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Es la gilipollez el aglutinante social, el engrudo
y el cemento que mantiene pegado al babeante rebaño. Pegados los cuartos
traseros se avanza hacia el credo del cretinismo. Ya lo dijo Torrebruno (Torr,
4, 2): la vida es una cebolla.
La primera capa, la más dura, de baba seca al sol,
es la gilipollez. Esta gilipollez es la base de todo sistema jerárquico que se
escape el dominio directo de las armas y de la guardia de corps. Ahora el
ejército es la televisión que neutraliza cualquier intento de pensamiento
crítico o de revuelta en la sociedad, más allá de los lógicos (y estudiados)
empujones en la apertura de las rebajas en El Corte Inglés de Madrid o de alguna
manifestación partidista.
También hay manifestaciones libres, luchas
heroicas, actos brutalmente manipulados por el giro de una cámara o el añadido o
suprimido del audio. He visto varias veces como se explicaban unos aplausos o
unos abucheos en sentido completamente contrario a su intención original.
Así pues, es normal no resistirse a la gilipollez,
no deslizarse sin freno por la superficie suave de la cebolla sin penetrarla y
sólo empapándose del vaho cenutrio y muy cómico del mundo extracebollil.
Durante años fui un gilipollas, educado y
educativo, y aunque me picaba el carajo, aplaudía como una foca, jugaba con
nivea balón. Sólo actos extraños me hicieron dudar. Mosca cojonera picó la
cebolla y dejó salir un penetrante perfume de envidia; bajo la gilipollez
habitaba la gruesa capa de la envidia.
La envidia no está tan bien vista socialmente como
la gilipollez. Por eso la gilipollez es el hábitat común del mamífero hablador
occidental. Los más avispados – la avispa es la que pica la primera capa y se
alimenta de la envidia – usan la gilipollez como capa austrohúngara para
esconder intenciones. Irrespirable ambiente; lo peor: descubrir algún día que
como en el relato de Kafka, un amigo tuyo es una avispa.
Estructuras tambaleantes, se cae el teatral
tingladito.
Pasada la envidiosa capa, se penetra fácilmente en
la capa de la ostentación y de actor forzado, sobreactuado. Lista de posesiones
materiales, el coche y la casa. Se tiene hambre de mundo, gula de posesiones.
Tedio y escoba anal.
Esta es una capa falsa o no tan importante. Lo que
realmente se envidia es la lujuria. De pecado en pecado. Es más, los pecados se
llaman capitales porque tienen la capacidad de generar otros pecados, cualquiera
de ellos se puede llevar a los otros, existen puentes desde cualquiera de los
siete a los otro siete, aunque cada época, sistema educativo y canal televisivo
tengan una estructura pecaminosa propia.
Pero claro, un pequeño detalle, el pecado no
existe. Lo que se llama pecado es el exceso que lleva a la inestabilidad y que
te hace rebotar de exceso en exceso como una bola en un futbolín.
La pregunta clave es: ¿interesa económica y
políticamente el pecado (el exceso)?. Desde luego. El pecado es el fundamento
del Estado y de la Iglesia, la pantomima de que sólo el rey – en moto hacia Rota
en estos momentos – y el papa son virtuosos, de que están en el centro de la
cebolla.
Mentira. Brutal falsedad. Tocino de cielo, lomo de
ángel, tapón de río.
Hay que ser virtuosos, queridos hermanos (acento
sacerdotal); pero la virtud no es la vecina del quinto, deliciosamente ligera de
bragas, sino el camino del medio, el equilibrio, el canalillo del tetumen
que....
No puedo seguir; quería hacer un descenso al fondo
de la cebolla como el descenso al infierno de Dante, pero voy por la tercera
capa y los ojos me pican y me lloran. Otro día lo intentaré; además no tengo un
guía como Dante y tampoco está Beatriz; asi que me quedaré un rato aquí, en
algún rincón de la barbacoa tostándome los cojones.
En fin, lo dejo, no soy más que un farsante y un
pecador. Sigue tú que a mí me da la risa....
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