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Esto es un cachondeo, como diría un conocido
prócer jerezano. Por noticias que me han llegado desde una de mis
personalidades, resulta que se ha estado pagando por parte de esta empresa, yo,
una cuotita mensual de setenta euros por la factura telefónica. Extrañado por la
diferencia entre cuota nominal y la realidad llamé al departamento de atención
al cliente dispuesto a no dejarme seducir por la voz melosa y aterciopelada de
la ninfa telefónica. Imitando a Ulises me encadené a algo duro y largo y mi
mente se arrastró al nivel del publirreportaje sobre alguna materia que defecaba
la tele. Sólo así pudo mi pensamiento centrarse en el significado no erótico que
aquella voz decía.
No decía nada. Hablé entonces yo. Contento me
tienes, le dije a Marifé, que así se llamaba, y que era israelí, posiblemente
sionista. Que sepas que me han llamado de otra empresa distinta a Telefónica
ofreciéndome el oro y la mora, así que me gustaría saber por qué he estado
pagando quince euros de más.
De repente, vi el primero de una serie de
milagros, la leche, que iban a desfilar ante mis ojos. Marifé dijo
Mantenimiento de ADSL y se hizo Mantenimiento de ADSL; al segundo día
descansó. Telefónica, como vio que nadie protestaba, vio que aquello era bueno.
Telefónica creó el Edén, pero advirtió al cliente que no probara del Árbol del
Conocimiento, que mejor pastara por el Valle de la Lobotomía. Telefónica S.A. le
dijo al cliente que como allí en ningún lado, que fuera del Edén estaban las
regiones impías de Uni2, Tele2, Wanadoo y un tropel de empresas cuyo solo nombre
hace palidecer de espanto.
Pero seguía cabreadito como Neck Flanders y tuve
la osadía de preguntar por el origen del buñuelo de viento, por el génesis de
Mantenimiento de ADSL que antes no estaba. Y entonces se produjo el segundo
milagro, aunque yo en ese momento mariano no lo supiera. Al formular esa
pregunta, había sobrepasado ya el límite que la política de empresa –el cliente
siempre tiene la razón siempre que no sepa razonar- había fijado para distinguir
entre el lobotomizado común y el babeante rampante, por lo que Marifé debió
apretar tecla y me devolvió, me elevó al Olimpo de los que pagan lo que deben
pagar.
Días después, Cartero de Málaga, San Gabriel, me
notificó la buena nueva. Iba a ser padre de una criatura divina, única, una
factura a la baja por parte de una compañía telefónica. Mi espíritu debió quedar
preñada a Marifé la Sión, es la leche, vía telefónica.
Unos pobres trabajadores vinieron a adorar la
factura, quitándose la gorra y arrodillándose ante ella. Yo, padrazo, la acomodé
en el buzón abierto para que estuviera cómoda y todos pudieran verla. Vinieron
después tres camellos, uno de ellos negro con Telefónica, y ofrecieron hachís,
marihuana y kifi para fumárselo con la factura.
Contento me tienes, le dije a la factura esa
noche, que ya estaba echando los dientes de leche. A los cinco minutos me estaba
dando un sermón. Un mandamiento te doy, que protestes mucho como a mí me han
protestado. Ve, ve por esos caminos a decir la buena nueva. Protesta, coño. Es
tu derecho.
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