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Aquella noche
Juan no podía conciliar el sueño. Había intentado sin éxito recurrir a la
lectura como tantas otras veces, pero en esta ocasión las páginas del libro se
iban sucediendo una tras otra sin provocar el menor síntoma de aletargamiento
sobre él. A su lado, Marta dormía profundamente. Él leía y leía sin comprender
lo que estaba leyendo, pasaba las páginas de aquella novela sin concentrarse en
el significado de las palabras impresas. Su cuerpo estaba allí, tumbado sobre la
cama junto a su mujer, pero su mente estaba en otro lugar. Sin duda, algo le
preocupaba.
Eran casi las tres de la
madrugada cuando pensó que había llegado el momento. Con mucho sigilo, dejó el
libro sobre la mesita de noche y se incorporó. Por un instante observó a Marta,
que seguía dormida, y acto seguido abandonó la cama y se dirigió a la cocina.
Una vez allí, buscó en el frigorífico una lata de cerveza. No había motivos para
ponerse nervioso, pero las manos le temblaban. Bebió un trago y se dirigió a la
habitación de Silvia, la más pequeña de sus dos hijas. Llevaba tiempo planeando
este momento, pero ahora que se disponía a pasar a la acción todo parecía
complicarse. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Silvia dormía
plácidamente. Juan se quedó allí, inmóvil, contemplando desde el pasillo el
dulce rostro de la niña. Sólo entonces la miró con los ojos de un extraño. La
observó escrupulosamente y se detuvo en el pelo, en la frente, en las cejas, en
los pómulos, en la nariz, en los labios, en cada poro de su piel, buscando en
cada uno de sus rasgos la indiscutible presencia genética de un padre
desconcertado. La vida, cruel y caprichosa, le había llevado hasta allí. Las
cosas no iban bien con Marta desde hacía bastante tiempo y, a estas alturas, la
separación resultaba ya algo inevitable. Sólo quedaba por despejar un último
interrogante, una terrible duda ligada al rostro de aquella niña que ahora
descansaba en el interior de una habitación de paredes rosas.
El silencio quedó levemente
interrumpido cuando Juan abrió la puerta. Tienes que hacerlo, susurró una voz
interior. Sin más preámbulos, se dirigió hasta la silla del escritorio y cogió
una camisa de Silvia. Después de eso, abandonó la oscura habitación. El pasillo
concedió la luz necesaria para analizar la prenda y encontrar la prueba
definitiva. Sí, allí estaba. Aquel cabello contenía la respuesta a la pregunta
más difícil a la que jamás había tenido que enfrentarse. Una cuestión
inaplazable alimentada por la crisis matrimonial en la que estaba inmerso desde
que aquella niña vino al mundo. El simple hecho de hacerse a sí mismo esa
pregunta le provocaba escalofríos. ¿Quién era el verdadero padre de Silvia? En
los bolsillos tenía un cabello de su supuesta hija y un número de teléfono.
Pronto tendría la respuesta.
Sí, un simple cabello bastaría
para llegar al final de esta historia ficticia basada en la realidad. La ciencia
lo permite. El pelo de un niño o restos de saliva son los únicos requisitos
necesarios para realizar un test de ADN y conocer de forma rápida el código
genético de las personas. O lo que es lo mismo: verificar la paternidad de los
hijos de hombres que no se fían de sus mujeres. El número de empresas que
prestan este servicio se ha incrementado en los últimos años. La mayoría de
ellas actúa de forma discreta a través de internet. Según datos publicados en la
prensa, el pasado año solicitaron la prueba cerca de 4.000 españoles, el doble
que tres años antes. En el aire queda una última pregunta. ¿Qué hacer tras
conocer la verdad? La respuesta invita a imaginar una segunda parte para esta
historia cuyo desenlace también pertenece a la vida real.
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