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Vendrán las iguanas vivas a
morder a los hombres que no sueñan
Y el que huye con el corazón roto
encontrará por las esquinas
Al increíble cocodrilo quieto
bajo la tierna protesta de los astros.
(Ciudad sin sueño, Federico
G. Lorca)
I believe it`s time, too real to feel
Touch me now,
touch me now, touch me now
Because the
night belongs to lovers.
(Because
the night, Patti Smith)

Si bebo toda mi sangre que extendí por los campos
para refrescarla, se forma, inexorable, tu figura. Distribuyo el recuerdo
codificado en sangre entre las peñas cercanas, debajo de las jaras, en la base
de antiguos acebuches.
Más fuerte que el tiempo, la sangre impone el
ritmo y el tempo a través del preciso cuarzo del corazón. La sangre riega los
campos de mi cerebro donde habitara el antiguo dios cristiano y que ahora se
desparrama por toda la realidad, buscando, boqueante y viscosa, respirar. La
realidad caótica y anarquista, panteísta, perfecta, es la bandera que arrebaté
de las altas murallas de Troya.
Ahora ondea a todo trapo en esta remota playa,
esperando poder tenderse a tus pies. No tiene otra utilidad que la de servirte
de abrigo, allá donde quiera que estés.
Ya olvidé porque fuimos a Troya; quizás fuera
inevitable. Empiezo a sospechar que siempre hay que marchar sobre Troya una vez
en la vida para encontrar la vida, recorrer el ciclo del macrocosmos que recorre
la sangre en el microcosmos. Pero al igual que el corazón es soberano entre mis
carnes y el pequeño mundo de mis andamiajes, tú reinas aquí afuera, donde mi
bandera y yo y mis ánforas grandes y antiguas llenas de sangre ardiente,
sobrante en este mundo light, orbitamos alrededor de tus ojos esperando entrar
en resonancia. Eres el alfa y el omega.
Tengo que cuidar la dosis de sangre diaria que
tomo de las grandes ánforas. Mi corazón todavía recuerda las múltiples veces que
me bebí todo el rojo vino y me eché al mar, hasta alcanzar el horizonte,
guiñando alternativamente mis ojos imaginando que el sol, algo triste y rojo en
la tarde, eran tus ojos. Mi corazón todavía recuerda entonces la llegada de la
noche en alta mar, el frío intenso y estelar, la pérdida de toda orientación,
agarrado a mi bandera y pidiendo clemencia a todas las constelaciones.
Con los oídos bajo el mar inconsciente intento
distinguir entonces, entre todo el ruido ensordecedor de las pasiones
subconscientes, amplificada, alguna señal que provenga de ti. Pero todas las
voces parecen provenir de los abismos del Seol, intentando engañarme.
Con el corazón dando vueltas, sin norte magnético,
y ante la imposibilidad de alcanzar Ítaca, se deja guiar entonces por alguna
señal acuática que provenga del reino de la rebeldía y la posibilidad. La última
vez, sólo el pecio hundido y metálico del avión de Saint- Exupery me guió a
tierra firme donde plantar la bandera y vomitar algo de la sangre que me da la
pura vida por pura contraposición a la pura muerte.
Quizás este mundo mediterráneo reciba
asesoramiento poético de alguna mujer y bailen las islas un antiguo baile para
ocultar Ítaca, como el juego del trilero, formando para mi alma la visión del
laberinto de Cnosos. Quizás esta no sea más que otra prueba más, otra, como el
destierro en el monte Desesperación de Kerouac o la madrugada sobre la lápida de
Morrison en Pere Lachase. O el árbol de Delfos o Eulesis. O tantas otras.
Es seguro que las mujeres entienden mejor estos
mundos de carácter cíclico por su estrecha relación con la luna -auténtico
eterno retorno al que quiso acceder Nietzsche, todo dentro de la duración de una
vida -. Yo, no quiero ser más que un sacerdote de la religión de Isis y de
Astarté, de Venus y de Afrodita, subiendo mi portaestandarte ante la
majestuosidad del ciclo de la diosa.
Pero si alcanzo Ítaca, jugaremos primero a lo que
yo diga. Después tú, según un ciclo.
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