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 ALCARAJO: EL MORO SABIO

Diosa

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

Al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

 

 (Ciudad sin sueño, Federico G. Lorca)

 

I believe it`s time, too real to feel

Touch me now, touch me now, touch me now

Because the night belongs to lovers.

 

(Because the night, Patti Smith)

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Si bebo toda mi sangre que extendí por los campos para refrescarla, se forma, inexorable, tu figura. Distribuyo el recuerdo codificado en sangre entre las peñas cercanas, debajo de las jaras, en la base de antiguos acebuches.

 

Más fuerte que el tiempo, la sangre impone el ritmo y el tempo a través del preciso cuarzo del corazón. La sangre riega los campos de mi cerebro donde habitara el antiguo dios cristiano y que ahora se desparrama por toda la realidad, buscando, boqueante y viscosa, respirar. La realidad caótica y anarquista, panteísta, perfecta, es la bandera que arrebaté de las altas murallas de Troya.

 

Ahora ondea a todo trapo en esta remota playa, esperando poder tenderse a tus pies. No tiene otra utilidad que la de servirte de abrigo, allá donde quiera que estés.

 

Ya olvidé porque fuimos a Troya; quizás fuera inevitable. Empiezo a sospechar que siempre hay que marchar sobre Troya una vez en la vida para encontrar la vida, recorrer el ciclo del macrocosmos que recorre la sangre en el microcosmos. Pero al igual que el corazón es soberano entre mis carnes y el pequeño mundo de mis andamiajes, tú reinas aquí afuera, donde mi bandera y yo y mis ánforas grandes y antiguas llenas de sangre ardiente, sobrante en este mundo light, orbitamos alrededor de tus ojos esperando entrar en resonancia. Eres el alfa y el omega.

 

Tengo que cuidar la dosis de sangre diaria que tomo de las grandes ánforas. Mi corazón todavía recuerda las múltiples veces que me bebí todo el rojo vino y me eché al mar, hasta alcanzar el horizonte, guiñando alternativamente mis ojos imaginando que el sol, algo triste y rojo en la tarde, eran tus ojos. Mi corazón todavía recuerda entonces la llegada de la noche en alta mar, el frío intenso y estelar, la pérdida de toda orientación, agarrado a mi bandera y pidiendo clemencia a todas las constelaciones.

Con los oídos bajo el mar inconsciente intento distinguir entonces, entre todo el ruido ensordecedor de las pasiones subconscientes, amplificada, alguna señal que provenga de ti. Pero todas las voces parecen provenir de los abismos del Seol, intentando engañarme.

 

Con el corazón dando vueltas, sin norte magnético, y ante la imposibilidad de alcanzar Ítaca, se deja guiar entonces por alguna señal acuática que provenga del reino de la rebeldía y la posibilidad. La última vez, sólo el pecio hundido y metálico del avión de Saint- Exupery me guió a tierra firme donde plantar la bandera y vomitar algo de la sangre que me da la pura vida por pura contraposición a la pura muerte.

 

Quizás este mundo mediterráneo reciba asesoramiento poético de alguna mujer y bailen las islas un antiguo baile para ocultar Ítaca, como el juego del trilero, formando para mi alma la visión del laberinto de Cnosos. Quizás esta no sea más que otra prueba más, otra, como el destierro en el monte Desesperación de Kerouac o la madrugada sobre la lápida de Morrison en Pere Lachase. O el árbol de Delfos o Eulesis. O tantas otras.

 

Es seguro que las mujeres entienden mejor estos mundos de carácter cíclico por su estrecha relación con la luna -auténtico eterno retorno al que quiso acceder Nietzsche, todo dentro de la duración de una vida -. Yo, no quiero ser más que un sacerdote de la religión de Isis y de Astarté, de Venus y de Afrodita, subiendo mi portaestandarte ante la majestuosidad del ciclo de la diosa.

 

Pero si alcanzo Ítaca, jugaremos primero a lo que yo diga. Después tú, según un ciclo.


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