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Cansado ya del protagonismo de la tregua
permanente de ETA me dispongo a recordar otra tregua más importante, más
general, más histórica y más antigua: la nuestra, la de los ciudadanos. Esta
tregua, cuyos orígenes de remontan casi al nacimiento de los sistemas
democráticos, ha pasado a enquistarse y a degenerar en un tumor maligno, porque
si bien la democracia es el mejor de los sistemas posibles de gobierno lo que
tenemos en la actualidad no merece ser llamado democracia.
No es democracia votar cada cuatro años por un
partido político que puede o no cumplir su programa o por lo menos se trata de
una democracia muy limitada. Viendo la sucesión de corrupciones políticas y los
abusos de poder – Marbella lleva treinta años siendo un nido de ladrones – es
normal el hartazgo de la población con respecto a todo lo político.
Conviene recordar algo fundamental con relación a
los políticos: a pesar de lo que puede parecer a veces, son humanos, y cuando
digo esto es para recordar que en el lote del político está todo lo bueno y todo
lo malo de cada uno de nosotros, por lo que aunque muchas veces repudiemos
algunas de sus actuaciones, vanidades, corruptelas, internamente las podemos
comprender porque somos básicamente de la misma pasta. Quizás nunca se pueda
erradicar la corrupción, el tráfico de influencias, la cadena de favores.
Personalmente creo que no, que no se puede, y es que el tráfico de influencia en
la política es nuestro amiguismo callejero. Quizás no haya que intentar eliminar
la corrupción en la esfera de lo político, sino bajar la corrupción al nivel de
la ciudadanía, convirtiéndola en el simple trato de favor a los amigos, en una
característica de la amistad. Y es que cuando a las cosas se les cambian sus
proporciones pueden pasar de malo a bueno o viceversa. Quizás habría que poner
fin a la democracia representativa y pasar a la democracia participativa,
literalmente bajar el parlamento al nivel de los ciudadanos, un parlamento
distribuido, un organismo vivo de cuarenta millones de células vivas,
responsables de sus decisiones, no niños malcriados y protestones, sino dueños
de su destino.
Aunque el actual proceso de revisión autonómico es
una pantomima destinada sólo a abastecer a los políticos nacionalistas o
regionalistas, pienso que es un paso necesario, pero es que el actual proceso es
sólo una segunda descentralización del Estado, a la que debe seguir una tercera
– mayor poder para los Ayuntamientos – y finalmente una cuarta, la más
importante, la definitiva – más poder para los ciudadanos, el final de trayecto
para la democracia -. La revolución tecnológica lo permite y sin duda llegará el
día en que esto sea una realidad, un diputado en cada uno de nosotros – al igual
que votamos por quién se va de una casa de lunáticos televisivos, podremos votar
por nuestro propio destino -. Pasemos de la adolescencia democrática a la edad
adulta, pasemos de votar cada cuatro años a querer votar cada día: en realidad
ya lo hacemos parcialmente cuando compramos una cosa u otra pero ni quisiera
usamos ese poder.
Quizás sea el fin de los partidos tradicionales basados en la
democracia representativa. El PSOE fue fundado en Madrid hace más de un siglo
por un puñado de tipógrafos y periodistas lo que nos debería hacer reflexionar
sobre la relación entre los medios de comunicación dominantes y las formas de
gobierno. Desde entonces hasta ahora los medios de comunicación han sido
unidireccionales (periódicos, televisión, radio), pero ahora tenemos Internet.
El partido del futuro debería ser fundado por informáticos y en el Congreso de
los Diputados debería haber solamente servidores de Internet que certifiquen
nuestra mayoría de edad. Acabemos con la tregua de los cuatro años y con tantos
problemas artificiales provocados tan sólo por la humanidad de los políticos,
cosa que no les podemos echar en cara.
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