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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

La maldición de la momia

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

En los últimos días están llegando a Canarias una avalancha de inmigrantes que huyen en tropel del lugar que les vio nacer. Es didáctico mirarlos y retroceder la época anterior al surgimiento de la gran mentira de las naciones. Ellos huyen de su nación porque su nación también sería su murión –palabra que me invento y que significa desde ahora el lugar donde se muere-. Otros roban, otros matan, otros estafan, yo invento palabras, que me denuncien.

 

Ahora todo el mundo quiere ser nación, catalanes, vascos, gallegos, andaluces, aragonés, riojanos, todo el mundo quiere una nación, todo el mundo quiere una historia que sustente el histórico reparto del pastel entre las clases, todo el mundo quiere una lengua diferenciada, como si el hecho de hablar una lengua diferente otorgara al humano común un rango diferente. El concepto de nación ha sido y será una invitación a la tumba de los que están en la base de la pirámide: sólo ha sido válido para las altas instancias, reyes de sangre azul, azules de beber tanta sangre roja, príncipes de la muerte, carniceritos de Asturias y demás seres del averno.

 

Hace pocos días se descubrió cerca de las Islas Barbados, en pleno Caribe, un pequeño barco con once momias, irreconocibles, deformadas y negras. Eran los restos de una expedición de 53 hombres que partió de algún punto de Cabo Verde, en África, en dirección a Canarias. Se ha sabido también hace poco, por denuncias de familiares, la negra verdad de este viaje. Aquellos hombres pagaron una gran suma a un español, a un trilero de la muerte, a un negrero, que prometió llevarles a Canarias. Embarcados en la nave, el español, hábil en bailes de salón y ligeras traiciones, puso pie en tierra antes de zarpar; algunos, unos pocos, dudaron ante aquel movimiento bancario y se bajaron con el cerdo ibérico, enfilando los demás el océano. A los pocos días, el barquito se averió en pleno Atlántico, y el desconocido, avisado desde el mar y preocupado ante una posible denuncia, mandó a otro barco mayor en su ayuda. Habría que imaginar la cara de alivio de aquellos hombres, muchos sin saber nadar, cuando aquel otro barco les tendió un cable y los empezó a remolcar. Y es que ellos no podían saber que los remolcaban hacia la muerte, los barrían debajo de la alfombra, pistas molestas, negocio liquidado, dinero cobrado. El barco de la muerte los remolcó hacia el Océano abierto, dirección América, y dentro ya de las corrientes que empujaron a Colón al descubrimiento, alguien cogió un machete y cortó la cuerda.

 

Durante las semanas siguientes fueron muriendo uno a uno, de sed, quizás enloquecidos algunos por beber agua de mar. Fueron tirando los cadáveres al mar hasta que sólo quedaron once sin fuerzas para levantarse y momificándose por las brisas y el calor durante cuatro meses hasta alcanzar el nuevo continente.

 

Ahora me invento otra palabra, o mejor dicho, un significado para una palabra ya existente: creación. Creación; dícese del territorio donde se desarrollan y se crean los hombres y mujeres. Abajo las naciones y muriones, vivan las creaciones, viva la creación española, lugar geográfico que permite el desarrollo de la especie humana.

 

Conviene recordar que la nación más poderosa de la tierra, Estados Unidos, no es tal, sino una creación. En sus orígenes fue el refugio de todos los desheredados del globo, de los perdedores, de los proscritos por la ley y mal vistos ante su Graciosa Majestad. A pesar de todas sus tropelías anteriores, el hecho de haber dado una oportunidad a todo el mundo sin preguntar por el origen ha permitido a Estados Unidos ser el principal fermento y abono de los mejores hombres. La casi totalidad de las mejores universidades son Norteamericanas, las mejores mentes huyen a EEUU donde se las escucha: no se puede negar lo evidente, lo cortés no quita lo valiente. En gran parte del alma americana pesa más el sueño americano, la oportunidad, el recuerdo de la gesta de los perdedores que se llevaron a la mejor chica, que un sentimiento nacional propiamente. Los americanos son creacionistas, en los dos sentidos de la palabra, no nacionalistas. Su obsesión es la superación del fracaso, la conversión del perdedor en triunfador, casi toda su filmografía está atravesada por esta idea. Peores condiciones iniciales, mejor resultado final. Superación. Eso es lo bueno de América.

 

Los 53 no pudieron llegar a Canarias y llegaron tarde a América, ya que la idea original de América no existe ahora. Se quedaron en el limbo, entre la vida y la muerte, un poco como todos nosotros traumatizados por la idea de nación. El mundo necesita de creaciones, la vieja Europa debería de crearse de nuevo, resurgir como el ave fénix despojándose de las cenizas de las antiguas naciones. Ellos quieren venir y nosotros necesitamos que vengan. Mayores cupos de trabajadores africanos para una Europa que languidece supondrían mayores envíos de dinero para los países subsaharianos que se mueren. Si no, en poco tiempo sólo se verán momias paseando por las calles de Europa.


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