|

Síntesis:
La maravillosa historia del higo sagrado, el seminarista enloquecido, la vaca y
un señor bajito de Cuenca que pasaba por allí.
Palabras
clave: Snoopy, Mayte Zaldívar, natillas, Paquirrín.
Salí bien
de mañana de la villa de Jerez. Recorría con los ojos y la memoria los
exteriores del Sancta Sanctorum de los eternos sábados de mi infancia, el
zoológico, tierra de prodigios y maravillas, cuando se me unió a mi lento
avanzar mi compadre, el seminarista Alberto, que no ha tomado aún los votos, al
contrario que el Hermanísimo, el insigne Jeff Bush, gobernador del Estado de la
Florida, de tantas reminiscencias jerezanas; si Alvar Núñez levantara la cabeza,
es decir, la de Vaca.
Me sentía
yo dueño y señor de todas las tierras sin necesidad de notario y sin ánimo de
lucro, no voy a especular con mis recuerdos, cuando Alberto, orondo de natillas
y pan de leche, me puso al corriente sobre la nueva línea de moda inaugurada por
el Papa. Alberto parloteaba sin fin sobre los nuevos tejidos romanos, modas,
cueros y marroquinerías, cuando pensé si todo aquello no era una gran
mariconada, obra de algún encantador.
Abrí un
poco de gas a mi Bultaco años 30, por lo que Alberto avivó su scooter vaticano,
ya que tenía cierta prisa por hacerme con la primera ración de mi medicina
diaria. Con gallardía torera saqué mi caña terminada en singular bote recortado
de lejía Conejo, y así, a velocidad de crucero, dando un rápido mandoble en el
lugar indicado, me hice con el primer higo chumbo.
He de
reconocer que aún hoy, pasados cinco años, tengo mis dudas sobre lo que aquella
críptica caligrafía médica quiso escribir allí, y eso que llevé la receta a los
criptólogos más ocultos e incluso a un egiptólogo, todos ellos con dudas entre
la versión heterodoxa “tío chungo” y la académica y nómina asegurada, “higo
chumbo”.Sin embargo, el tratamiento higo-chumbesco me estaba funcionando muy
bien, aunque no podía decir esa frase tan de Alberto – que pijo es -, está
que te cagas.
Fue una
mañana provechosa, y tenía las dos alforjas meloneras de mi Bultaco medio
llenas, cuando me puse a comerme algunos higos. Mientras Alberto, con los manos
hacia arriba, un rosario colgando de ellas y con los ojos entornados hacia una
nube entonada una antigua oración. Menudo carajazo se va a dar, pensé
hidalgamente, aunque yo mismo tuviera mis manos y mi boca atareados con el higo.
Su oración repetitiva era la señal no confesada para la ingesta de mi droga
sagrada, el higo chumbo, la cual había de transportarme al estado mental
adecuado, el más puro estreñimiento, para toda mi jornada de trabajo. Sólo así
podía hacer frente a un día en la ciudad moderna, sumida en la Era de la
Escatología, que mierda de Cristo, este año no lleva la rebeca Springfield.
Ciudadano
español moderno era ya, dispuesto a ver los canales públicos de televisión,
cuando me veo a mi inefable escudero Alberto presa de una extraña agitación. Que
te pasa, le digo. Snoopy, me responde. Sorprendido estaba porque incluso yo
sabía que ese fue uno de los símbolos del pijerio antaño, que contaba incluso
con hordas de fanáticos. Allí, me señala. Snoopy, snoopy, balbucea.
Yo, en la
dirección que el hombre de Dios me indicaba no veía nada parecido a la perruna
figura, sólo campo y una vaca lechera de generosas ubres. Dudando de mí mismo,
me comí otro higo a toda velocidad, intentando integrarme en la pandilla
gregaria de la sopa boba. Pero seguía viendo vaca.
Snoopy,
snoopy, gritó. ¿Adónde vas enloquecido? Que no es perro-Snoopy, que es vaca, le
grité. Pero tarde era ya. Alberto y su scooter avanzaban inexorables por la
campiña jerezana a una velocidad del carajo, y efectivamente el carajazo fue
bueno, dantesco, mu, mu, muy grande.
Esa noche
la pasamos en el calabozo. Alberto, dos cestas de higos chumbos, una prostituta
del cercano Rompechapines y yo. Alberto gozaba de inmunidad eclesial, pero yo
estaba acusado de ser el autor intelectual del asesinato de la vaca.
Allí, más
allá de los barrotes, ametrallaba anuncios una televisión, dando paso después a
un programa del corazón. Una enloquecida parecía decir que una tal Mayte
Zaldívar era un animal mediático. Repasando mentalmente las categorías animales
e incluso vegetales de Linneo no encontré tal entrada, no encontré tal animal.
Zaldívar tenía ecos africanos, y al ver aparecer a un Paquirrín, de apariencia
gorilesca, creí empezar a comprender que eran especies de la selva profunda.
Pero no sabía que animal podía ser ese tal mediático. Me tomé otro higo chumbo.
ARTÍCULOS ANTERIORES
|