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Otra vez España ante el abismo de los cuartos de
final (primeros vienen los octavos ante Francia), otra vez cuestión de mente,
como todo, como el tercer polvo. Creo que la selección española, históricamente,
sufre de eyaculación precoz. Se abalanza sobre la portería contraria, entra por
las bandas por la fuerza de Gordillo, lame los palos como si fueran piernas.
Insiste con furia, en tropel avanza, la toca, la toca, pero cuando se acerca al
volcán le quema la pelota, siente el vértigo de la gloria y aunque ella ya se
corrió en los preámbulos, no cuenta, no cuenta. Sólo cuenta el gol, dentro,
sincronía difícil, sincronía perfecta.
Se llega al área y se siente demasiado cerca el
calor, demasiado cerca de casa, demasiado cerca de la gloria. Somos jodidamente
buenos y lo sabemos. Se puede morir de éxito, fracasar de bochorno y de gloria.
A España le haría falta ese personaje que acompañaba a los triunfadores que
desfilaban en carro por las calles de Roma y que constantemente susurraba al
ganapán: no olvides que eres sólo un hombre.
Luis Aragonés se ha llevado a un psicólogo
americano para hacer creer a los muchachos que pueden llegar hasta el final. Yo
me llevaría también a un físico, porque el campo de juego es un panel
termodinámico, tiene zonas de calor e islas de frialdad, territorios donde es
necesario emplear el frío, el frío que quema, la frialdad del torero. Desde el
centro de la portería hasta el delantero centro, todo ese eje es el dominio del
frío, pasito corto y cara de mala leche, el país del núcleo atómico, autonomía
del orden. Las bandas son para los salvajes, puro nervio y calor, inestabilidad
absoluta, electrones, caos creativo. Al psicólogo corresponde descubrir el
temperamento de cada uno de los jugadores, el físico combinar frío y calor. Sin
embargo, y con la autoridad que me da el carné de entrenador obtenido en una
rifa, creo que mejor frío en medio y calor por las bandas.
Y dentro del eje central, existen dos zonas
glaciares, el hombre bajo los palos y el delantero centro. Hombres que acumulen
frialdad y que la descarguen en un relámpago de calor, en una parada fulminante,
en un gol explosivo, para después volver rápidamente a la tranquilidad atenta
del samurai. Misión y orgasmo conseguido.
Samuráis no hay en estas latitudes, lo más
parecido son los toreros, temple ante el fuego del toro porque el toreo no es
otra cosa que el control del fuego. El día que España acumule un torero en los
cuatro centros de las alturas del terreno de juego, portería, defensa, centro y
delantera, España levantará la Copa del Mundo. Habrá que esperar hasta entonces,
como el ludópata que espera ver aparecer en línea la combinación perfecta de
pequeños dólares en la tragaperras.
En este país no se controlan bien las emociones,
necesitamos una válvula de escape para evacuar el exceso. Se muere Rocío Jurado
y ya dicen que Rosa López es su sustituya. Como siempre España es una olla,
llena de adolescentes con furor hormonal. Tampoco es tan grave ni tan especial,
casi todo el mundo y casi todas las naciones viven aún en la adolescencia.
España y sus problemas de diván de crisis de identidad. España en la edad del
pavo, ¿quién soy?, ¿quién soy? Nadie, coño, nadie.
A ver si dejamos de humanizar cosas que no son
humanas. Sólo en los dibujos animados los perros hablan. El hombre es la medida
de todas las cosas, por lo menos para el hombre mismo, y una nación es algo
absurdo y monstruoso. Cuando ya no haya Rocíos Jurados ni Copas del Mundo, ni
Campeonatos de Fórmula 1, entonces tendremos que enfrentarnos al control de ese
exceso emocional, al control del fuego. Harán falta muchos toreros y toreras.
Pero antes hay que ser “Campeones del Mundo”.
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