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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Ulysses

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Mi novia quería una cama más grande ipso facto, por razones coitales y postcoitales. Yo, sin embargo, viendo los precios de Ikea y de los muebles de diseño me veía condenado a las limitaciones de espacio. Dándole vueltas andaba cuando ya de noche pensé en alguna estructura que aguantase el peso de un colchón y su fauna en movimiento y me vinieron a la cabeza los palés que se usan en los almacenes y en la construcción para transportar materiales. Así que esa misma noche, hace dos noches, espoleado por el enésimo café y por mi facilidad de meterme en berenjenales y patatales, me puse a buscar por las obras cercanas a mi casa los ansiados palés.

 

Mientras oteaba el horizonte, mientras olisqueaba el viento nocturno en busca del esquivo palé, hacia los cálculos necesarios para determinar el número exacto que iba a necesitar para mi obra ingenieril. El número era doce aunque después tuviera que cortar. Eran ya al menos las dos de la mañana cuando localicé, agazapado tras unos matorrales, completamente quieto y muy callado, a un hermoso montón de palés.

 

La distancia a mi casa era considerable con el añadido además de tener que atravesar un descampado completamente oscuro arañado con varias zanjas de construcción. Como tantas veces en mi vida no calculé bien en que cebollar me metía y cuando iba en el peregrinaje con el tercer palé a cuestas hacia un tercio del recorrido –dividí el vía crucis en tres etapas a las que iría avanzando con las doce unidades de una en una– ya me estaba arrepintiendo de semejante disparate.

 

Cuando terminé con toda la carga en la primera etapa era ya un ser amorfo bañado en sudor al que sólo le faltaba aullar y zamparme alguna gallina para completar mi transición a hombre-lobo. Mediada la segunda etapa con mis particulares cruces a cuestas empecé a intentar abstraerme de todo aquello e intentar recobrar algo de mis condiciones humanas. Me puse a pensar, o quizás tendría que decir delirar. Poco importa. Empecé por acordarme del tiran más dos tetas que dos carretas y en la sabiduría acumulada en los refranes a través de cientos de años, el poso del tiempo seleccionando frases cortas fácilmente recordables. Pequeños dichos que se repiten a lo largo del tiempo como paganas oraciones, pequeños clásicos de la literatura universal, enormes novelas condensadas.

 

Entonces me acordé de otro gran clásico, Ulises. Siempre me gustó Ulises, de pequeño y después más. Con los años lo entendí mejor, entendí porque es un clásico, qué es un clásico. Un clásico es una definición de alguna parcela universal de la humanidad, un viento que hace resonar todos los cuerpos y las mentes que lo leen. Yo también como Ulises fui a la guerra por una mujer caprichosa, también me lamenté de desproporcionados juramentos de juventud, también estuve perdido sin rumbo en mi particular mar, sorteando toda serie de peligros cotidianos, aunque psicológicamente algunos fueran titanes, cíclopes o harpías.

 

Pasaban las horas y el sudor me escocía en los ojos, a veces descansaba tumbado en mi propio palé, como alguno de los náufragos de aquel cuadro, El hundimiento de la Medusa.

 

Un ejemplo más de la vigencia de los clásicos: Ulises pasó doce pruebas antes de poder volver a su patria, antes de volver a Ítaca, antes de encontrarse consigo mismo. Esa noche yo pasé mis particulares doce pruebas, los doce peregrinajes con los palés antes de regresar a casa. Esa noche me encontré con el Ulises, la conexión de neuronas de la adversidad que todos llevamos dentro. Ulises, en su busca del destino estuvo más de una vez a punto de arrojar la toalla ante la visión descomunal de los obstáculos o del absurdo más dantesco. Sin embargo Ulises llegó a Ítaca con la ayuda de un fundamental pensamiento: los obstáculos no existen porque no son vallas o muros: son escalones que una vez superados alzan a la persona, le fortalecen las piernas para seguir ascendiendo. Si el salmón fuese toro los cojones no cabrían en la plaza, no habría sitio para el señorito o la autoridad competente. Imitemos al salmón.

 

Cuando al fin terminé y coloqué los dos colchones sobre los palés, ya limpios y ordenados, me sentí bien. Recordé que también Ulises se hizo su propia cama, la talló de una pieza de un árbol que era uno de los pilares de su casa.


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