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En los últimos días están llegando a Canarias una
avalancha de inmigrantes que huyen en tropel del lugar que les vio nacer. Es
didáctico mirarlos y retroceder la época anterior al surgimiento de la gran
mentira de las naciones. Ellos huyen de su nación porque su nación también sería
su murión –palabra que me invento y que significa desde ahora el lugar donde se
muere-. Otros roban, otros matan, otros estafan, yo invento palabras, que me
denuncien.
Ahora todo el mundo quiere ser nación, catalanes,
vascos, gallegos, andaluces, aragonés, riojanos, todo el mundo quiere una
nación, todo el mundo quiere una historia que sustente el histórico reparto del
pastel entre las clases, todo el mundo quiere una lengua diferenciada, como si
el hecho de hablar una lengua diferente otorgara al humano común un rango
diferente. El concepto de nación ha sido y será una invitación a la tumba de los
que están en la base de la pirámide: sólo ha sido válido para las altas
instancias, reyes de sangre azul, azules de beber tanta sangre roja, príncipes
de la muerte, carniceritos de Asturias y demás seres del averno.
Hace pocos días se descubrió cerca de las Islas
Barbados, en pleno Caribe, un pequeño barco con once momias, irreconocibles,
deformadas y negras. Eran los restos de una expedición de 53 hombres que partió
de algún punto de Cabo Verde, en África, en dirección a Canarias. Se ha sabido
también hace poco, por denuncias de familiares, la negra verdad de este viaje.
Aquellos hombres pagaron una gran suma a un español, a un trilero de la muerte,
a un negrero, que prometió llevarles a Canarias. Embarcados en la nave, el
español, hábil en bailes de salón y ligeras traiciones, puso pie en tierra antes
de zarpar; algunos, unos pocos, dudaron ante aquel movimiento bancario y se
bajaron con el cerdo ibérico, enfilando los demás el océano. A los pocos días,
el barquito se averió en pleno Atlántico, y el desconocido, avisado desde el mar
y preocupado ante una posible denuncia, mandó a otro barco mayor en su ayuda.
Habría que imaginar la cara de alivio de aquellos hombres, muchos sin saber
nadar, cuando aquel otro barco les tendió un cable y los empezó a remolcar. Y es
que ellos no podían saber que los remolcaban hacia la muerte, los barrían debajo
de la alfombra, pistas molestas, negocio liquidado, dinero cobrado. El barco de
la muerte los remolcó hacia el Océano abierto, dirección América, y dentro ya de
las corrientes que empujaron a Colón al descubrimiento, alguien cogió un machete
y cortó la cuerda.
Durante las semanas siguientes fueron muriendo uno
a uno, de sed, quizás enloquecidos algunos por beber agua de mar. Fueron tirando
los cadáveres al mar hasta que sólo quedaron once sin fuerzas para levantarse y
momificándose por las brisas y el calor durante cuatro meses hasta alcanzar el
nuevo continente.
Ahora me invento otra palabra, o mejor dicho, un
significado para una palabra ya existente: creación. Creación; dícese del
territorio donde se desarrollan y se crean los hombres y mujeres. Abajo las
naciones y muriones, vivan las creaciones, viva la creación española, lugar
geográfico que permite el desarrollo de la especie humana.
Conviene recordar que la nación más poderosa de la
tierra, Estados Unidos, no es tal, sino una creación. En sus orígenes fue el
refugio de todos los desheredados del globo, de los perdedores, de los
proscritos por la ley y mal vistos ante su Graciosa Majestad. A pesar de todas
sus tropelías anteriores, el hecho de haber dado una oportunidad a todo el mundo
sin preguntar por el origen ha permitido a Estados Unidos ser el principal
fermento y abono de los mejores hombres. La casi totalidad de las mejores
universidades son Norteamericanas, las mejores mentes huyen a EEUU donde se las
escucha: no se puede negar lo evidente, lo cortés no quita lo valiente. En gran
parte del alma americana pesa más el sueño americano, la oportunidad, el
recuerdo de la gesta de los perdedores que se llevaron a la mejor chica, que un
sentimiento nacional propiamente. Los americanos son creacionistas, en los dos
sentidos de la palabra, no nacionalistas. Su obsesión es la superación del
fracaso, la conversión del perdedor en triunfador, casi toda su filmografía está
atravesada por esta idea. Peores condiciones iniciales, mejor resultado final.
Superación. Eso es lo bueno de América.
Los 53 no pudieron llegar a Canarias y llegaron tarde a América,
ya que la idea original de América no existe ahora. Se quedaron en el limbo,
entre la vida y la muerte, un poco como todos nosotros traumatizados por la idea
de nación. El mundo necesita de creaciones, la vieja Europa debería de crearse
de nuevo, resurgir como el ave fénix despojándose de las cenizas de las antiguas
naciones. Ellos quieren venir y nosotros necesitamos que vengan. Mayores cupos
de trabajadores africanos para una Europa que languidece supondrían mayores
envíos de dinero para los países subsaharianos que se mueren. Si no, en poco
tiempo sólo se verán momias paseando por las calles de Europa.
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