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Por si
no lo han notado, hace un frío del carajo. Y mas aquí, en esta celda de Puerto
II, lugar en el que resido últimamente desde que fui apresado - en pleno acto de
hurto, con un gorro, ropas amplias y un saco, aprovechando la tradición conocida
como Papá Noel – por la fuerza por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del
Estado. Doy fe de la total conveniencia de esta retahíla de términos, porque
mientras pululaba amordazado por la comisaría pude ver como las fuerzas se
separaban de los cuerpos, almacenándose las primeras en una especie de batería
eléctrica y como los cuerpos, inertes, eran apilados en regulares montículos por
funcionarios albinos...
Esta
noche, a la hora de la sopa y motín de pacotilla, protagonizado por un niñato
carca, nos han puesto una película. Salía Al Gore, el que fuera vicepresidente
con Clinton y el que perdiera contra el tejano Bush. Protestitas varias hubo en
la sala al comprobar que no era una película gore, sino que salía el tal Al Gore.
Peleas, bandejas voladoras, comisiones bancarias, típica sobremesa carcelaria.
La
película se llamaba Una verdad incómoda, y es un estudio-documental sobre
el calentamiento global. Nada de monjas ninfómanas y de afortunado jardinero,
nada de convento ardiente, nada de tocata y fuga de Bach. El calentamiento
global se refiere a los cambios que se vienen produciendo en el clima, o sea, el
desencadenante principal del cambio climático.
El
documental es bastante claro y contundente: la cosa está muy mala. Sálvese quien
pueda, que diría un político de los años 90 con respecto a las generaciones
futuras, y al agua patos. Quizás convendría invertir en barcos como segunda
vivienda – voy a montar una inmobiliaria- , y más en esta zona tan cercana al
mar, ante la posible subida del mar como consecuencia del deshielo de los polos.
Pero
quizás todo este rollo macabeo del cambio global, del calentamiento clitoriano,
no sea más que otro sustito que nos quiere meter algún avezado cuentaeuros.
Quizás no sea que otra estrategia de marketing, otra política de
inversión, otro buñuelo de viento, en fin, otro eructo de asustaviejas, para
el consumo y disfrute de algún determinado servicio o bien manufacturado.
Acuérdese el respetable del sustito del efecto 2000 que tanto dinero costó, la
gripe aviar que iba a acabar con todos nosotros o el síndrome de las vacas
locas, también conocida como la edad de oro de la polla; (por lo visto el
género de los pollos criados industrialmente es femenino).
Esta
noche tengo para leer dos cuentos, uno se llama Biblia y otro Caperucita Roja.
El primero creo que es demasiado infantil, habla de un dios que hace a un hombre
con barro, y a una mujer con una costilla del hombre. Cuando llegué ahí, cogí el
otro.
No voy
a decir quienes son realmente los Reyes Magos. Son los Padres, son los Padres de
la Iglesia los que instituyeron ese dogma y los que me amenazaban veladamente
con la excomunión si revelo el secreto. Pero si voy a puntualizar, en esta línea
de triturador barato de mitos infantiles y de rebajas del 50% sin sobreprecio
anterior, que el cuento conocido como Caperucita Roja tiene un velado contenido
sexual, refiriéndose entre otras cosas al clítoris.
Y el lobo del cuento - ¡qué boca más grande tienes¡, decía
Caperucita... - es el mismo lobo de ese otro cuento del pastor que para
divertirse atemorizaba al pueblo avisando ¡qué viene el lobo¡ ¡qué viene el
lobo¡. Al final la gente ya estaba acostumbrada a sus sustitos y estrategias
comerciales, y cuando llegó el lobo de verdad, que bien pudiera ser en este caso
una subida del mar de dos o tres metros, nadie fue a rescatarlo. A mí me da
igual, lo de Papa Noel fue totalmente premeditado: comprobé previamente que
Puerto II está en lo alto de un monte.
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