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Alguien dijo una vez qué pena de los jóvenes que
no han conocido una guerra. Aunque la primera me sorprendí, pronto comprendí el
motivo de esa singular afirmación; una guerra es el camino más terrible, aunque
no el más rápido y desde luego el más deseable para conocer los bajos fondos de
la vida, para fundir la fina pintura civilizada que nos hace sonreír y ser
educados porque pensamos que es mejor así.
Pero es de recibo reconocer que por este mundo
educado y eunuco se mueven camaleones que se despintan y se vuelven a pintar –
todos en realidad – principalmente para adaptarse a una realidad económica, para
vendernos un frigorífico o directamente para degollarnos.
La función de todo sistema educativo debería ser
la fundición controlada de todas las estructuras que nos rodean, las
desmitificación de toda forma oficial, de todo buñuelo gubernamental, de toda
palabra sobre mármol, para después volver a armar ante los ojos brillantes de
los estudiantes esas mismas estructuras pero ahora ya preñadas de su sustancia,
de su ironía y de su sonrisa. Qué bueno sería que los profesores bromearan sobre
las bragas de la reina. Pero la mayoría de los educadores no lo hacen, cuando
consiguen su puesto se integran en el mármol, y salvo algunos benditos locos
excéntricos atrincherados en institutos y universidades, ninguno de ellos invita
al baile de la destrucción-construcción educadora.
Siempre que llegan las Fallas sufro erecciones
espontáneas. Lo que me la pone dura debe ser la combinación de ver arder al
gobierno de turno y la visión recatada de la fallera mayor. Y es que las Fallas
de Valencia, como la Noche de San Juan, deberían incluirse entre las religiones
del futuro, entre las psicoterapias subvencionadas por el Ministerio de Sanidad.
Darse cuenta de la muerte y del dolor, de la importancia del tiempo, de la
inevitable destrucción, todo esto está en la quema de imágenes. Así debería ser
el verdadero arte, arte efímero, como los mandalas tibetanos – hechos con arena
de colores - que después del largo y laborioso trabajo simplemente se destruyen
recordándonos nuestra propia eventualidad, apremiándonos a aprovechar el
momento, a desplazar el valor de los precios a otras cosas, a fijar nosotros el
valor en función de un tiempo que se escapa.
No hace falta vivir una guerra para acceder a la
lucidez de la impermanencia de las cosas y de la mascarada de todo concepto
estático que nos arrastra hacia la tumba de forma anticipada. A los pequeños
cabroncetes preadolescentes habría que pasearlos semanalmente por los
cementerios y anualmente por las fallas. Y al resto, si esto fuera posible,
diariamente. Pero mientras tanto reiámonos como benditos de las bragas de la
reina ardiendo en la hoguera de las vanidades.
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