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Las tradiciones se repiten a lo largo de los
siglos, la sabiduría se va acumulando condensándose en pequeños refranes,
máximas y leyendas, armas que cobrarán luz en el momento adecuado. Cuando un
alumno necesita un maestro, éste siempre aparece.
María Zambrano vivió una vida de exilio,
frustración y llanto, o eso cuentan. No lo creo. De exilio si, pero ella hubiera
sido una exiliada a los ojos de la mayoría de la gente de todas formas.
Discípula de Ortega y Gasset, fue una de las mejores filósofas de este país,
incluso desmarcándose del maestro y aplicando su acentuada visión personal. Una
de sus frases más célebres es la del hombre nuevo al alba, la del hombre que ha
sabido sobreponerse al desastre, si es que eso existe. El mito del ave fénix,
antiguo como el hombre, presente en casi todas las grandes culturas como la
hindú o la egipcia. El pájaro de fuego que emerge de sus propias cenizas.
Con la venia de la autoridad competente, creo que
no existe el desastre y que sólo existe el camino. A veces a uno le nacen en un
extraño sitio, extraños compañeros de pupitre de mirada torva, extraños seres
preñados de arrogancia genealógica, monstruos del concepto, extrañamientos por
todos lados; y uno quiere ir a un lejano sitio, extraño para otros. En realidad
el desastre o el fracaso es la distancia entre el sitio A y el sitio B, adonde
uno quiere ir. El fracaso es no haber nacido con una flor en el culo, que es lo
más común entre los mortales, y quizás, quien sabe, ese caso es el menos
deseable de todos.
La vida es la crónica de una muerte anunciada, y
visto desde ese punto de vista, un gran desastre. Pero el único desastre es no
descubrir quién realmente es uno, no llegar a conocerse a sí mismo. A los que
piensan que todo acaba, que todo está perdido. El desastre puntual es la puerta
al camino, la llamada para ir al sitio B, el llanto no es nunca propiedad
personal, sino producto de la fuerza de la gravedad que ejerce el sitio o la
dirección del destino.
La salvación, la libertad y gran parte de la
felicidad vienen detrás de los cuarenta días en el desierto, del naufragio o de
la traición, vienen avanzando por el camino, por su camino, estrecho, personal e
intransferible, tan esquivo a veces como la frecuencia adecuada en el dial de la
radio. Como siempre, lo bueno se esconde lejos de las grandes autopistas y
avenidas, lejos de las grandes autopistas de la información.
Hubo alguien que diseñó la autopista sin
proponérselo, sólo andando por un camino de zarzas, dejando abierto una pequeña
oquedad en la maleza.
El poder más primario es obligar a los demás a
seguir un camino, una dirección, cuando por definición los caminos son para ir
de uno en uno aunque se puedan compartir tramos. El sentido negativo de desastre
viene de ahí, del propósito general de los demás a que sigamos por un camino
favorable para ellos, donde son válidos sus títulos y abolengo, papeles,
oropeles nada más que alguien instituyó para hacer creer que unos caminos son
mejores que otros. Si, unos caminos son mejores que otros, pero es una elección
personal y no colectiva. Hablan de desastre cuando vamos campo a través.
En realidad el desastre, el fracaso, la tragedia es la señal para
el ave fénix, ángel de la guarda, mercenario en la adversidad, pájaro de fuego
que sólo alzará el vuelo si miramos en la dirección adecuada, si colocamos el
dial en la emisora correcta, la nuestra, si andamos hacia nuestra luz. Y como
dijo un andaluz, arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Nos
encontraremos con los demás y con nosotros mismos.
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