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El olor a castañas asadas
invade la plaza central de una ciudad cualquiera. Sobre ella se alza un enorme
abeto adornado con bolas y guirnaldas de colores. Una estrella luminosa lo
corona. A su alrededor, la noche se abre paso entre el hervidero de gente que
puebla las calles. Gentes que van de aquí para allá, sin dirección, sin destino,
sin tiempo que perder. Los comercios se nutren de estas gentes, ansiosas por
comprar ilusiones envueltas en papel celofán o simplemente ansiosas por comprar,
sin ilusión y sin papel celofán que envuelva sus regalos.
Todo es color. Los villancicos
aderezan el vertiginoso ritmo de la vida en estos días. Los niños cantan,
corretean y se detienen de cuando en cuando para mirar los escaparates y echar a
volar su imaginación, deseosos de que esa noche mágica llegue pronto. Los más
traviesos matan el tiempo haciendo estallar petardos, suscitando la ira de los
menos entregados a la fiesta. Otros simplemente están.
A lo lejos, un taxi se
detiene. Ni él ni ella faltarán esta noche a la pertinente cena de empresa. Para
el resto de mortales con ganas de salir a cenar, no quedan restaurantes libres
en toda la ciudad.
No sé si estoy en lo cierto,
pero algo me dice que ya es Navidad. Lo pienso mientras contemplo esta típica
estampa que anuncia la llegada del invierno: las cadenetas de luces que cuelgan
de un lado a otro de cada calle, el bullicio interminable, el frío intenso
hecho nieve en muchos lugares…
A estas alturas, la bandeja
repleta de mantecados ya ocupa un lugar privilegiado en la mayoría de los
hogares. Pero será la voz de los niños de San Ildefonso la que invite a
descorchar las primeras botellas de champán. Sólo a partir de entonces se
sucederán los reencuentros. Lloverán lágrimas de alegría por los que están, y de
tristeza por quienes no volverán a compartir un instante con nosotros.
Ahora, mientras el reloj
deshace inevitablemente el tiempo de espera, pienso en los hechos por los que
será recordado este año que acaba. Pienso en las miles de personas que pensaban
atravesar el charco para pasar los próximos días con sus seres queridos y que la
compañía Air Madrid ha dejado tiradas. Pienso en la Navidad que ya no podrá
disfrutar Pinochet, el dictador que burló a la justicia, pero pienso también en
que esta será la primera navidad en que muchos podrán gozar de ella tranquilos.
Sin él. Pienso en cómo será una navidad entre rejas para quienes hicieron de
Marbella su coto privado. Pienso en las galas benéficas, en los anuncios de
perfumes, en una lotería de Navidad sin calvo, en el pavo relleno, en el carnet
por puntos, en ese Cádiz que se despidió de Primera, en las doce campanadas…
Pienso en mil y una formas de
sobrevivir a la Navidad. Mientras, saboreo un trozo de turrón y apuro de un
trago la copa de anís. Felices fiestas.
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