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—Santa,
chica, qué virgen más bonita tienes encima del televisor —dijo
la señora
Reilly para eludir el tema del pendiente.
Todos
miraron el televisor que estaba colocado junto a la nevera, y
Santa
dijo:
—¿Verdad
que es mona? Es Nuestra Señora de la Televisión. Tiene
debajo, en
la base, una ventosa para que no la tires al hacer la limpieza. La
compré en
Lenny's.
El
pacto, que es diferente del verdadero acuerdo, rezuma unos jugos pestilentes de
cobardía y de alta hipocresía regada de buenos vinos. El pacto a toda costa se
da en situaciones donde el pastel a repartir es de tal magnitud que incluso en
la alegre y vivaracha confrontación se atisban trazas – como de fruta en los
yogures de frutas – de los beneficios que en cualquier caso se van a obtener.
Esa risa nerviosa y teatral, esa pomposidad animada por la fuerza de los gases
de la fermentación en el estómago de pedazos de carne primorosamente elaborados
en algún asador o fogón de las cercanías del Congreso, denota la sofisticación
de la obra de arte que se representa en el alfombrado hemiciclo.
El pacto, estimulado muchas veces por el escaso
tiempo o por las ingentes cantidades de dinero, proporciona extraños compañeros
(y compañeras de viaje) que serían calificados de putos y putas por mi si no
fuera por el respeto que me merece esa profesión liberal.
Me pregunto seriamente si alguna vez se ha
producido el milagro de que algún discurso pronunciado en Cortes haya convencido
al adversario y le haya hecho cambiar el sentido de su voto. Con la autoridad
que me da el visionado masivo de la droga televisiva que se nos suministra,
puedo decir y digo que la disciplina de partido es una aberración de tamaño casi
tan grande como el propio concepto de partido.
Este es un país de sodomitas – y no lo digo por
los homosexuales que me merecen todos mis respetos – sino de sodomitas mentales.
Esto es Sodoma y Gomorra. Esto es un escándalo, que diría Raphael, no hay quien
me pare, que diría el alegre especulador.
El pactito promovido desde el PSOE, escenificado
por Pepin Blanco, tendiendo la mano y el culo – para guardarse las espaldas de
una lobotomizada opinión pública al PP, pidiendo que los escándalos urbanísticos
no sean tema de confrontación política es el summum del escándalo, es el cierre
del circulito del poder, del ano político que cierra esfínter. Que la mierda
quede dentro no nos vayamos a ir por la pata abajo.
El escándalo galopa y corta el viento por las
tierras de España. La frase lapidaria de Roca, que llama por connotaciones
comerciales, o sea divinas, a cagarse de miedo a los dos grandes partidos
políticos – cada día se levanta un tonto que vende su solar – debería figurar en
el actual escudito de este reino y no el Plus Ultra, gilipollesco y tontorrón,
también avioncito franquista.
Estoy absolutamente en contra del acto cobarde y
bárrrrrrbaro del robo del escaño del Presidente en el Congreso. Es una cobardía:
se deberían desalojar todos los sillones del escaño y okupar el congreso, dormir
en los pasillitos, exigir un techo y una vivienda digna. Que mejor lugar que
aquel, que algún día se llenó de los sonidos de la frase Cada español tiene
derecho a una vivienda digna.
Es el círculo que se cierra, la soga en el cuello
del ahorcado. Los buenos datos económicos que convencen a un español de a pie,
que con buena fe quiere la prosperidad para su familia, son sacados de una
economía basada básicamente en el ladrillo y la especulación inmobiliaria que
son los que le asfixian. Sombras chinescas para engañar. Nos toman por
gilipollas y por tontos;, sólo ellos, los que se creen únicos en comprender los
efectos de segundo y tercer orden, las contraindicaciones que no son ámbito
exclusivo del medicamento, son los enviados por una economía circular para
dirigir a las masas al matadero y a la delirante hipoteca.
Esto es la conjura de los necios, tontos que se
creen inteligentes – los más peligrosos – dirigiendo a la babeante y viscosa
masa – que debería ser un potaje de garbanzos duros y críticos, y no una papilla
de arroz pasado formada por la disolución del individuo -. Como se les ve casi
tan tontos como nosotros, parecen inofensos. No, éstos no pueden hacer realmente
algo tan malo, no, no se atreven.
Claro que no. No se atreven. No, no son ellos. Si
uno de acerca bien al televisor y los ve pasear en los mítines descubrirá con
cierto horror una dinámica corporal extraña, algo espasmódica y estertórea por
momentos. Y el sentimiento puede ser de pánico absoluto si se advierte la
cavidad que tienen en la parte posterior por donde los grupos de presión
económicos los hace andar y mover los labios. El país está dirigido por los
guiñoles de Canal+.
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