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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Ave Fénix

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Las tradiciones se repiten a lo largo de los siglos, la sabiduría se va acumulando condensándose en pequeños refranes, máximas y leyendas, armas que cobrarán luz en el momento adecuado. Cuando un alumno necesita un maestro, éste siempre aparece.

 

María Zambrano vivió una vida de exilio, frustración y llanto, o eso cuentan. No lo creo. De exilio si, pero ella hubiera sido una exiliada a los ojos de la mayoría de la gente de todas formas. Discípula de Ortega y Gasset, fue una de las mejores filósofas de este país, incluso desmarcándose del maestro y aplicando su acentuada visión personal. Una de sus frases más célebres es la del hombre nuevo al alba, la del hombre que ha sabido sobreponerse al desastre, si es que eso existe. El mito del ave fénix, antiguo como el hombre, presente en casi todas las grandes culturas como la hindú o la egipcia. El pájaro de fuego que emerge de sus propias cenizas.

 

Con la venia de la autoridad competente, creo que no existe el desastre y que sólo existe el camino. A veces a uno le nacen en un extraño sitio, extraños compañeros de pupitre de mirada torva, extraños seres preñados de arrogancia genealógica, monstruos del concepto, extrañamientos por todos lados; y uno quiere ir a un lejano sitio, extraño para otros. En realidad el desastre o el fracaso es la distancia entre el sitio A y el sitio B, adonde uno quiere ir. El fracaso es no haber nacido con una flor en el culo, que es lo más común entre los mortales, y quizás, quien sabe, ese caso es el menos deseable de todos.

 

La vida es la crónica de una muerte anunciada, y visto desde ese punto de vista, un gran desastre. Pero el único desastre es no descubrir quién realmente es uno, no llegar a conocerse a sí mismo. A los que piensan que todo acaba, que todo está perdido. El desastre puntual es la puerta al camino, la llamada para ir al sitio B, el llanto no es nunca propiedad personal, sino producto de la fuerza de la gravedad que ejerce el sitio o la dirección del destino.

 

La salvación, la libertad y gran parte de la felicidad vienen detrás de los cuarenta días en el desierto, del naufragio o de la traición, vienen avanzando por el camino, por su camino, estrecho, personal e intransferible, tan esquivo a veces como la frecuencia adecuada en el dial de la radio. Como siempre, lo bueno se esconde lejos de las grandes autopistas y avenidas, lejos de las grandes autopistas de la información.

 

Hubo alguien que diseñó la autopista sin proponérselo, sólo andando por un camino de zarzas, dejando abierto una pequeña oquedad en la maleza.

 

El poder más primario es obligar a los demás a seguir un camino, una dirección, cuando por definición los caminos son para ir de uno en uno aunque se puedan compartir tramos. El sentido negativo de desastre viene de ahí, del propósito general de los demás a que sigamos por un camino favorable para ellos, donde son válidos sus títulos y abolengo, papeles, oropeles nada más que alguien instituyó para hacer creer que unos caminos son mejores que otros. Si, unos caminos son mejores que otros, pero es una elección personal y no colectiva. Hablan de desastre cuando vamos campo a través.

 

En realidad el desastre, el fracaso, la tragedia es la señal para el ave fénix, ángel de la guarda, mercenario en la adversidad, pájaro de fuego que sólo alzará el vuelo si miramos en la dirección adecuada, si colocamos el dial en la emisora correcta, la nuestra, si andamos hacia nuestra luz. Y como dijo un andaluz, arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Nos encontraremos con los demás y con nosotros mismos.


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