
Estamos en una semana en la que los remolinos de
la historia confluyen y se aglutinan en las calles sacando pasos de madera,
cantando saetas, mirando al cielo, bebiendo vino. Lo religioso irrumpe en una
sociedad que está bastante alejada de eso, que está alejada de la religión y
de todo, por lo que muchos dirán que la sociedad se ha paganizado casi
completamente. Nada más lejos de la realidad. Ahora ha ocurrido algo así como
la disolución del Califato de Córdoba en los reinos de taifas pero de forma
generalizada y a lo cutre. Se ha sustituido a un dios impersonal fuera de las
personas por una miríada de diosecillos baratos, baratijitas, espejitos y
demás abalorios. Sólo falta el agua de fuego con el que los europeos
engatusaban a los indios americanos, qué digo, riega los gaznates a destajo de
toda la juventud en una medida sin igual.
Y que conste no tengo nada en contra de la
cultura del alcohol, pero cuando se pasan ciertas medidas, al igual que cuando
se cruza la velocidad de la luz en los dominios de la Física, empiezan a
ocurrir fenómenos extraños como que la juventud se pone a balar toda al
unísono, como yo balé, quizás porque la visión esclarecedora que desvelaba el
“sagrado puntito” de Baco era insoportable y pronosticaba un futuro negro que
sin embargo se ha quedado corto. Veo jóvenes cargando con pasos de madera – yo
mismo cargué uno de ellos, seguramente para vacilar ante las féminas como el
noventa por ciento, pero claro seguía de hecho los dictados de otra religión,
las de mi sangre – y ahora que acepto ya sin miedo “la visión del punto” veo,
eso sí, lo reconozco, teniendo que apretar los dientes y suspirando como el
crucificado – que los que llevan los verdaderos pasos son las gentes que se
estrujan en las calles y que se afanan con pegarse lo más posible a los pasos.
Veo con horror como sobre sus hombros llevan monstruos de la razón, hipotecas
de cuarenta años, miedo e incomprensión. Veo los trabajos precarios y los
sueldos siempre escasos. Y veo y entiendo entonces la verdadera razón de
porque se pegan tanto a los pasos, porque quieren tocar las maderas y porque
lloran cuando ven al Jesús crucificado de camino al matadero. Veo saltar
lágrimas y no son lágrimas no sólo por Jesús sino también por ellos mismos.
Creo que el pueblo es sabio y creo que debajo de
esa explicación de que, sobre todo en el pueblo andaluz hay “una mezcla de lo
religioso y paganismo” está equivocada. El pueblo andaluz y todos los pueblos
tienen en el fondo una religión que carece de apóstoles y de textos sagrados
–quizás porque algunos a lo largo de la historia se encargaron de perderlos -.
La gente sabe en el fondo, ¿lo sabéis verdad?, que el emperador está desnudo y
que el Reino de los Cielos está aquí. Sabe que el único reino es el presente
más absoluto y la conciencia en él, y saben que entrar en él es una tarea
harto complicada y hasta imposible. Se nos vapulea hacia el pasado y hacia el
futuro. Se nos agita, se nos provoca, se nos aleja del puro presente. Para
entrar en el reino de los cielos hay que ser como un niño, dijo Jesús. ¿Quién
eres tú?, le preguntaron en el Sanedrín. Yo soy el que soy, respondió. Quizás
Jesús fue uno de los primeros que vivió permanentemente en el presente, cómo
ya antes hicieron Buda y Lao-Tsé.
El presente es lo único que tenemos y cuando
nuestra conciencia se ancla a él y no permite que se la agite, comienzan a
ocurrir milagros, por ejemplo que somos capaces de empezar a cambiar nuestras
vidas y el futuro.
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