
De Santa Catalina de Alejandría se sabe que fue
una mártir cristiana que murió a finales del siglo IV. Se sabe también que
desde muy pequeña mostró una sabiduría fuera de lo normal y que era muy
elocuente. Las biografías autorizadas por Roma reconocen que son pocos los
datos que se saben de ella: eso sí, recriminó al emperador romano de turno por
la persecución a los cristianos y batió a todo filósofo pagano que se la
pusiera por delante. Finalmente y para mayor gloria de los cielos, murió en
martirio en la rueda, que milagrosamente se atascó – y por eso es santo –
aunque el atasco no pudo impedir que muriera...
Sin embargo existen serias sospechas de la
existencia real de Catalina. Es más, existen serias sospechas que toda ella es
una invención cristiana para suplantar a otra mártir que provocó hondas
repercusiones en su momento: Hypatia de Alejandría, que vivió en las mismas
fechas y a la que muchas consideran como la primera mujer científica, de una
envergadura comparable a cualquiera de los grandes clásicos como Tolomeo.
Pronto se destacó por su sabiduría y elocuencia..., pero tenía unas fuertes
convicciones paganas o científicas, una verdadera bruja para Roma que atisbó
el sistema solar heliocéntrico y con órbitas elípticas, que avanzó mucho en
geometría y en aritmética y que defendió las raíces egipcias de su ciudad,
Alejandría, de los fundamentalistas cristianos, cuando para mayor aberración
el cristianismo actual es una aberración de las antiguas creencias egipcias.
Finalmente Hypatia murió como una mártir, pero
no en una rueda, sino a manos de una horda de monjes cristianos que la
violaron y le arrancaron la carne de los huesos con piedras afiladas... Así
pues, el catolicismo canonizó a un fantasma, Santa Catalina de Alejandría para
tapar el recuerdo que durante siglos emanaba de una mártir en Egipto,
robándola toda la identidad y dándole completamente la vuelta, en una
estrategia similar a cuando se conquistaba una ciudad y se construía un templo
de una creencia encima de otro de creencia distinta. Lo mismo se ha hecho a lo
largo de la historia con personas.
Del apóstol Santiago y de su presencia en España
habría que decir otro tanto, ya que el que posiblemente esté enterrado en
Santiago de Compostela no sea él, sino Prisciliano, el bendito hereje que
pululó por el norte de España en el siglo IV también y que fue decapitado por
las hordas papales. Llegó a ser nombrado obispo de Ávila, pero pronto fue
desterrado de la Península cuando empezó a proclamar su doctrina de carácter
gnóstico. Sin embargo como sus creencias causaron gran arraigo en la chusma,
en la gleba, en el pueblo, la élite vaticana mandole cortar el gaznate y que
fuera enterrado en un sitio sin determinar del noroeste español, en la región
de Galicia.
Otra vez para tapar el recuerdo del
priscilianismo, que siguió coleando en Galicia dos siglos después refugiándose
bajo las faldas de las meigas y en el reducto de los silencios, mandaron al
fantasma de Santiago a que recorriera un camino y que muriera por allí.
Incluso la romería de la Virgen del Rocío parece
ser que es una fiesta superpuesta a otra pagana que existía desde tiempos
remotos y que tendría mas que ver con la bienvenida a la primavera y de
exaltación de la fertilidad. Jesús Maeso en su novela Tartessos pinta la
romería como una bacanal en donde los jóvenes y las vestales buscan el refugio
de los matorrales y se saca a procesionar a un gran falo. Quitando este último
detalle, tampoco hay tanta diferencia con la actual fiesta, por lo que a pesar
de las imposiciones católicas, la esencia se habría colado por los bordes,
escondiéndose detrás de las botellas de vino y debajo de los trajes de gitana.
Personalmente la única virgen del Rocío que he conocido últimamente es Carmen
Ordóñez, coño de almíbar, que disolvía los falsos matrimonios de conveniencia
–social, monetaria, pamplineros...- no santificados con la santa jodienda y
que se atrevían a pisar los sagrados caminos que llevan al Rocío.
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