
Sólo antes del descubrimiento y aplicación de la
electricidad existía la Navidad.
Ahora sólo resiste en pequeños guetos de
agricultores y en todos los sin techos del mundo. Sólo ellos, especialmente
estos últimos, adoran el tiempo en el que el sol cede al fin en su huida de la
tierra, derrapa, se detiene inmóvil desde el 21 de Diciembre – el solsticio de
invierno – y regresa paternal sobre el 25 de Diciembre a alargar nuevamente
los días y a acortar las gélidas noches. Sólo los ateridos mendigos,
chorreando rocío en las mañanas adoran ya el sol porque muchos labriegos ya se
valen de los plásticos y de los sin papeles para ningunear al astro rey. A la
compañía del gas y de la luz – en algunos casos la misma en este país de
monopolios de pupitre y mamadas eclesiales – le trae sin cuidado lo que haga
el Sol, en realidad secretamente le animan y le arengan para que se pierda un
rato, mientras ellas juegan a opas y mamas del cambio climático, comprando
virtuales derechos de emisión de gases de efecto invernadero a países con
virtuales derechos y desarrollos industriales.
No creo que Jesús de Nazaret naciera el 25 de
Diciembre, sino que simplemente se hizo coincidir el supuesto nacimiento de
Jesús con el solsticio de invierno, y digo supuesto porque ya me dirán como
puede tener credibilidad alguna la vida de carne y hueso de un ser humano que
nace de una virgen y que resucita después de morir, para mas inri al tercer
día. Si un supuesto apóstol como Tomás tuvo que meter los dedos en las llagas,
yo también quiero y lo necesito para creer. No, no tengo fe alguna, de hecho
no sé qué es eso de la fe. Es más, amparándome en la cacareada Constitución
animo a darse de baja en la Iglesia Católica Apostólica y Romana, a pedir la
apostasía. Sólo hay que ir al obispado y argumentar que otra compañía ofrece
mejores precios y tarifas, que tiene mejor conexión con Dios, que no inventa
infiernos y purgatorios, que no ayuda a escapar a asesinos nazis hacia
Sudamérica, que no se arrima siempre al fuego que más calienta como la gran
ramera que es. La palabra ramera no debería ofender al clero, habida cuenta
del nutrido cortejo sifilíco entre sus papas.
Gracias a Dios, también llamado Ra o Mitra (el
sombrero de chef de los obispos se llama curiosamente mitra, un reducto más de
su adaptación a los tiempos), el Sol, el único Dios permanece impasible en su
sagrado recorrido saliendo por Oriente por las mañanas y poniéndose por el
Occidente al atardecer, permitiendo la vida sobre este planeta.
Antes se creía que la Tierra era el centro del
Universo ya que en ella habitaba el ser humano, la máxima creación de Dios,
girando todos los planetas y astros del cielo alrededor. A Galileo casi lo
queman por llevar la contraria y decir que es el Sol – en realidad el único
Dios, el origen de toda la vida – era el centro del Universo. Pero la realidad
y la verdad es terca, y aunque en aquel momento de dorados paños los orondos
inquisidores impusieran su esquizofrenia sobre toda Europa, la verdad acabó
prevaleciendo y se le dió permiso al planeta para circunvalar al Sol
anualmente y a sí mismo todos los días, con lo que resulta que al final es la
propia Tierra la que hace aparecer por oriente al sol y ponerse por occidente,
es la propia Tierra la que anualmente se aleja y se acerca a Dios.
Padre nuestro que estás en los cielos. Amén,
quiero decir Amón, dios solar egipcio.
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