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Lluvia de agosto

 ISAAC LÓPEZ

 (Periodista)

isaaclore@gmail.com

 

ISAAC LÓPEZ

De repente, llueve. Y mientras miro al techo de esta oscura habitación que casi parece ahogarme, no puedo dejar de pensar en que ya nada volverá a ser igual que antes. La lluvia de agosto es un bálsamo contra los malos sueños, y sólo el murmullo del agua ha logrado rescatarme de este laberinto de llamas que conduce a un paraje desierto. En mi sueño, Galicia arde. En mi sueño, Galicia ya no es verde.

 

De repente, llueve. Y sólo la lluvia calma la sequedad de mi boca cuando aún no ha amanecido. Todo ha pasado, pienso. Todo ha pasado. Pero el recuerdo del fuego parece imborrable.

 

Mi pesadilla ha durado casi dos semanas. Comenzó un cuatro de agosto. Pronto, una oleada de incendios habían dejado de ser una simple amenaza para convertirse en un tormento inapagable. Los árboles parecían pólvora ante el avance imparable de las llamas. Galicia ardía, y nada ni nadie ponía fin a este infierno indescriptible. Tan sólo se apagaba la vida de dos personas –madre e hija- en la localidad pontevedresa de Cerdedo. El fuego se aliaba con la muerte.

 

Conocí Galicia siendo todavía un niño. Mi tío Alfonso me hablaba de su tierra como si de un pequeño paraíso se tratara. Y así la descubrí, infinitamente verde,  hace ya algunos años. Viajábamos juntos en el viejo Opel Kadett, tal vez en un verano como éste, cuando pude comprobar que Galicia era en realidad como siempre había imaginado: verde, húmeda y casi eterna.

 

Mucho tiempo después, volví a descubrir esta región junto a mi amiga Anuska. Sólo entonces comprendí que el verde es más verde en Galicia y que nadie podría mitigar nunca la fuerza de su color. Supongo que me equivoqué. Al menos eso es lo que pienso ahora al ver Galicia hecha cenizas en la pantalla de mi televisor, al ver las cicatrices que han quedado en la tierra, al examinar el rostro exhausto de quienes han pasado demasiadas noches en vela esperando que se produjera el milagro de la lluvia de agosto, la misma lluvia que acaba de rescatarme de esta terrible pesadilla, aunque sea demasiado tarde.

 

Me queda el consuelo de saber que todo ha sido un mal sueño. Eso pienso ahora, mientras recupero el aliento tras dar un trago a un vaso de agua. No hay hueco en Galicia para tanta tristeza. Galicia no puede ser gris, sólo puede ser verde.

 

 Mientras, la lluvia de agosto atraviesa la ventana con su murmullo en esta extraña madrugada. He encendido la radio, que escupe noticias sobre un paraíso asolado en el noroeste del país. Dicen que el paraíso se ha convertido en un infierno. Pero no puede ser verdad. Dicen también que se cuentan por centenas las personas que llegan a Canarias de forma clandestina, arriesgando su vida a bordo de una patera, en busca de un mejor futuro. Pero no hay quien se lo crea. La vida no puede ser esto. Aún no ha amanecido, pero sigue lloviendo. Y pienso que la vida tendría que ser como la lluvia de esta madrugada: mágica e interminable.


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