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Mi novia quería una cama más grande ipso facto,
por razones coitales y postcoitales. Yo, sin embargo, viendo los precios de Ikea
y de los muebles de diseño me veía condenado a las limitaciones de espacio.
Dándole vueltas andaba cuando ya de noche pensé en alguna estructura que
aguantase el peso de un colchón y su fauna en movimiento y me vinieron a la
cabeza los palés que se usan en los almacenes y en la construcción para
transportar materiales. Así que esa misma noche, hace dos noches, espoleado por
el enésimo café y por mi facilidad de meterme en berenjenales y patatales, me
puse a buscar por las obras cercanas a mi casa los ansiados palés.
Mientras oteaba el horizonte, mientras olisqueaba
el viento nocturno en busca del esquivo palé, hacia los cálculos necesarios para
determinar el número exacto que iba a necesitar para mi obra ingenieril. El
número era doce aunque después tuviera que cortar. Eran ya al menos las dos de
la mañana cuando localicé, agazapado tras unos matorrales, completamente quieto
y muy callado, a un hermoso montón de palés.
La distancia a mi casa era considerable con el
añadido además de tener que atravesar un descampado completamente oscuro arañado
con varias zanjas de construcción. Como tantas veces en mi vida no calculé bien
en que cebollar me metía y cuando iba en el peregrinaje con el tercer palé a
cuestas hacia un tercio del recorrido –dividí el vía crucis en tres etapas a las
que iría avanzando con las doce unidades de una en una– ya me estaba
arrepintiendo de semejante disparate.
Cuando terminé con toda la carga en la primera
etapa era ya un ser amorfo bañado en sudor al que sólo le faltaba aullar y
zamparme alguna gallina para completar mi transición a hombre-lobo. Mediada la
segunda etapa con mis particulares cruces a cuestas empecé a intentar abstraerme
de todo aquello e intentar recobrar algo de mis condiciones humanas. Me puse a
pensar, o quizás tendría que decir delirar. Poco importa. Empecé por acordarme
del tiran más dos tetas que dos carretas y en la sabiduría acumulada en los
refranes a través de cientos de años, el poso del tiempo seleccionando frases
cortas fácilmente recordables. Pequeños dichos que se repiten a lo largo del
tiempo como paganas oraciones, pequeños clásicos de la literatura universal,
enormes novelas condensadas.
Entonces me acordé de otro gran clásico, Ulises.
Siempre me gustó Ulises, de pequeño y después más. Con los años lo entendí
mejor, entendí porque es un clásico, qué es un clásico. Un clásico es una
definición de alguna parcela universal de la humanidad, un viento que hace
resonar todos los cuerpos y las mentes que lo leen. Yo también como Ulises fui a
la guerra por una mujer caprichosa, también me lamenté de desproporcionados
juramentos de juventud, también estuve perdido sin rumbo en mi particular mar,
sorteando toda serie de peligros cotidianos, aunque psicológicamente algunos
fueran titanes, cíclopes o harpías.
Pasaban las horas y el sudor me escocía en los
ojos, a veces descansaba tumbado en mi propio palé, como alguno de los náufragos
de aquel cuadro, El hundimiento de la Medusa.
Un ejemplo más de la vigencia de los clásicos:
Ulises pasó doce pruebas antes de poder volver a su patria, antes de volver a
Ítaca, antes de encontrarse consigo mismo. Esa noche yo pasé mis particulares
doce pruebas, los doce peregrinajes con los palés antes de regresar a casa. Esa
noche me encontré con el Ulises, la conexión de neuronas de la adversidad que
todos llevamos dentro. Ulises, en su busca del destino estuvo más de una vez a
punto de arrojar la toalla ante la visión descomunal de los obstáculos o del
absurdo más dantesco. Sin embargo Ulises llegó a Ítaca con la ayuda de un
fundamental pensamiento: los obstáculos no existen porque no son vallas o muros:
son escalones que una vez superados alzan a la persona, le fortalecen las
piernas para seguir ascendiendo. Si el salmón fuese toro los cojones no cabrían
en la plaza, no habría sitio para el señorito o la autoridad competente.
Imitemos al salmón.
Cuando al fin terminé y coloqué los dos colchones sobre los palés,
ya limpios y ordenados, me sentí bien. Recordé que también Ulises se hizo su
propia cama, la talló de una pieza de un árbol que era uno de los pilares de su
casa.
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