso es lo que pienso ahora al ver Galicia hecha
cenizas en la pantalla de mi televisor, al ver las cicatrices que han quedado en
la tierra, al examinar el rostro exhausto de quienes han pasado demasiadas
noches en vela esperando que se produjera el milagro de la lluvia de agosto, la
misma lluvia que acaba de rescatarme de esta terrible pesadilla, aunque sea
demasiado tarde.
Me queda el consuelo de saber que todo ha sido un
mal sueño. Eso pienso ahora, mientras recupero el aliento tras dar un trago a un
vaso de agua. No hay hueco en Galicia para tanta tristeza. Galicia no puede ser
gris, sólo puede ser verde.
Mientras, la lluvia de agosto atraviesa la
ventana con su murmullo en esta extraña madrugada. He encendido la radio, que
escupe noticias sobre un paraíso asolado en el noroeste del país. Dicen que el
paraíso se ha convertido en un infierno. Pero no puede ser verdad. Dicen también
que se cuentan por centenas las personas que llegan a Canarias de forma
clandestina, arriesgando su vida a bordo de una patera, en busca de un mejor
futuro. Pero no hay quien se lo crea. La vida no puede ser esto. Aún no ha
amanecido, pero sigue lloviendo. Y pienso que la vida tendría que ser como la
lluvia de esta madrugada: mágica e interminable.
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