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Hubo contactos en Lérida entre
socialistas y militares implicados en el golpe.
www.antoniogarciatrevijano.com
El rey campechano y dicharachero
http://www.youtube.com/watch?v=HPH2oMmulC0&mode=related&search=

Ahora que se cumplen veintiséis años de aquel 23
de Febrero de 1981, de aquella opereta, de aquel estrambótico golpe de estado,
conviene decir algunas palabras con cierto gracejo acorde con las modas
actuales.
Cualquier estratega militar sabe que cuando se
organiza un golpe de estado se toman rápidamente ciertos objetivos importantes,
se rodea al jefe del estado y los militares actúan prioritariamente en la
capital.
Pero aquel 23 de Febrero se dejó extrañamente
libre de movimientos al primer representante del estado, el rey, que con una
simple llamada telefónica podía neutralizar el golpe, se actuó lentamente y los
tanques se sacaron en Valencia, donde en vez de avanzar raudos a ocupar
objetivos militares, respetaban los semáforos en su caminar parsimonioso hacia
ninguna parte.
Todo el mundo estará de acuerdo en que el régimen
que salvo Juan Carlos I de Borbón es básicamente el que está vigente en la
actualidad. Aquella noche, según muchos analistas, el débil sentimiento
monárquico que existía en el país se transformó en un fervoroso juancarlismo
después de la providencial actuación del monarca y su aparición televisiva a
altas horas de la noche. En el año 1981 todavía existían facciones en el
ejército que añoraban la dictadura del general Franco, y que, a la vista de la
deriva que según ellos tomaba el país, estaban dispuestos a intervenir para
implantar otra dictadura, un gobierno militar con la consiguiente supresión de
los partidos políticos.
Este golpe de estado, de gran envergadura y
planeado por el ala más dura del ejército, estaba planeado, según diversas
fuentes, para Mayo de ese año 1981. La misma figura del rey podía correr peligro
de ser removida de su puesto si ese gran golpe hubiera fructificado, ya que lo
que impidió que esto ocurriera fue precisamente el simulacro de golpe de estado
del 23 de Febrero.
Contrariamente a lo en un primer momento puede
parecer, esa actuación sirvió de vacuna contra el golpe posterior,
neutralizándolo y sirviendo para poner al descubierto a elementos golpistas
dentro del ejército que dieron un paso adelante en falso ese día de finales de
Febrero.
De este plan militar para salvar una falsa
democracia, en rigor, una oligarquía de partidos, estaban perfectamente
informados – según diversas fuentes – altos cargos del partido socialista y de
otros grupos políticos. Así pues, lo que ocurrió ese día fue un autogolpe para
salvar el sistema de partidos que se habían repartido el estado usando parte de
las fuerzas armadas y la propia figura del rey, que veía claramente que su
función era de más calado en una oligarquía que en una dictadura.
Ese día de Febrero no se salvó ninguna democracia,
porque nunca ha habido democracia en este país. Ese día se libró una batalla
táctica entre los antiguos privilegiados de la dictadura de Franco, muchos de
ellos en el ejército y ya fuera del Parlamento, y los nuevos privilegiados de la
oligarquía, los partidos políticos junto con el rey.
Así pues, se pudo pasar de la oligarquía a la
dictadura nuevamente, pero la democracia quedó a muchas millas de distancia,
quedó asustada, virtual, escondida en un pequeño rincón más allá de los
transistores de radio.
Nunca ha habido libertad política en esta país,
nunca, un país actualmente de segunda división esquilmado por una lacra social
llamada clase política que ha metido históricamente de rondón cuestiones vitales
en extensas constituciones y estatutos mientras apelaba a la sentimentalidad del
pueblo para engañarlo.
Aquel escándalo del 23 del Febrero donde la
oligarquía con su rey a la cabeza usó a las fuerzas armadas para salvar sus
coches oficiales y sueldos, es comparable ahora con el escándalo del pasado día
18 de Febrero, donde la patética clase política andaluza ha usado el poder de
los medios de comunicación para intentar explicar un 64% de abstención.
Quizá la democracia, escondida en un rincón hace
veintiséis años, no se conforme a partir de ahora con escuchar los transistores.
Lealtad y república.
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