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 ALCARAJO: EL MORO SABIO

El teatro

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Cae, cae la noche y Tomás regresa a casa feliz después de haber tomado por asalto los diversos convites, barbacoas y fritangas varias que en la villa han sido. Aprendió el lenguaje absurdo que en la pomposa fiestecita se gasta, un poco hablar de democracia por aquí, otro poco de fútbol por allá, política y un tal Euribor. Pero Tomás, marinero de profesión, sólo está interesado por el marisco cuando acude a ajena boda, comunión o mitin político, esto es, sólo se fija en el canapé de gambas o en alguna joven vagina.

 

De sus tiempos de escuela recuerda con nostalgia el teatro de fin de año, donde él actuó tres veces en el papel protagonista. Le gustaba subirse al escenario y como un mago, crear una realidad que no existía pero que se levantaba en el auditorio callado. Con las palabras y los gestos, las manos, pausa, tejía en las mentes de aquellas gentes una arquitectura real, como zapatero remendón iba uniendo neuronas en el público basándose en diálogos, basándose en gestos. La gente ya no estaba allí, la gente, él incluido y los demás actores, viajaban hacia donde el mago quería. El teatro, como un masaje cerebral, como un gran piano mental iba tocando las teclas sensibles de aquella humanidad de barrio pobre, que soñaba cosas, que intuía cosas, que aplaudía estruendosamente cuando se terminaba la función.

 

Alguna vez, entre los brillantes focos y la espesa oscuridad de la platea, en claroscuros, en contraste, vio a algunas personas llorar de alegría, en contraste. Quizás él y la escuadra que le acompañaba habían conseguido liberar alguna conexión secuestrada en aquellas mentes. Esa era en realidad el auténtico deseo de Tomás cuando se subía al escenario, martillear las cabezas sin piedad por si se había formado alguna calcificación, y de paso, curarse también a sí mismo.

 

Como dijo Nietzsche y también Gustavo Bueno en su libro, El mito de la Cultura, muchas veces la cultura es el opio del pueblo al igual que lo fuera la religión antaño aunque todavía colee. Pero hay dos tipos de cultura, si es que ese disparate es posible, la que te toca los cojones y la que te elogia y te barniza como el discurso de un concejal de urbanismo. La cultura debe ser por definición incómoda y dolorosa, permanentemente en vigilia por la libertad de las mentes, un acicate continuo a cada pensamiento, un revulsivo contra la caspa y las costras que pudieran venir desde la sociedad, porque la cultura de masas es un concepto enloquecido y sólo existe la cultura individual, una higiene mental y personalizada, como el espurgabuey encima de la vaca marismeña.

 

Dejó Tomás el teatro hace mucho tiempo y se puso a trabajar en el mar porque no había dinero para que pudiera estudiar. Pero de vez en cuando regresa a tierra y acude a algún acontecimiento social, a algún ágape, a alguna merendola eclesial para actuar otra vez. Y practica tan bien el teatro -con ofrecimientos incluso de participar en política, en la dirección bancaria, en el mecano ladrillesco- que nadie se da cuenta de que sólo le interesa el canapé de gambas y la vagina joven.


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