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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

El becerro de oro

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

El becerro de oro ha subido al monte Olimpo, y detrás de él, parapetados como si fuera un tanque en la invasión, los que le rinden homenaje, y le dan el sustento, sus vidas, a cambio de poder lamerlo y adorarlo. Una vez que han conseguido ser nuevos o viejos ricos, aspiran a ser nuevos o viejos dioses, eso no es nuevo. No sería la primera vez que un emperador se proclama a si mismo como dios. En realidad suben al Olimpo esperando encontrar algo, al viejo ermitaño de la montaña, a San Pedro bendito, y van con sus miedos untados y atemperados por sus fortunas y abolengos. Esperan comprar su sitio en el sagrado monte de la misma forma que antaño se compraban los títulos de obispos o se reducía el teórico tiempo de estancia en el purgatorio. Y es que la Iglesia tiene o tuvo una marcada tendencia a abrir las puertas hacia su seno y más arriba, a todo aquel que pudiera pagar el peaje y el precio de la traducción de las palabras de Dios.

 

Sin embargo cuando suben no encuentran nada – me lo contó uno de ellos un día de borrachera -, no hay dios alguno, no hay viejo ermitaño de la montaña, no están allí las puertas del Cielo ni San Pedro que lo fundó. Sólo el condenado Olimpo, un monte con cuatro cabras, todo muy respetable por cierto.  De estos acontecimientos, del primer ser humano que encumbró el Olimpo a lomos del becerrito feliz ha llovido mucho. En realidad lleva siglos siendo una romería que se despeja más o menos de gente dependiendo del ciclo económico, pero que en todo este tiempo, nadie, ni enervado con todo tipo de sustancias ni habiendo comprado una carreta de indulgencias ha visto nunca a Dios alguno por esos lares. De los personajes que contribuyeron a esta vía hacia Dios a través del dinero habría que recordar a Lutero, que postulaba que según cómo nos fuera en la vida, con un marcado matiz económico, esto sería un signo revelador de nuestra predestinación a salvarnos, por lo que los que cada año suben al monte en romería llevan orgullosos su cuenta corriente en lo alto de los pendones.

 

Por supuesto en este ascenso hay atropellos, puñaladas, traiciones, falsos amigos con gomina y de eunucos saluditos, botines de lazo estilo Marichalar, trampas, falsos profetas del falso Dios-becerro - ¿en realidad buena gente? – , asustaviejas y testaferros, Banco Vaticano e industrias del látex, matrimonios unidos por el Dios – ahogados en el masoquismo - que no separará el hombre.

 

Los que sobreviven, una vez allí y ya que no hay nadie, que carajo, se sienten ya dioses y empiecen a crear y remodelar el mundo. Crean unas nuevas leyes físicas en donde la energía es el capital, no va a ser el conocimiento o los tapones de los ríos, el capital, el capital, que para eso ellos tienen mucho. Inscriben en grandes losetas de piedra los nuevos mandamientos y definen las relaciones entre esta forma de energía y la masa, simple acumulación de dinero, entre entre la fuerza y la aceleración, entre energía y tiempo, entre velocidad y tocino. Crean templos mundiales dedicados al estudio de este dios, como el FMI o el Banco Mundial, que también se encargan de ofrecerle periódicamente ciertos países en sacrificio, para que el dios común fluya con libertad y sea, como dicen las antiguas escrituras, omnipresente y todopoderoso.

 

No creo en ese dios ni en ningún otro. El dinero es necesario a ciertas escalas pero debería quedarse para los juegos silvestres en los valles, para pagar las casas – que últimamente también aspirar a la divinidad – y la comida, para pagar al cantante o los gorgoritos tiroleses del abogado. Sin embargo no debería servir como combustible para ascender a la montaña, es más, a la montaña no debería ascender nadie, debería ser patromonio de la humanidad, incluso condición indispensable para su subsistencia y buen estado mental. La montaña, o la espesa selva, el fondo del volcán o algunos templos – incluso cristianos - son representaciones de nuestro lugar en el mundo, otra vez la relación entre las cosas es fundamental, los tamaños relativos, las distancias separadoras. Todo ese espacio debería quedar libre – metafóricamente - para que habiten el recuerdo a nuestros antepasados, a nuestras costumbres básicas, a las formas de convivencia de las que emergieron – en tiempos lejanos -  dioses buenos y justos que todavía esperamos que regresen. Las divinidades son las formas adecuadas de relación del hombre con los otros, con la Naturaleza y con ellos mismos, por eso los verdaderos dioses nacen de la mente de cada uno, apoyada en costumbres sociales adecuadas y en el recuerdo a los antepasados que al final de sus dias y en muchos casos, ya como cantos rodados – más sabe el diablo por viejo que por diablo – ven estas simples verdades y a estos simples dioses.   

 

Para evitar que los nuevos ricos y sus camellos pongan perdido el Olimpo todos los domingos y lo que es mucho peor, lancen truenos y centellas desde sus púlpitos, televisores, Bolsas, consejos de administración, debería existir un nuevo tipo de interés para el capital, no como el de ahora, adecuado para los juegos pastoriles, sino un índice del valor del dinero que hiciera hacerle perder su valor conforme se asciende hacia las zonas altas, generales y globales de la realidad, conforme se pretende influir con él en otros valles y en amplios territorios, como en la ecología mundial. El dinero debería tener un índice de validez local e incluso temporal, un mecanismo de autodestrucción en el espacio y en el tiempo, como nosotros mismos lo tenemos y no dejar que  un instrumento acabe esclavizando a su creador prolongándose de generación en generación como una criatura fantasmal que mueve nuestros hilos y nos hace autoinmolarnos; deberíamos hacerle perder fuelle e importancia en cuanto rebasa nuestro tamaño – al César lo que es del César y el dinero debería tener el tamaño del hombre, no más - , no dejar a nuestros hijos que crean en esa divinidad y que se olviden de nosotros, incluso antes de morir, quizás ya entonces autoprotegidos como con un bálsamo, por el Alzheimer, olvido por olvido.

 

Quizás los ancianos, diablos, cantos rodados, no hayan rodado bien, - nosotros menos todavía - , y ya no lleguen donde deberían llegar, ya no sigan el camino marcado por los ancestros hacia un centro de verdades simples y se pierdan en el camino donde se borraron las huellas hoy tapadas por un manto de oro y anuncios publicitarios.


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