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Podría tratarse
de un rincón cualquiera de la playa de la Victoria. La escena tiene lugar
durante el atardecer. La silueta de una pareja de enamorados aparece en primer
término. En el horizonte, un cielo anaranjado se confunde con el azul del mar
mientras la tarde se consume lentamente. Ella le mira a los ojos y deja escapar
una sonrisa. Te quiero, le dice. Y él promete que le amará durante el resto de
sus días, pase lo que pase. Entonces se besan. Más tarde se fundirán en un
abrazo que durará casi una eternidad. El mar está en calma.
No muy lejos de
allí, sentado en el cómodo sillón de su despacho, un ocupado hombre de negocios
mira el reloj y suspira preocupado: llegará tarde a la cita. Aún le quedan unas
cuantas tareas por hacer. En breve cerrará una importante operación que le
reportará grandes beneficios a la empresa. La voz de alarma suena en su cabeza.
No sólo llegará tarde a la cita, sino que ha pasado por alto la fecha de hoy.
Charito, su secretaria, le sacará una vez más de este embrollo. Una llamada de
teléfono a Teleflores y el problema está arreglado. En un abrir y cerrar
de ojos acude a la oficina un chaval con una docena de rosas rojas bajo el
brazo. La querida del mencionado ejecutivo ya tiene regalo. Sin más demora, se
pone chaqueta y abrigo y se dirige al restaurante acordado. Llega con tres
cuartos de hora de retraso. Ella le espera en una mesa reservada para dos que
ella misma se encargó de reservar. Parece desesperada. Perdona, cariño, siento
mucho el retraso, pero he tenido un día terrible. Siempre me haces lo mismo. Lo
sé, lo sé, perdóname. Siempre igual. Pero al ver el enorme ramo de rosas que el
apuesto ejecutivo trae consigo, la expresión de su rostro cambia. Ahora
disfrutemos de la cena, tú y yo. Y eso harán después de besarse en los labios.
Más tarde, quién sabe, irán al piso de él. Tal vez al de ella. Tomarán una copa.
Y harán el amor hasta bien entrada la noche.
Entretanto, la
emoción se apodera de una adolescente a la que el sueño no parece vencer esta
noche. Las sábanas revueltas hacen de la cama un campo de batalla. Ella sonríe
mientras vuelve a leer por enésima vez la carta que un amante secreto le dejó
bajo el pupitre de clase. El simple hecho de imaginarle junto a ella le hace
sonrojarse en la oscuridad de la habitación. Quién sabe si mañana, al llegar al
instituto, él se armará de valor para decirle a la cara que se muere por sus
huesos, que le tiemblan las piernas cada vez que la ve por los pasillos, que le
molaría un montón invitarle al cine un día de éstos. Eso piensa mientras observa
el trazo de cada letra, de principio a fin, hasta detenerse en la última línea,
que reza así: Felicidades.
Mientras, en la
calle, dos amigos se enfrascan en un acalorado debate. Uno de ellos apunta que
este catorce de febrero no es más que otro invento de los grandes almacenes para
seguir vendiendo, una vez superada la cuesta de enero. Dice que ser parte activa
del Día de los enamorados es simple y llanamente una cursilería. Al otro no le
importa reconocer que el amor se queda en nada si no se celebra este día.
Ninguno está enamorado.
Al humilde
periodista que ahora escribe estas líneas sólo le queda pensar que el amor es
necesario: contemplando una puesta de sol en la orilla del mar, cenando entre
rosas rojas, soñando con un nuevo día. El amor es necesario. No sólo una vez al
año, pero también durante este día. Para unos y para otros… Feliz Día de San
Valentín.
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