
A la salud de esta sociedad hipócrita me trago
un trozo de mescalina para ver el líquido que todo lo envuelve y donde el agua
se vuelve pantanosa y putrefacta. Veo a los ejecutivos vestidos de uniforme
laboral y con el símbolo de la esclavitud, la corbata, rodeándoles el cuello.
Veo como estos bueyes y sus yugos de seda abreban en las numerosas cafeterías
y máquinas expendedoras de la droga líquida legalizada y vasodilatadora.
Después de ingerir la cantidad recomendada y con las órbitas de los ojos
brillándoles febrilmente como la vaca que mira a la muerte cercana en el
matadero, se está listo para trabajar en un trabajo mecánico y repetitivo,
vigoroso, activo. Pero no es el café la droga de los cambios sociales, y aquí
empleo droga en su sentido más amplio, desde el ácido lisérgico hasta esnifar
pilón de hija de embajador sueco. Hay escritores, pintores, científicos (los
buenos científicos tienen mucho de artistas) que beben cantidades ingentes de
café para trabajar y para crear, para navegar en la búsqueda de algo nuevo.
Pero en realidad la creatividad, para mí, no es innovar porque en realidad no
se puede inventar nada como tampoco se puede descubrir América porque ya
estaba bien habitada. Otra vez la vanidad y el orgullo occidental. Resulta que
los monjes budistas llegaron a los mismos resultados que ahora está llegando
la ciencia más avanzada, y lo hicieron sólo con la mente y sin ningún aparato
“científico” como en realidad han hecho los científicos realmente grandes que
hemos tenido en Occidente. Einstein vislumbró la relatividad con un
experimento mental y así muchos otros.
Creo que la creatividad tiene más que ver con
conectar con algo que siempre ha estado ahí con nosotros desde el principio de
los tiempos, con una buena relación con todo lo que nos rodea. Por eso creo
que el arte fue antes que la religión; las religiones las crearon los críticos
de arte, los críticos de las pinturas rupestres que no sabían pintar tan bien.
Las religiones son arte degenerado, producto de la envidia de los malos
artistas y el arte es el aire que respiramos, la comida, la jodienda, la
conciencia tranquila, vivir bien. Por eso los artistas no están demasiado bien
visto por las religiones; en algunas si siquiera se permite representación
alguna de la divinidad, cuando la divinidad es el momento de pintar esa obra
por el artista, el momento presente en el que artista se encuentra bien.
Hablar de arte religioso es una falacia: lo que
existen son religiones más o menos artísticas. Pasear las tallas de madera por
las calles en Semana Santa puede inducir a la esquizofrenia casi tanto como la
televisión o la presente, a una dicotomía entre tu presente y una realidad que
también existe pero que es de segundo o tercer orden. Cuando veas un paso en
Semana Santa canta una saeta al menos o huye despavorido a hacer tú mismo una
talla, de un boniato o de un hombre clavado en una cruz, lo mismo da.
Hasta el significado originario de la palabra
religión se refiere a eso: religare, volver a ligar, volver a juntar,
constantemente y a cada instante, a nosotros con el puro presente y el mundo.
Y eso no es nada fácil y menos aún en los tiempos que corren. Pero también
ocurre, y cuando ocurre no es de extrañar que se salga espantado del trabajo,
o de una carrera banal y hueca, de tu actual pareja y de la hipoteca del
piso.
Así pues, las actuales religiones nacieron de
uno de los “pecados capitales”, la envidia, y cumplen con esa máxima budista
que dice: “todo lo que estés hablando de Dios es mentira”. No es de, es como.
Hablan de drogas ilegales y no nombran al café,
tan unido a la productividad occidental, ni a las religiones de los críticos
de arte.
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