Año III

 

  

 

 

 PORTADA

 Noticia del día

 Cádiz

 Jerez

 San Fernando

 El Puerto

 Chiclana

 Puerto Real

 Rota

Participa AQUÍ en la encuesta

 El Mundo

 Deportes

 Toros

 Opinión

 Cartas al Director

 El Derrotista

 Servicios

 Reserva Hoteles

 El Tiempo

 Prensa/TV/Radio

 Entrevistas

 A Fondo

 Foto-Noticias

 Bahía Cultural

 Carnaval366Días

 Suscribirse

 Patrocinadores

 Publicidad

 Quiénes somos

 Contacto Prensa

 Hemeroteca


 

 

 ALCARAJO: EL MORO SABIO

El higo y la vaca

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Síntesis: La maravillosa historia del higo sagrado, el seminarista enloquecido, la vaca y un señor bajito de Cuenca que pasaba por allí.

 

Palabras clave: Snoopy, Mayte Zaldívar, natillas, Paquirrín.

 

Salí bien de mañana de la villa de Jerez. Recorría con los ojos y la memoria los exteriores del Sancta Sanctorum de los eternos sábados de mi infancia, el zoológico, tierra de prodigios y maravillas, cuando se me unió a mi lento avanzar mi compadre, el seminarista Alberto, que no ha tomado aún los votos, al contrario que el Hermanísimo, el insigne Jeff Bush, gobernador del Estado de la Florida, de tantas reminiscencias jerezanas; si Alvar Núñez levantara la cabeza, es decir, la de Vaca.

 

Me sentía yo dueño y señor de todas las tierras sin necesidad de notario y sin ánimo de lucro, no voy a especular con mis recuerdos, cuando Alberto, orondo de natillas y pan de leche, me puso al corriente sobre la nueva línea de moda inaugurada por el Papa. Alberto parloteaba sin fin sobre los nuevos tejidos romanos, modas, cueros y marroquinerías, cuando pensé si todo aquello no era una gran mariconada, obra de algún encantador.

 

Abrí un poco de gas a mi Bultaco años 30, por lo que Alberto avivó su scooter vaticano, ya que tenía cierta prisa por hacerme con la primera ración de mi medicina diaria. Con gallardía torera saqué mi caña terminada en singular bote recortado de lejía Conejo, y así, a velocidad de crucero, dando un rápido mandoble en el lugar indicado, me hice con el primer higo chumbo.

 

He de reconocer que aún hoy, pasados cinco años, tengo mis dudas sobre lo que aquella críptica caligrafía médica quiso escribir allí, y eso que llevé la receta a los criptólogos más ocultos e incluso a un egiptólogo, todos ellos con dudas entre la versión heterodoxa “tío chungo” y la académica y nómina asegurada, “higo chumbo”.Sin embargo, el tratamiento higo-chumbesco me estaba funcionando muy bien, aunque no podía decir esa frase tan de Alberto – que pijo es -, está que te cagas.

 

Fue una mañana provechosa, y tenía las dos alforjas meloneras de mi Bultaco medio llenas, cuando me puse a comerme algunos higos. Mientras Alberto, con los manos hacia arriba, un rosario colgando de ellas y con los ojos entornados hacia una nube entonada una antigua oración. Menudo carajazo se va a dar, pensé hidalgamente, aunque yo mismo tuviera mis manos y mi boca atareados con el higo. Su oración repetitiva era la señal no confesada para la ingesta de mi droga sagrada, el higo chumbo, la cual había de transportarme al estado mental adecuado, el más puro estreñimiento, para toda mi  jornada de trabajo. Sólo así podía hacer frente a un día en la ciudad moderna, sumida en la Era de la Escatología, que mierda de Cristo, este año no lleva la rebeca Springfield.

 

Ciudadano español moderno era ya, dispuesto a ver los canales públicos de televisión, cuando me veo a mi inefable escudero Alberto presa de una extraña agitación. Que te pasa, le digo. Snoopy, me responde. Sorprendido estaba porque incluso yo sabía que ese fue uno de los símbolos del pijerio antaño, que contaba incluso con hordas de fanáticos. Allí, me señala. Snoopy, snoopy, balbucea.

 

Yo, en la dirección que el hombre de Dios me indicaba no veía nada parecido a la perruna figura, sólo campo y una vaca lechera de generosas ubres. Dudando de mí mismo, me comí otro higo a toda velocidad, intentando integrarme en la pandilla gregaria de la sopa boba. Pero seguía viendo vaca.

 

Snoopy, snoopy, gritó. ¿Adónde vas enloquecido? Que no es perro-Snoopy, que es vaca, le grité. Pero tarde era ya. Alberto y su scooter avanzaban inexorables por la campiña jerezana a una velocidad del carajo, y efectivamente el carajazo fue bueno, dantesco, mu, mu, muy grande.

 

Esa noche la pasamos en el calabozo. Alberto, dos cestas de higos chumbos, una prostituta del cercano Rompechapines y yo. Alberto gozaba de inmunidad eclesial, pero yo estaba acusado de ser el autor intelectual del asesinato de la vaca.

 

Allí, más allá de los barrotes, ametrallaba anuncios una televisión, dando paso después a un programa del corazón. Una enloquecida parecía decir que una tal Mayte Zaldívar era un animal mediático. Repasando mentalmente las categorías animales e incluso vegetales de Linneo no encontré tal entrada, no encontré tal animal. Zaldívar tenía ecos africanos, y al ver aparecer a un Paquirrín, de apariencia gorilesca, creí empezar a comprender que eran especies de la selva profunda. Pero no sabía que animal podía ser ese tal mediático. Me tomé otro higo chumbo.


ARTÍCULOS ANTERIORES

ÚLTIMOS TITULARES                                   

  Portada Principal © DIARIO Bahía de Cádiz (BC) Aviso Legal 
Publicidad -  Poner como página de inicio  -  Añadir a Favoritos  -   ¿Quiénes somos?

 

 

Publicidad         

 

C/Profesor Antonio Ramos, 12, 3ºIZQDA - 11.100 San Fernando (CÁDIZ)
Redacción: redaccion@diariobahiadecadiz.com   Dirección: danyprensa@yahoo.es   Teléfono: 658 685 782