|

Una pandilla de publicistas me ha enrollado en una campaña
de publicidad. La idea es genial y española: aprovechando estas entrañables
fechas han organizado la búsqueda del niño Jesús que nace dentro de pocos días.
Para ello han contratado a tres entidades que no tengan vértigo y con alguna
neurona de sobra para aguantar el vómito, decir arriba, decir aaaarrr. Yo soy
uno de los elegidos, soy uno de los Reyes Magos.
Los geniales creativos se han hecho con tres camellos
viejos y con vestimentas más o menos dignas, sujetadas con remiendos, pero que
aparentan oropel y monarquía parlamentaria. En realidad, todo nuestro trabajo
consiste en aguantar el equilibrio encima de esos endiablados burritos
ondulantes hasta la salida de la localidad. Allí no hay existencia ni vida
conocida, no hay consumidores. Por lo visto también hay que saludar con la
manita y arquear la boca, como cuando se sonríe, nos han dicho.
Una vez alcanzada la salida de los pueblos, se traslada a
los camellos y a los malabaristas, tal cual, vestidos y montados, en un
humillante remolque descubierto, lo que provoca la hilaridad en la red vial.
Estaba yo saludando con una técnica aprendida de la reina
de Inglaterra, y mientras subía y bajada en ese peludo animal, cagón donde los
haya, escupidor, me vinieron a la mente pensamientos extraños, quizá ayudado con
el olor del incienso que uno de los pajes se encargaba de avivar. De vez en
cuando, nos habían dicho, en la calle más comercial del pueblo, había que gritar
como un energúmeno señalando al cielo y diciendo: ¡Mirad, la estrella de Belén!
Creo que fue eso lo que hizo rebosar el vaso del absurdo y lo que me hizo
cuestionar si lo que ocurrió en Palestina hace aproximadamente dos milenios no
fue otra campaña de publicidad o electoral, por lo que empecé a buscar por mi
cuenta mi propio mito y mi niño Jesús.
Como San Pedro y San Bartolomé podría poner a Nicola Sacco
y a Bartolomeo Vanzetti. Corría el año 1919, exactamente la Nochebuena de ese
año, cuando comenzó la natividad del caso. Ese día, unos desconocidos intentaron
asaltar una fabrica de calzado en Bridgewater, Massachussets, sin consecuencias;
pero el 10 de Abril del año siguiente se produce otro robo con dos muertes. Por
aquel entonces, Estados Unidos acababa de salir de la gran crisis y las
ideologías de izquierdas amenazaban a todo el sistema. Poco después eran
detenidos Sacco y Vanzetti, con la única prueba de ir armados, cosa muy extraña
en la selva americana... No eran ningunos santos, pero no cometieron esos
crímenes. Durante siete años se les sometió a un proceso plagado de
irregularidades y finalmente fueron condenados a la silla eléctrica.
Rehabilitados en 1977, fueron condenados en 1927 por ser anarquistas, con la
agravante de ser pobres, muy grave en el sistema judicial americano. Fueron unas
ejecuciones para dar ejemplo al mundo, un aviso. Cabe recordar las palabras de
uno de los jueces del caso: “No sé si usted es culpable del asesinato, pero sus
ideales atentan contra nuestras instituciones y por tanto son delito”. Sin
embargo se les condenó por asesinato.
En estos pensamientos me hallaba, cuando mi
escudero-paje me pasó la bota de vino, lo que me ayudó a buscar a mi Cristo
particular. Fueron momentos históricos, que duda cabe, incluso el camello regaló
a la posteridad un gran cagajón. Levanté la mirada y hallándonos en la villa de
Cádiz me topé con el nombre de la calle, Fermín Salvochea. De mis tiempos de
Universidad, cuando me curaba de las clases mediante la cultura y lectura de
libros, sabía quien era.
Nacido en Cádiz en 1842, pronto se sintió atraído
por el pensamiento anarquista. En aquella época de monarquía de espadones y
película porno de generosas carnes, Salvochea pagó caro sus ideales y fue
encarcelado y perseguido largo tiempo. Su vida es un monumento a la tribulación,
llegando a ser incluso alcalde de Cádiz.
Ahora voy a guardar silencio, como seguro que
hacen no pocos gaditanos frente a su tumba, en la que nunca faltan flores. Callo
mi hereje bocaza y leo lo que se escribió en 1908 en el periódico peruano Los
parias, lejos de este país donde vigilan la envidia, los borbones y el
cutrerío.
“La vida de Salvochea se reduce a una continua
lucha, primero como republicano para derribar la monarquía de Isabel II, después
como anarquista para echar por tierra el edificio de todas las iniquidades
sociales;.....Dado el hombre, se comprenderá fácilmente que no ha podido
hundirse en la tumba sin llevar en sus carnes las cicatrices labradas por la
Justicia española, tal vez la más inicua y más despreciable de todas las
justicias humanas”.
“... la siguiente anécdota nos
le retrata en la hora del gran viaje, cuando las máscaras se desprenden de los
semblantes y dejan ver a los hombres en toda su belleza o en toda su deformidad.
La víspera del fallecimiento (...) alguien mencionó a Jesús, encareciendo su
bondad, su amor al prójimo y recordando la resurrección de Lázaro. Salvochea
fijó los ojos en su madre y dijo con la mayor serenidad:
De ser cierto ese milagro, él
te prueba que Jesús no era bueno... Sí, no era bueno, porque debió haber
resucitado a todos los muertos del pueblo”.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|