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Se abre el
telón del mundo y sobre el escenario aparecen un sinfín de estudiantes que van
de aquí para allá. La función acaba de comenzar. Como cada día, la vida
transcurre con absoluta normalidad en la Universidad Politécnica de Virginia. A
las puertas de uno de los edificios principales, se concentra un grupo de
jóvenes. Uno de ellos, entre risas, apura su cigarrillo y se dispone a entrar en
clase. Llegó la hora de las matemáticas. Todo está en calma, pero el sonido de
una pistola despedaza repentinamente la tranquilidad del lugar. Se oye un grito.
Después, un nuevo disparo. En el patio, la gente huye sin saber bien hacia
dónde. Los gritos de pánico se suceden a cada instante. Otro disparo. Y otro.
Alguien asegura haber visto a un joven con un revólver en cada mano. No es
posible… Pero un nuevo disparo confirma esa posibilidad. En el suelo del patio
yacen los cuerpos sin vida de cuatro estudiantes. Cinco, diez, veinte… La cuenta
sigue hasta llegar a treinta y dos. Treinta y dos muertos. Pero el horror aún no
ha terminado.
Un último
disparo pone fin a la tragedia. El asesino ha decidido acabar con su vida. La
última bala que sale de su arma va a parar a su cabeza. Y desde ese preciso
momento, apenas sin aliento, el día que todavía no ha terminado ya forma parte
de las páginas más sangrientas de la historia de Estados Unidos. El asesino ha
cumplido su objetivo.
Los medios de
comunicación no tardan en hacerse eco del suceso. En pocos minutos, son
publicadas las primeras fotos del supuesto asesino. Su aspecto es el de un joven
introvertido, serio, callado, dócil en apariencia. Al contemplar su rostro, da
por pensar en las razones que le han llevado a cometer semejante brutalidad. Eso
mismo se plantean a lo largo y ancho del mundo los millones de personas que
están sentados frente al televisor. Todos los noticiarios abren con esa noticia.
Con el paso de las horas, el supuesto asesino ya ha dejado de ser supuesto. Cho
Seung-hui, un joven surcoreano, es el autor de la masacre de Virginia. Quienes
le conocían, aseguran ahora delante de las cámaras que era un chaval extraño,
poco hablador y que nunca miraba a los ojos. Pero nadie le imaginaba capaz de
algo así. Lo dicen entre lágrimas, horrorizados y sorprendidos al examinar las
fotos que ahora emite la NBC. En ellas, el asesino hace gestos amenazantes con
un cuchillo entre las manos, un martillo, una pistola. Son las fotos que él
mismo se encargó de enviar a la famosa cadena televisiva norteamericana antes de
morir matando. Reclamaba un minuto de protagonismo en este mundo en el que sólo
importa el espectáculo. Y lo ha conseguido. Será difícil olvidar su nombre,
indisolublemente ligado a una fecha manchada de sangre: 16 de abril de 2007.
¿Y ahora qué?
Yo apostaría por exprimir al máximo a este pobre desdichado. Seguro que su
historia tiene cabida durante algunos días más en el prime-time de muchas
cadenas de televisión. La ética no tiene cabida cuando comienza el espectáculo.
No importa que mueran 33 personas si su sangre genera un buen puñado de dólares
de beneficio. En cuanto al control de las armas de fuego en Estados Unidos, el
debate está cerrado. El verdadero problema está en la seguridad de los campus.
La vida sigue. Y poco más. Se cierra el telón. La función ha terminado. Pero el
espectáculo debe continuar, pase lo que pase.
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