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Si hubiera vivido en los tiempos de la Valencia
amurallada, más de una noche habría dormido al raso protegiéndome del relente en
alguna oquedad de la muralla. De los que se les olvidaba la hora del cierre de
las murallas, se decía que se habían quedado mirando la luna de Valencia. Quizás
habría pensado para que sirviesen realmente las murallas, para que no entrara el
invasor o para crear un micromundo interior donde el rey es el rey y el bufón el
bufón. Las fronteras, las condiciones de contorno, el borde de la bañera es la
que crea las olas que definen a una sociedad, unos arriba, otros abajo tragando
tierra. Yo hubiera socavado noche tras noche la arenisca de la muralla con una
cuchara de madera, con mi apéndice nasal o con cualquier otra protuberancia
corporal previa leve friega, para crear las condiciones necesarias para el
desquiciamiento del rey y del orondo ministro, mamada split, hubiera favorecido
el estraperlo y el contrabando, cual zahorí con palito en ristre hubiera apoyado
el cumplimiento estricto de las leyes urbanísticas, aún a costa de influir en la
inestable salud mental del principito de turno y su palacete. Hubiera
reivindicado el cumplimiento de las leyes fundamentales de la constitución de
turno, como la de condición de un trabajo y vivienda digna. Con mi palito, con
mi nariz, con mi cuchara, con mi friega, me hubiera divertido buscándole las
costillas a la muralla, buscando los resortes adecuados donde salta la liebre,
donde el rey abandona de forma abrupta el francés protocolo y la diplomacia
harvard para sacar la caballería a la calle. Emboscado en la muralla, tocando
los cojones hasta el final. Mirando a la Luna de Valencia.
Con un leve espejito me hubiera comunicado con mi
buen amigo Benedicto XIII, el Papa Luna, Luna de Valencia, el antipapa, allá en
el promontorio de Peñíscola. Recordemos, oh hermanos, la sin par historia de
este simpático personaje. Elegido democráticamente por el cónclave del año de la
polca, fue invitado a abandonar su cargo bajo pena del degüello por parte de la
masa cobarde que quería un Papa voluble y moldeable a los intereses políticos y
económicos, fácilmente controlable mediante el método de la mamada split, puta
de lujo. Como a todos los papas, al antipapa le gustaba que se la chupasen, pero
prefería la fogosa campesina libre al teledirigido coño. Al final los intereses
ganaron como no podía ser de otra manera, pero el Papa Luna le hizo un desgarro
a la virgen Iglesia Católica y se llevo el papado a territorios valencianos,
subiéndose a la roca de Peñíscola y esperando al enemigo que con ademanes de
eunuco francés no tardaría en llegar. Efectivamente, desde Roma enviaron a un
envenenador al que le dieron por ahí. El Papa Luna aguantó el tirón y un bledo
importó Roma.
Hay quien dice que después del Papa Luna toda una
serie de papas siguieron con su legado de tocamiento escrotal a Roma. Se dice
que en estos días existe el mítico, bohemio-soñador, Benedicto XL, que podría
aprovechar su nombre para vender camisetas y cubreescrotos.
Hubiera estado bien que en su reciente visita a
Valencia, el Papa Benedicto XVI se hubiera encontrado con el papa Benedicto XL,
subidos los dos a sendos papamóviles, enfrentándose quizás a singular carrera de
bólidos por las calles valencianas en enconada tarea de reclutar almas, todo
bajo la mirada pasmada de Zaplana y la señora alcaldesa. Hubiera sido un gran
golpe de efecto publicitario, una buen marketing, en realidad en lo que se basan
muchas de las religiones organizadas. Ley de la oferta y la demanda también.
Existe una gran falacia en toda revolución o
cambio convulso. No hay que tomar al asalto el Palacio de Invierno o la
Bastilla, no hay que estar en el centro donde el rey concentra a todos sus
granaderos e hideputas. El vuelco viene como el orgasmo, cuando llevamos un buen
rato dando estopa. Como dice Sampedro, el paso de una golondrina por la plaza
hace que cambien las condiciones. Eso es lo que los reyes y pinochetistas llevan
siglos queriendo hacer ver, que para derrocarlos hay que darles matarile, matar
a sus mujeres, violar a sus ganados, sembrar sus campos con sal. No, nada más
lejos de la realidad. Concentrémonos en las caricias a las murallas, a las
fronteras, a las condiciones de contorno: son los pies de barro de todo sistema.
Un pequeño cambio en ellos y provoca hemofilia en el monarca. Así pues, hagamos
cosquillas a las murallas, tanto económicas, como políticas o sociales y seamos
conscientes que esas cosquillas pueden cambiar el mundo. Pero ojo, que a nadie
le quepa duda de que entre risas, enviarán al envenenador. Da igual, en el
combate uno a uno, cuerpo a cuerpo, no habrá comparación. No hay virilidad en el
bufón real ni en el eunuco pandillero o corporativista.
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