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El primer nombre para referirse a España fue
Hispania y se lo dieron los fenicios antes que los romanos. Puede tener varios
significados y unos dicen que se refería a “la tierra del norte”, “la tierra de
los herreros” o “la tierra de los conejos”. Si alguna vez nos da por cambiar de
nombre podíamos volver a los orígenes y llamarlo País del Conejo; viva el conejo
español.
El español de a pie pasa la vida en un ecosistema
donde los aguiluchos de los medios de comunicación otean el horizonte buscando
un pueril escándalo para poder cobrar más por los anuncios, y donde el zorrito
político olisquea con avidez el aire buscando una posición ventajosa para él y
su camada – es la naturaleza de los zorritos y zorritas -, aunque esa posición
sea la de inventarse un país o defender las bondades del buñuelo de viento. Da
igual. Si te llamas Javier Arenas o Acebes puedes amasar el aire con el torno de
la COPE y sacar de la nada una lavadora, una conspiración, una autoría de un
atentado falsa, unas armas de destrucción masiva, hasta puedes intentar acelerar
el tiempo hasta las salvadoras elecciones confiando en la estupidez de la
chusma. Si hubiera decencia en este país el Partido Popular debería quedar
reducido a la irrelevancia política, a la arqueología panfletaria de las costras
de las viejas paredes.
El Partido Popular habla mucho de España y yo voy
a a hablar ahora de los conejos, de Hispania, aunque tampoco tenga la menor
importancia. El que está condicionado por el pasado se acaba convirtiendo en
estatua de sal, como se dice en ese libro de metáforas llamado Biblia y que
algunos se lo creen literalmente....Pero es bueno recordar algunas cosas. El
monje de San Millán de la Cogolla (La Rioja) que barruntó las primeras palabras
en castellano antiguo en uno de los laterales de su texto, estaba escribiendo
dicho texto en vascuence, esto es, en euskera.
No se sabe de dónde viene el euskera. Unos dicen
que del lejano oriente y otros dicen que del norte de África, que se parece a la
antigua lengua bereber. Qué horror, dirán algunos. Tranquilos cristianos viejos,
los bereberes estaban en el norte de África antes de la llegada de los árabes. Y
en medio de los bereberes y los bebedores de cuajada estaban los íberos cuya
lengua todavía no se ha descifrado.
Y en esto llegaron los romanos y acabaron por
separar una posible lengua común, una continuidad lingüística similar desde el
cantábrico hasta el Rif, donde habitan esos moros inverosímiles incluso de pelo
rubio y ojos azules.
En Euskadi no entraron los romanos, como en los
cómics gabachos de Asterix y Obelix y su lengua original se conservó casi
intacta. Pero si algo así ocurrió, posiblemente tuvo mucho que ver con la
enconada resistencia que ofreció la península en muchas zonas, como lo demuestra
la guerra de guerrillas del indomable Viriato y la defensa de Numancia. Los
romanos debieron pensar que Numancia era la puerta del infierno y que no merecía
seguir avanzando hacia el norte, limitándose a fundar varios asentamientos –
como Vitoria -alrededor de aquella región de endemoniados en la que seguramente
acabarían refugiándose no pocos íberos empujados por la guerra y la necesidad.
Quizás el milagro vasco se deba a un esfuerzo de equipo, y eso también conviene
recordarlo. Quizás entre las frases del euskera se encuentra la llave para
descifrar el antiguo íbero. Quizás en Euskadi se encuentre la llave de esta
complicada España. Quizás habría que decirles a los vascos, como a aquellos
soldados con ojos alucinados y con estómagos medio llenos con carne de rata –
los Últimos de Filipinas -: la guerra ha terminado. Viva el País de los Conejos.
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