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Hacer el bien es una gilipollez. Dirán los
académicos que el bien y el mal no existen, que hay que superar el dualismo, el
maniqueismo, los extremos enfrentados, que no hay blanco ni negro, sino gris.
Según mi tesis, emergida de mi mente tras la
ingesta masiva de higos chumbos – y en plena crisis de estreñimiento – sólo
existe el mal y el negro. Así pues, la aspiración de todo bípedo o bivalvo –
tanto monta monta tanto – debería llegar a ser el Príncipe de las Tinieblas o
un payaso de la tele.
El mal esta muy mal visto y nunca mejor dicho. La
única diferencia entre el mal absoluto – mi estado natural – y la política de
atención al cliente de Telefónica es la dosificación de dicho mal.
Todo el código penal cae con fuerza sobre los
villanos abruptos como yo y no sobre los pérfidos de guante blanco que sudan la
maldad de manera exponencial. Éstos últimos suelen emplear diversos métodos
higiénicos para expulsar de su cuerpo las heces, como el uso de sicarios o
testaferros, según el caso.
Las leyes estatales y eclesiásticas castigan
haciendo pupa a los truhanes que se atrevan a elevar su maldad por encima de la
propia aberración del estado o iglesia, en realidad de cualquier jerarquía
basada en la violencia. Estas entidades marcan el límite máximo permitido y todo
aquel que se atreva a entonar alguna maldad por encima del rumor pelotero y
capillita será designado con el número 666 y se hará acompañar de las trompetas
finales del Apocalipsis. Ese es el mensaje final de ese infumable libro llamado
Biblia: el fin del mundo – o sea, subvención estatal repartida entre el
compadreo, peloteo, enchufismo – vendrá cuando al individuo se le ocurra la idea
de ser más malo que el sistema o estructura.
Con la autoridad moral que me da no haber hecho de
vientre en dos días – y habiendo comprobado que fue ese mecanismo el que dio
origen a la idea de un Dios separado -, voy a relatar un suceso que no viene a
cuento aquí. Mira que soy malo.
La Tierra había dado 1936 vueltas alrededor del
Sol desde que a algún proto-consejillo de administración, a la hora del café, se
le ocurrió la idea de inventarse al Jesucristo histórico, cuando por el Paseo de
Gracia de Barcelona se paseaba, y valga la redundancia, Antoni Gaudí.
Que bello relato, bucólito, asexuados angelotes
mofletudos juegan al paddle con Aznar. Ejemplo del bien, es decir, de la
mentira.
La mentira reside en un pequeño detalle: Gaudí
murió en 1926. Si ahora cortara esta sublime narrativa, esta polución nocturna,
quizás daría origen a una nueva religión, el gaudinismo, o lo que es peor,
reforzaría las tesis del peor cristianismo y su descabellada teoría de la
resurrección de la carne. Digo resurrección y no descongelación, por lo que no
me vale que dentro de algunos años la cabeza resfriada de Walt Disney nos
deleite con su discurso...
Parar aquí este relato es un ejemplo del mal
aceptable según mi creencia, recuérdese que estoy bajo los efectos de la ingesta
del higo chumbo. Y el mal aceptable son lo que se conocen como medias verdades,
verdades piadosas o agente comercial vendiéndote algo.
Pero la verdad dicha entera, que nos vamos a morir
o que no existe el Ratoncito Pérez es siempre negra, y cuanto más hablamos
normalmente más negra será. Quizás habría que hablar poco y en forma de
círculos, siendo ese tipo que expulsa bocanadas redondas de humo el Creador de
este nuevo lenguaje divino. Frases recurrentes y dinámicas como escribo porque
soy feliz y soy feliz porque escribo. Divago, lo sé y sé porqué divago y además
soy porque divago y además lo sé porque divago.
Quizás así haya algo de verdad en las mentiras que
decimos.
Y ahora la maldad absoluta, el discurso del
Anticristo que viene a destruir esa religión llamada gaudinismo y que había
creado ya en este breve lapso de tiempo monjas climatéricas y sacerdotes
pederatas. Yo la creé, yo la destruyo.
El paseo de Antoni Gaudí no era vertical sino
horizontal. Tras estas crípticas palabras dignas de un oscuro Evangelio se
esconde la verdad literal: las milicias republicanas sacaron el cádaver de Gaudí
de su tumba y pasearon la osamenta, soga al cuello y atada a un caballo, por las
calles de Barcelona.
Este espectáculo mereció el comentario de Dalí que
por allí pasaba, en una carta a Picasso: “he visto a Gaudí paseando por Gracia y
tenía bastante mala cara...”.
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