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El planeta está
a punto de estallar. El cambio climático provocado por el hombre hace vislumbrar
un futuro apocalíptico: las temperaturas experimentarán un importante ascenso,
el 30% de las especies desaparecerá y el nivel del mar subirá. Son algunas de
las conclusiones recogidas en el último informe elaborado por el Grupo
Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU. Las voces de alarma suenan
por aquí y por allá. El margen de reacción se agota. Pero seguimos ajenos a este
problema, sin tomar cartas en el asunto, sin decidirnos a coger al toro por los
cuernos. Ni al toro ni a la vaca. Sí, han leído bien. Hay que coger a la vaca
por los cuernos. No se trata de ninguna frase hecha. Estamos hablando de un
problema real provocado por ese simpático animal que a menudo forma parte
indisoluble de los paisajes de nuestro país: la vaca.
No es ninguna
broma. La vaca se encuentra en el punto de mira de grupos ecologistas y
gobiernos. Pero, ¿qué daño está causando al medio ambiente este voluminoso pero
inofensivo animal? Aunque suene a guasa, es un tema serio: sus pedos se están
cargando el planeta. Así de sencillo. Según el inventario de gases de efecto
invernadero publicado recientemente por el Ministerio de Medio Ambiente, el
5,75% de este tipo de gases echados al aire en España durante 2005 tuvo su
origen en el ganado, en forma de estiércol o de flatulencias. Estos datos no
sólo pueden animar a la gente a utilizar expresiones del tipo “hueles peor que
el pedo de una vaca”, sino que a partir de ahora todo aquel que indique que algo
“contamina más que el pedo de una vaca”, estará apoyando sus afirmaciones en
conclusiones científicas.
Hay más ejemplos que ilustran
este peculiar descubrimiento de la ciencia. Si tomamos como sujeto de análisis a
una vaca lechera europea y la comparamos con un coche medio, comprobamos que las
emisiones de gases de efecto invernadero del animal durante un día equivalen a
los gases emitidos por un coche al recorrer unos 60 kilómetros. Y es que las
ventosidades de una vaca contienen metano y óxido nitroso, gases mucho más
dañinos que el dióxido de carbono.
Desconozco qué tipo de medidas
pueden ser las más adecuadas para atajar este nuevo problema contaminante. Pero
algo habrá que hacer. No me imagino al gobierno aprobando una ley que penalice a
los ganaderos a cargo de vacas con el vientre suelto, ni a Bush dispuesto a
clausurar su rancho, ni la implantación de nuevas medidas de control para un
llamado “mal de las vacas pedorras”. Reflexionando un poco sobre el asunto, me
da por pensar que este caso puede ser un buen punto de partida para un nuevo
documental de Al Gore, tan preocupado por concienciar a la sociedad sobre los
peligros del calentamiento global. Si el ex vicepresidente estadounidense eligió
el título de “Una verdad incómoda” para su galardonado trabajo audiovisual, una
segunda parte de este documental bien podría llevar por título “Otra verdad
incómoda”. Las razones son más que obvias. No en vano, hablar sobre cuestiones
escatológicas nunca ha sido una cómoda tarea para nadie.
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