
En un
mundo donde reinan las buenas palabras, ínfimo barniz de una cruda realidad,
conviene no prestar atención a la adulación que nunca trae nada bueno. La
democracia, que muchas veces se ha descrito como el mejor de los mundos
posibles, el enemigo se ha difuminado y muchas veces uno no sabe contra qué
habría que cargar. Los sistemas de dominación y el poder, antiguamente tan
visibles en las monarquías absolutas y la nobleza feudal, pasaron después de
la revolución francesa a los burgueses que ya acumulaban la mayor parte del
poderío económico. Reyes y nobles andaban endeudados hasta el cuello – algunos
lo perdieron – de los ya poderosos bancos y el poder político acabó
definitivamente derrotado por el poder económico. El poder antiguo, ese poder
tan directo basado en las cargas de caballería se hacía ahora más difuso y se
ensanchaba el lazo.
Sí, lo
que tienen en común todos los poderes es que se configuran a lo largo de una
circunferencia o de cualquier otro garabato cerrado. El poder sitúa las piezas
siempre en un sistema que empieza y acaba en él mismo, como en una
circunferencia, limitándose él a mantener la formación y a cada pieza más o
menos contenta. Sin embargo, esta curva cerrada es tan grande que ninguna de
las piezas individuales sabe de su existencia, por lo que no se preocupa ni
reivindica demasiado ya que considera que recibe lo justo por su trabajo,
ignorando que los que controlan el círculo – cualquier distribución circular –
realizan un mínimo trabajo y consiguen enormes beneficios: es la plusvalía que
ganan, no tanto ya con el trabajo de unos empleados sino de toda la sociedad.
Toda la sociedad metida en una enorme fábrica: ahora las grandes empresas
diseñan los planes de estudio de las universidades para crear piezas a su
medida, financian las campañas de los políticos y animan en general el ruido
de la procesión para acallar a quienes digan que el emperador está desnudo.
En las
esquinas de la gran circunferencia se sitúan pequeños engaños infantiles, los
antiguos trileros que se han transformado en cajeros automáticos, bancos que
aprovechan la confluencia del dinero para seguir echando a rodar la rueda,
echando más lazos en los que atan golosinas mortales. Cada pequeña parte de la
rueda se cree libre y se esfuerza encadenada de por vida a su hipoteca,
desconociendo que el que está montado en la bicicleta realiza un pequeño
esfuerzo mientras habla con otros ciclistas de tráfico de influencias,
enchufes, tráfico de armas, drogas o prostitución. Da igual el interlocutor,
lo importante es ir montado en una bicicleta dominando ese lejano mundo de
las ruedas donde quedan la democracia, la ecología y los manicomios. Son los
mismos nobles que paseaban con bastón y pelucón, pero que al llegar la
burguesía se insertaron el bastón por el culo y ahora andan envarados; cuando
ríen falsos se les ve el mango al lado de la campanilla.
ARTÍCULOS ANTERIORES