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 ALCARAJO: EL MORO SABIO

El anarcristo

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Una pandilla de publicistas me ha enrollado en una campaña de publicidad. La idea es genial y española: aprovechando estas entrañables fechas han organizado la búsqueda del niño Jesús que nace dentro de pocos días. Para ello han contratado a tres entidades que no tengan vértigo y con alguna neurona de sobra para aguantar el vómito, decir arriba, decir aaaarrr. Yo soy uno de los elegidos, soy uno de los Reyes Magos.

 

Los geniales creativos se han hecho con tres camellos viejos y con vestimentas más o menos dignas, sujetadas con remiendos, pero que aparentan oropel y monarquía parlamentaria. En realidad, todo nuestro trabajo consiste en aguantar el equilibrio encima de esos endiablados burritos ondulantes hasta la salida de la localidad. Allí no hay existencia ni vida conocida, no hay consumidores. Por lo visto también hay que saludar con la manita y arquear la boca, como cuando se sonríe, nos han dicho.

 

Una vez alcanzada la salida de los pueblos, se traslada a los camellos y a los malabaristas, tal cual, vestidos y montados, en un humillante remolque descubierto, lo que provoca la hilaridad en la red vial.

 

Estaba yo saludando con una técnica aprendida de la reina de Inglaterra, y mientras subía y bajada en ese peludo animal, cagón donde los haya, escupidor, me vinieron a la mente pensamientos extraños, quizá ayudado con el olor del incienso que uno de los pajes se encargaba de avivar. De vez en cuando, nos habían dicho, en la calle más comercial del pueblo, había que gritar como un energúmeno señalando al cielo y diciendo: ¡Mirad, la estrella de Belén! Creo que fue eso lo que hizo rebosar el vaso del absurdo y lo que me hizo cuestionar si lo que ocurrió en Palestina hace aproximadamente dos milenios no fue otra campaña de publicidad o electoral, por lo que empecé a buscar por mi cuenta mi propio mito y mi niño Jesús.

 

Como San Pedro y San Bartolomé podría poner a Nicola Sacco y a Bartolomeo Vanzetti. Corría el año 1919, exactamente la Nochebuena de ese año, cuando comenzó la natividad del caso. Ese día, unos desconocidos intentaron asaltar una fabrica de calzado en Bridgewater, Massachussets, sin consecuencias; pero el 10 de Abril del año siguiente se produce otro robo con dos muertes. Por aquel entonces, Estados Unidos acababa de salir de la gran crisis y las ideologías de izquierdas amenazaban a todo el sistema. Poco después eran detenidos Sacco y Vanzetti, con la única prueba de ir armados, cosa muy extraña en la selva americana... No eran ningunos santos, pero no cometieron esos crímenes. Durante siete años se les sometió a un proceso plagado de irregularidades y finalmente fueron condenados a la silla eléctrica. Rehabilitados en 1977, fueron condenados en 1927 por ser anarquistas, con la agravante de ser pobres, muy grave en el sistema judicial americano. Fueron unas ejecuciones para dar ejemplo al mundo, un aviso. Cabe recordar las palabras de uno de los jueces del caso: “No sé si usted es culpable del asesinato, pero sus ideales atentan contra nuestras instituciones y por tanto son delito”. Sin embargo se les condenó por asesinato.

 

En estos pensamientos me hallaba, cuando mi escudero-paje me pasó la bota de vino, lo que me ayudó a buscar a mi Cristo particular. Fueron momentos históricos, que duda cabe, incluso el camello regaló a la posteridad un gran cagajón. Levanté la mirada y hallándonos en la villa de Cádiz me topé con el nombre de la calle, Fermín Salvochea. De mis tiempos de Universidad, cuando me curaba de las clases mediante la cultura y lectura de libros, sabía quien era.

 

Nacido en Cádiz en 1842, pronto se sintió atraído por el pensamiento anarquista. En aquella época de monarquía de espadones y película porno de generosas carnes, Salvochea pagó caro sus ideales y fue encarcelado y perseguido largo tiempo. Su vida es un monumento a la tribulación, llegando a ser incluso alcalde de Cádiz.

 

Ahora voy a guardar silencio, como seguro que hacen no pocos gaditanos frente a su tumba, en la que nunca faltan flores. Callo mi hereje bocaza y leo lo que se escribió en 1908 en el periódico peruano Los parias, lejos de este país donde vigilan la envidia, los borbones y el cutrerío.

 

“La vida de Salvochea se reduce a una continua lucha, primero como republicano para derribar la monarquía de Isabel II, después como anarquista para echar por tierra el edificio de todas las iniquidades sociales;.....Dado el hombre, se comprenderá fácilmente que no ha podido hundirse en la tumba sin llevar en sus carnes las cicatrices labradas por la Justicia española, tal vez la más inicua y más despreciable de todas las justicias humanas”.

 

“... la siguiente anécdota nos le retrata en la hora del gran viaje, cuando las máscaras se desprenden de los semblantes y dejan ver a los hombres en toda su belleza o en toda su deformidad. La víspera del fallecimiento (...) alguien mencionó a Jesús, encareciendo su bondad, su amor al prójimo y recordando la resurrección de Lázaro. Salvochea fijó los ojos en su madre y dijo con la mayor serenidad: De ser cierto ese milagro, él te prueba que Jesús no era bueno... Sí, no era bueno, porque debió haber resucitado a todos los muertos del pueblo”.


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