
En realidad para tener un buen sistema educativo
tendría que tener prestigio el aprender, el enseñar y finalmente el
investigar, desarrollar y crear. Solamente en parcelas y sesgos reducidos de
la sociedad tienen reconocimiento el crear y el desarrollar tanto en su
vertiente económica, artística y menos en la científica, y sin embargo para
llegar a estos estadios finales que deberían ser la meta a alcanzar por todo
sistema educativo, la creación de algo propio, hay que pasar por una etapa de
investigación que si ha sido abalada por un buen sistema educativo, por una
buena educación, se convertirá en un hábito cotidiano de conducta y de moral.
En realidad una buena educación debería consistir en satisfacer la curiosidad
infinita del niño o la niña e irla transformando lenta y cautelosamente,
usando la piedra filosofal de la educación y la conciencia, en una actitud
abierta y alerta al mundo y sus circunstancias y en una visión investigadora
constante que le preservará de manera mucho más eficaz de una sociedad en
muchos casos hostil.
Esta hostilidad de la sociedad no es una
violencia explícita sino una violencia de sistema o estructura, y es que toda
una estructura se le echará pronto encima del niño presentándole los planes
que tiene para él o ella en el futuro. En un mundo donde el conocimiento está
tan parcelado y el trabajo tan especializado es muy fácil dejar rodar al niño
por la pendiente del prejuicio y las vías muertas, del pequeño territorio o
terruño, de la exquisita y divina cátedra, prometiéndole un sitio o un lugar
en la sociedad, meter la cabeza en algún paraíso o empresa donde posiblemente
lo primero que harán será cortársela y conectar el cuerpo restante a la bien
engrasada maquinaria dirigida por algún bien educado con atisbos de algunas
relaciones complejas. Y es que como bien dice José Antonio Marina, hay
organizaciones o empresas inteligentes o otras que no lo son, que subyugan a
sus individuos a ceñirse al pozo sin fondo de unas tareas específicas y que
impiden y anulan la posible creatividad de sus empleados, lo que podría
traducirse en una emergencia general y global de la empresa basada en la
resonancia mutua, en el apoyo mutuo y confianza en las ideas del otro, en la
suma de las diferentes ondas personales que realizada convenientemente puede
producir interferencias constructivas, elevando la creatividad y eficiencia
general, o interferencias destructivas, anulando a sus individuos, por celos
profesiones, mobbing, falta de confianza, atrincheramiento en puras tareas
mecánicas.
La escuela debería fomentar esta apertura de los
individuos, la transmutación del corpúsculo en onda, buscando siempre la suma
constructiva, envolvente y aprensiva con los demás y el entorno, una
personalidad como una manta, extendida y expansiva, que detectara las zonas,
personas, lugares, empleos que fomentan su creatividad, su bienestar y su
libertad y evitara aquellas otras que lo intentan absorber en un lugar, sitio,
puesto, pareja que anulan al individuo y que parecen actuar como creadores de
raseros: si hemos atrapado a este individuo somos mejores o al menos iguales a
él, según sus lógicas competitivas basadas en una comparación que sólo tiene
sentido si al individuo se le cuantifica de alguna manera, se le encuadra en
una clasificación bien definida.
De las cinco tareas inicialmente enunciadas:
aprender, enseñar, investigar, desarrollar y crear, la clave se halla en el
investigar, y para eso hay que saber aprender y saber enseñar, tarea esta
última sumamente difícil y que debería tener un prestigio enorme que no tiene.
Y quizás el profesor debería desenrollarse como una manta, como esa onda que
disolviera cualquier rastro de prejuicio o cierre mental de sus alumnos. Son
más importantes las preguntas que puedes hacer que las respuestas que puedes
memorizar.
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