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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

La hoguera de las vanidades

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Alguien dijo una vez qué pena de los jóvenes que no han conocido una guerra. Aunque la primera me sorprendí, pronto comprendí el motivo de esa singular afirmación; una guerra es el camino más terrible, aunque no el más rápido y desde luego el más deseable para conocer los bajos fondos de la vida, para fundir la fina pintura civilizada que nos hace sonreír y ser educados porque pensamos que es mejor así.

 

Pero es de recibo reconocer que por este mundo educado y eunuco se mueven camaleones que se despintan y se vuelven a pintar – todos en realidad – principalmente para adaptarse a una realidad económica, para vendernos un frigorífico o directamente para degollarnos.

 

La función de todo sistema educativo debería ser la fundición controlada de todas las estructuras que nos rodean, las desmitificación de toda forma oficial, de todo buñuelo gubernamental, de toda palabra sobre mármol, para después volver a armar ante los ojos brillantes de los estudiantes esas mismas estructuras pero ahora ya preñadas de su sustancia, de su ironía y de su sonrisa. Qué bueno sería que los profesores bromearan sobre las bragas de la reina. Pero la mayoría de los educadores no lo hacen, cuando consiguen su puesto se integran en el mármol, y salvo algunos benditos locos excéntricos atrincherados en institutos y universidades, ninguno de ellos invita al baile de la destrucción-construcción educadora.

 

Siempre que llegan las Fallas sufro erecciones espontáneas. Lo que me la pone dura debe ser la combinación de ver arder al gobierno de turno y la visión recatada de la fallera mayor. Y es que las Fallas de Valencia, como la Noche de San Juan, deberían incluirse entre las religiones del futuro, entre las psicoterapias subvencionadas por el Ministerio de Sanidad. Darse cuenta de la muerte y del dolor, de la importancia del tiempo, de la inevitable destrucción, todo esto está en la quema de imágenes. Así debería ser el verdadero arte, arte efímero, como los mandalas tibetanos – hechos con arena de colores - que después del largo y laborioso trabajo simplemente se destruyen recordándonos nuestra propia eventualidad, apremiándonos a aprovechar el momento, a desplazar el valor de los precios a otras cosas, a fijar nosotros el valor en función de un tiempo que se escapa.

 

No hace falta vivir una guerra para acceder a la lucidez de la impermanencia de las cosas y de la mascarada de todo concepto estático que nos arrastra hacia la tumba de forma anticipada. A los pequeños cabroncetes preadolescentes habría que pasearlos semanalmente por los cementerios y anualmente por las fallas. Y al resto, si esto fuera posible, diariamente. Pero mientras tanto reiámonos como benditos de las bragas de la reina ardiendo en la hoguera de las vanidades.


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