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En aquel curso de Agricultura Ecológica había
también un filósofo. Cuando se le preguntó porque se había apuntado a semejante
curso respondió con un “me interesa todo”; yo, más cobarde y jerezano, dije algo
relacionado con la aplicación de las nuevas tecnologías al campo o alguna
vaguedad parecida.
Había otros cursos por allí, uno sobre los nuevos
avances en la investigación del cáncer, otro sobre el hecho religioso y
finalmente un taller de protocolo. Éste último estaba atestado de incontables
féminas muy emperifolladas que hacían las delicias de nuestros descansos,
poniéndonos a prueba a los futuros agricultores ecológicos que adoptábamos poses
francesas y recitábamos al voleo la situación estratégica del tenedor del
pescado y la carne.
La eminencia en materia del cáncer venida de
América tenía pinta de cantante de jazz. Se lo dije a mi amigo Luis que acudía
franciscanamente al “hecho religioso” con actitud atea. Él me argumentó, con
pruebas y siguiendo el método científico, que el catedrático de su curso era una
versión madrileña del Capitán Pescanova. Y entonces ocurrió. Bien es cierto que
contribuyó el “licor de Viagra” que nos sirvieron a todos en la cena en Moguer.
Miraba yo a una profesora de religión cuando por estribor se presentó aquel
catedrático con una bandeja de langostinos y centollos. “Os traigo estos
productos del mar”, dijo. Cómo no reirse, cómo domar el estómago y el diafragma
que resonaban y vibraban como las cuerdas de una guitarra.
El humor es una de las herramientas más poderosas
para encontrar los nexos, las conexiones que todo lo conectan. Una especie de
entrenamiento y chanza para, como dijo Herman Hesse, el juego de los abalorios.
Empiezas tocando un tema y puedes acabar hablando de todo. A esta actitud
algunos la llaman diletante hoy en día. Que me denuncien.
Después fuimos conducidos por una pastora morena a
ver un concierto de jazz, música para mí ignota y casi mitológica como el
buñuelo de viento. Era un grupo español que cantaba en inevitable inglés y que
versionaba a un tal Cole Porter. No tardé ni dos minutos en calificar aquello
como un rollo macabeo. Pero no paramos de reir porque a Luis se le ocurrió
llamar a aquello como “porno jazz” debido a los alaridos de la cantante que
hasta se puso de rodillas en un momento dado para apurar el fuelle pulmonar. Y
sobre todo nos reímos porque el pianista de jazz era un clon de la eminencia del
cáncer, como ya vaticiné. “Leucemia en do mayor”, decía que se llamaría la
próxima canción, “Cáncer escrotal”, la siguiente.
Y sin embargo el cáncer es algo que no hace
ninguna gracia. Dios los cría y ellos se juntan, también los cursos de verano.
Qué tendrán que ver un curso sobre el cáncer con otro de agricultura ecológica,
o de religión o protocolo. Cómo siempre, todo. Una chica que estudiaba Medicina
me comentó que ha aumentado mucho el número de agricultores con cáncer en los
últimos años pero que sin embargo era un dato poco conocido. Mi organismo,
sumido en la destilación del alcohol y con reverberaciones de las canciones de
Ana Torroja, entre charlas sobre el piojo rojo, el oidio, el midio, las técnicas
de los invernaderos o el grado de humedad del compost, vio un puente.
Biodiversidad es la palabra clave en Agricultura
Ecológica. Se trata de no utilizar ni pesticidas ni plaguicidas. Se trata en
parte de volver a la agricultura tradicional y más allá. Se trata de ver que en
las selvas no hay plagas y son auténticos vergeles. Hay tanta competencia entre
los organismos que el sistema es estable y no se permite el señorío de ninguna
especie. La agricultura química o convencional desestabiliza el sistema abriendo
la puerta a plagas y enfermedades, además del agotamiento del suelo y la erosión
porque simplifica el sistema, porque reduce la biodiversidad.
Es posible que los factores ambientales a los que
estamos expuestos, los mismos pesticidas y plaguicidas, el tabaco, no hagan otra
cosa en el fondo que reducir la biodiversidad de nuestros propios organismos,
desestabilizarlo, permitiendo el paso al cáncer a un escenario simplón y sin
defensas. Porque en realidad no estamos sólos, nos mantienen vivos y en pie una
legión infinita de microorganismos en extraordinaria simbiosis. Somos selvas
andantes en el caso ideal, campos sin vida en muchos casos.
Todos estos microorganismos son una de nuestras
conexiones más directas con la Naturaleza, nuestro Dios. Ella nos da la vida y
nos permite balbucear durante unos años.
También esta situación se da en el ámbito del
pensamiento. Cuando se simplifican demasiado las cosas, entran las oscilaciones
y el caos. Ese es el verdadero caos, el proveniente de la simplificación y no de
la complejidad de las cosas. Los conceptos de Dios único y separado de nosotros
y de Estado-Nación son dos pesticidas que reducen la biodiversidad mental y
mamífera, como se ve estos días en el Líbano. Contribuyen al Pensamiento Único y
cancerígeno. Por eso, queridos guerreros, maquis biodiversos, vuestra misión es
volver al panteísmo (reconocimiento de las distintas funciones de la Naturaleza)
y a la tribu. Id con Dios, quiero decir, id con vuestra Madre y que no os
separen nunca de ella por mucho que tiren de vosotros. Guerread emboscados,
aprended las normas de convivencia y el protocolo, sabiendo que cada uno somos
de nuestra Madre y nuestro padre.
La Naturaleza no necesita conocer varón...Ya queda
menos para el asalto final.
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