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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

La buena educación

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

En realidad para tener un buen sistema educativo tendría que tener prestigio el aprender, el enseñar y finalmente el investigar, desarrollar y crear. Solamente en parcelas y sesgos reducidos de la sociedad tienen reconocimiento el crear y el desarrollar tanto en su vertiente económica, artística y menos en la científica, y sin embargo para llegar a estos estadios finales que deberían ser la meta a alcanzar por todo sistema educativo, la creación de algo propio, hay que pasar por una etapa de investigación que si ha sido abalada por un buen sistema educativo, por una buena educación, se convertirá en un hábito cotidiano de conducta y de moral. En realidad una buena educación debería consistir en satisfacer la curiosidad infinita del niño o la niña e irla transformando lenta y cautelosamente, usando la piedra filosofal de la educación y la conciencia, en una actitud abierta y alerta al mundo y sus circunstancias y en una visión investigadora constante que le preservará de manera mucho más eficaz de una sociedad en muchos casos hostil.

 

Esta hostilidad de la sociedad no es una violencia explícita sino una violencia de sistema o estructura, y es que toda una estructura se le echará pronto encima del niño presentándole los planes que tiene para él o ella en el futuro. En un mundo donde el conocimiento está tan parcelado y el trabajo tan especializado es muy fácil dejar rodar al niño por la pendiente del prejuicio y las vías muertas, del pequeño territorio o terruño, de la exquisita y divina cátedra, prometiéndole un sitio o un lugar en la sociedad, meter la cabeza en algún paraíso o empresa donde posiblemente lo primero que harán será cortársela y conectar el cuerpo restante a la bien engrasada maquinaria dirigida por algún bien educado con atisbos de algunas relaciones complejas. Y es que como bien dice José Antonio Marina, hay organizaciones o empresas inteligentes o otras que no lo son, que subyugan a sus individuos a ceñirse al pozo sin fondo de unas tareas específicas y que impiden y anulan la posible creatividad de sus empleados, lo que podría traducirse en una emergencia general y global de la empresa basada en la resonancia mutua, en el apoyo mutuo y confianza en las ideas del otro, en la suma de las diferentes ondas personales que realizada convenientemente puede producir interferencias constructivas, elevando la creatividad y eficiencia general, o interferencias destructivas, anulando a sus individuos, por celos profesiones, mobbing, falta de confianza, atrincheramiento en puras tareas mecánicas.

 

La escuela debería fomentar esta apertura de los individuos, la transmutación del corpúsculo en onda, buscando siempre la suma constructiva, envolvente y aprensiva con los demás y el entorno, una personalidad como una manta, extendida y expansiva, que detectara las zonas, personas, lugares, empleos que fomentan su creatividad, su bienestar y su libertad y evitara aquellas otras que lo intentan absorber en un lugar, sitio, puesto, pareja que anulan al individuo y que parecen actuar como creadores de raseros: si hemos atrapado a este individuo somos mejores o al menos iguales a él, según sus lógicas competitivas basadas en una comparación que sólo tiene sentido si al individuo se le cuantifica de alguna manera, se le encuadra en una clasificación bien definida.

 

De las cinco tareas inicialmente enunciadas: aprender, enseñar, investigar, desarrollar y crear, la clave se halla en el investigar, y para eso hay que saber aprender y saber enseñar, tarea esta última sumamente difícil y que debería tener un prestigio enorme que no tiene. Y quizás el profesor debería desenrollarse como una manta, como esa onda que disolviera cualquier rastro de prejuicio o cierre mental de sus alumnos. Son más importantes las preguntas que puedes hacer que las respuestas que puedes memorizar.


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