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Ahora me gustaría decir unas palabras sobre la
música. Creo que la música es también alimento para el hombre, al igual que el
cochino jabalín o el espárrago triguero. De toda la vida ha habido alimentos
buenos y otros malos, alimentos ligeros, pesados que te llevan hacia la tumba,
bebidas contundentes, embriagadoras, disipadoras. Pero la música es quizás el
mejor alimento, y el amor el mejor ejercicio.
Desgranada en sus infinitas frecuencias, ataca la
música todo el cuerpo, barre toda la extensión como una descarga de lluvia,
llama a las puertas de los pulmones, de las oscuras vísceras, de los recónditos
intestinos, de la acuosa sangre, de todas las glándulas que segregan jugos
rítmicamente. En su recorrido hallará finalmente su lugar, aquella esquina
corporal que resuene a esa misma frecuencia, aquella célula que reconozca esa
vibración como su ley natural de comportarse, que escuche como suyo el idioma
rítmico peculiar como lo hace un flamenco al oir tocar palmas en la secuencia y
cadencia de la bulería. La música es el alimento al cuerpo que le hace saber que
está unido irremediablemente a todo el mundo exterior; nunca estará sólo.
Cuando se habla del alma en realidad se está
hablando de música, se habla de la sinfonía que producen los infinitos mundos
carnales de nuestro interior, las microcavernas donde resuena el plasma y el
aire, las pequeñas corrientes recorriendo nuestras neuronas. Todo ese dinamismo
ansía reconocimiento exterior, cada pequeña célula quiere ser reconocida en su
imprescindible labor vital, cada aureola pulmonar está pendiente, tímida, de ver
aparecer el ritmo adecuado, su ritmo, el ritmo que contribuye al sustento de la
sinfonía ambulante de la vida. El alma es la música del cuerpo.
Por eso hay músicas que abaten y otras que
regeneran, músicas que atentan contra el frágil equilibrio humano y otras que
agradecen y reconocen en las frecuencias adecuadas, en las palabras
reconocibles. Los grandes músicos lo son porque tocan para la parte común del
alma humana, porque entre otras cosas crearon su música con las vísceras o con
la inspiración, no divina, sino del bullir orquestal de sus neuronas. De ahí que
haya música visceral, música cerebral, música genital, música global.
Mozart, junto con Bach y Beethoven, pero sobre
todo los dos primeros, forman parte del Olimpo musical, del elenco de los
grandes médicos del sonido y de los grandes exploradores del alma. Quizás ellos
no eran conscientes del todo, pero cuando los grandes teatros de sus épocas se
llenaban de gentes de todas las clases, y tras la descarga de la música el
auditorio estallaba en algarabía y júbilo, era por haber ofrecido al inquilino
del cuerpo humano, las gracias y su alimento.
Usada bien, es música celestial o divina, es
decir, totalmente humana y en las proporciones adecuadas como las buenas dietas.
Usada mal, sólo sirve para crear disfunciones y enfermedades, para comprar
compulsivamente o para subir al cerebro en un estado catatónico adecuado al
engaño y la rapiña. Esto lo saben muy bien las grandes superficies comerciales,
que emplean una caterva de músicos del diablo para disfrazar de alegre valle
pastoril al mercadeo trilero y cínico. Después están esas músicas pesadas y de
mala digestión, pero que tienen la cualidad semidivina de haber encontrado la
melodía propia del bajo intestino o del buche, y se repiten en nuestro interior
como las comidas picantes. Los creadores de los éxitos del verano son en
realidad estudiosos de la frecuencia con que hacemos de vientre o eructamos para
introducir en sus baladas – o balidos – la nota musical correspondiente a estos
menesteres. ¡Heeeeee, Macarena, aahhhhh¡. Vaya por Dios, el señor Roca me
llama.
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