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Hace poco se vieron en televisión las pavorosas
imágenes de una galaxia lejana: millones de estrellas chorreando luz en miles de
espirales y volutas, como la imagen fantasmal creada por el humo del tabaco en
una sala cerrada.
El ser humano se mueve en la incierta frontera
entre el desconocimiento del mundo externo y el de su propio interior; jadea
exabruptos que le hacen sufrir, dispara teorías que muchas veces le golpean en
la cara como si lanzara un boomerang, inventa estados y naciones que acaban
devorando a sus hijos enviados a guerras esquizofrénicas. Es como si dentro de
nosotros mismos lleváramos el caos y el desorden, como si no supiéramos manejar
algo.
Y ciertamente puede ser así: no sabemos manejar el
cerebro, o mejor dicho, no sabemos cómo funciona el cerebro. Como decía Ramón y
Cajal, mientras el cerebro sea un misterio, el Universo será un misterio; ese
Universo que es absolutamente humano ya que es el mundo que nosotros percibimos
y no es que percibe la mosca cojonera (moscardonum comun) o el abogado
asilvestrado (peperianum lex). Pero no sabemos muy bien como lo percibimos,
cuáles son los mecanismos que nos hacen ver la realidad como la vemos, cómo se
forman las entidades, cómo existe aún el Partido Popular en España después del
mercadeo de cadáveres del 11-M y del Yak-42; sólo es posible en un país de
descerebrados y cobardes como es España, un país que se rige, como el resto del
mundo, por las descargas nerviosas que vienen de la televisión. Como zombies
danzamos el estudiado baile de los publicistas –los que más saben del cerebro y
nuestras debilidades, junto con los neurólogos– que nos encamina con movimientos
poco naturales a la compra compulsiva y al pepero voto.
De vez en cuando en la historia se produce un
deslumbramiento y el mono bípedo que somos sufre una conmoción: aturdido, se
pregunta cosas. Eso ocurrió en el Renacimiento y en realidad en buena parte de
la Edad Media: el Dios de los cielos que lo aplastaba con su peso de plomo se
fue acercando más y más y se dijo aquello de que el hombre es la medida de todas
las cosas.
Después de siglos bañados en sangre, de estúpidas
guerras, de estúpidas banderas, de estúpida historia quizás haya que ponerse
serios y decir que el hombre son todas las cosas: dioses, naciones, historia. No
hay nada fuera del cerebro del hombre para el hombre. Somos seres fronterizos,
todo se forma entre la nuca y la frente; ¿y qué?. Somos nosotros. Es nuestro
mundo, nuestra nación es nuestro cerebro, nuestra historia nuestra evolución
neuronal y nuestros recuerdos.
Todo lo que ocurre fuera es un espejo de lo que ocurre dentro, de
lo que ocurre dentro de nuestras catedrales, nuestras mentes. Mucho se habla de
la revolución tecnológica, de la sociedad de la información o de la ingeniería
genética. Por encima de todo eso, se alzará la neurología, el camino hacia la
humanidad, hacia dentro de nuestro cerebro, hacia los confines del Universo.
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