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La conversación tiene lugar en
la calle. Dura lo que dura un cigarrillo. La nueva ley antitabaco prohíbe fumar
en los lugares de trabajo, pero no impide hacerlo en espacios como éste, en el
que ahora se concentra un pequeño grupo de gente. Una escena cotidiana que bien
podría servir como punto de partida para repasar todo lo que ha dado de sí este
año que ahora termina. 2006 comenzó con ceniceros en la calle gracias a una ley
que encomendó a más de uno a incluir entre sus propósitos de nuevo año el de
dejar de fumar. Doce meses después, el porcentaje de gente que ha conseguido
dejarlo no llega al nueve por ciento.
El año que queda atrás será
recordado, sin embargo, por otros muchos acontecimientos. Es el caso del revuelo
armado tras la publicación de ciertas caricaturas de Mahoma consideradas
ofensivas por la comunidad musulmana. La polémica se desató en septiembre de
2005, cuando el diario danés “Jyllands Postem” retrató al profeta con una bomba.
Pero lo peor vino después. El momento de máxima tensión tuvo lugar en febrero,
cuando cientos de manifestantes musulmanes incendiaron las embajadas de Noruega
y Dinamarca en Damasco.
Y mientras Irak se teñía de
sangre, en Francia los jóvenes tomaban las calles y echaban un pulso al primer
ministro, Dominique de Villepin, empeñado en crear un contrato de primer empleo
que empeoraba las condiciones laborales de éstos. Las protestas, respaldadas por
sindicatos obreros y estudiantiles, llegaron a reunir a más de un millón de
personas. Tras dos meses de tensión, la propuesta de Villepin fue retirada. Un
buen ejemplo de que la unión hace la fuerza.
2006 será también recordado
como el año en que Prodi arrebató el poder de Italia al inamovible Berlusconi.
En Bolivia, Evo Morales procedió a la nacionalización de los hidrocarburos. Era
su particular manera de decir “hasta aquí llegamos” a las empresas extranjeras.
Israel se ocupó de sembrar el terror en Líbano. Fidel Castro dio muestras de
debilidad y abandonó la escena pública para dejar a Cuba frente a un futuro
incierto. Plutón pasó a ser considerado por la comunidad científica como un
“planeta enano”, dejando al sistema solar con un planeta menos.
Un año más, la inmigración
será recordada en nuestro país como un fenómeno dramático, un sueño a la deriva
de miles y miles de personas empeñadas en alcanzar nuestras costas para empezar
aquí una nueva vida. Recordaremos fracasos, pero también éxitos. Hablaremos con
orgullo de las gestas deportivas del Sevilla o el Barcelona, triunfadores en
Europa. Vibraremos rememorando las hazañas de Fernando Alonso a lo largo y ancho
del mundo. Brindaremos por el éxito alcanzado por la selección española de
baloncesto en el Mundial de Japón, que regresó a casa cargada de oro…
La lista podría no tener fin,
pero queda un último apunte obligado. Tiene que ver con el sueño del final de la
violencia en el País Vasco. La esperanza nació en marzo con el anuncio de un
alto el fuego permanente por parte de la banda terrorista ETA. Una esperanza que
duró nueve meses y que ha quedado desvanecida con el estallido de una furgoneta
con 200 kilos de explosivo en un aparcamiento del aeropuerto de Barajas. Pero un
nuevo año acaba de comenzar. Y es necesario pasar página para poder albergar
nuevas esperanzas.
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