
Nuestra generación, quizás la más preparada y la
más engañada se enfrenta a una cruda realidad sitiada por los precios de las
viviendas y el trabajo precario. Bajo el chantaje de los abismos se nos
muestran sonrisas, buenos resultados macroeconómicos que han cerrado parte de
nuestro futuro y de nuestras casas, habitadas por el tufo del especulador, el
salero del inversor – curiosa palabra esa de invertir -, el fantasma del
obrero muerto. Pisos vacíos en ciudades cada vez más llenas, en donde las
masas sacrificarán su vida para poder acceder, respirar el sagrado aire
pútrido de lo dejado para mañana esperando que valga más que hoy, mañana y no
hoy. El aire que contiene la vida no vivida en esos pisos no vividos, como esa
mercancía rancia retenida y suspendida en el tiempo para aprovechar el momento
indicado, flatulencia de especulador, eructo de cura pedófilo que alguna beata
urbana llamará palabra de Dios. Si existe Dios no está en las ciudades.
Esta generación, emergida de un mundo
publicitario y de un optimismo virtual, se enfrenta con grandes
contradicciones al ver el alto precio de no haber gritado antes, de no haber
protestado, de haber sido una generación cómoda y sacrificada por un sistema
que ha pretendido convertirla en un colchón contra los horrores del pasado, lo
que en parte es natural. Pero para nosotros no existe todavía mucho pasado,
sólo presente y futuro, y no deberíamos dejarnos sacrificar como becerros en
el matadero en aras de un pasado que no es nuestro. Ahora, los jóvenes
diplomados con trabajo precario y con pesadillas hipotecarias deberíamos, a
pesar de la inercia mercantil, dejar que la sangre fluya como es natural, y
como nos han colgado boca abajo en una gran opereta-mascarada macroeconómica
es lógico barruntar traiciones a lo establecido, y cuando más descabellada sea
la conspiración – incluso de un calibre, que digo yo, hipotecario – mejor.
Recordando los orígenes del capitalismo en las
emergentes ciudades medievales, los burgos, que daría paso a la burguesía y
que menospreciaría a todo aquello que quedase fuera de las fronteras de las
ciudades, allá en las villas, aquellos los malos, los salvajes, los villanos,
hoy deseo ser un villano, abandonar la ciudad e ir a vivir a un pueblo, pagar
un precio justo por una casa, pagar directamente al agricultor por las
verduras o cultivarlas directamente yo. En realidad la ocasión, camaradas, la
pintan calva. Las palabras rimbombantes de sociedad de la información o del
conocimiento o la sociedad en red en realidad esconden el pequeño núcleo
legítimo de nuestra emancipación como sociedad de la locura ciudadana y de las
pajas mentales. No hay mejor empleo para las nuevas tecnologías que aquella
que nos sirva para el regreso a la tierra, para nuestra emboscadura al final
de un camino – bien asfaltado – por el que vayan viniendo los agentes
inmobiliarios y los asustaviejas de uno en uno y no como animales burgueses y
gremiales. Autogestión, obtención directa de la energía, compra y venta sin
intermediarios, expandamos el potencial que cada uno tiene y que está
atrofiado por la acumulación en los manicomios urbanos, mercado donde hacen su
agosto los vendedores de antidepresivos, de humo y de aire embotellado en
nichos de ladrillo. Los enterradores en vida van por ahí con un corbata verde,
un traje y una cartera de Unicasa.
Se habla de centralismo y periferia y en
realidad es ésta la autentica descentralización pendiente, éste es uno de los
grandes problemas de España. Enormes ciudades y campos abandonados, extensos
desiertos interiores. Da vértigo ver de noche el gran monstruo madrileño que
como un cáncer amenaza con ahogar España cada vez que hay un puente o una
alegre romería, y da sana envidia ver como los países más avanzados del mundo
en muchas materias, los nórdicos, distribuyen su población de una manera
bastante uniforme y no solamente alrededor de los manicomios.
Conspiración rural generalizada, vertebración
del territorio, conquista del oeste otra vez, la posibilidad de reinventar el
capitalismo – o el villanismo -, Estatut rural, los héroes son los modernos
villanos. Viva Sancho Panza y viva Pancho Villa.
ARTÍCULOS ANTERIORES