
El becerro de oro ha subido al monte Olimpo, y
detrás de él, parapetados como si fuera un tanque en la invasión, los que le
rinden homenaje, y le dan el sustento, sus vidas, a cambio de poder lamerlo y
adorarlo. Una vez que han conseguido ser nuevos o viejos ricos, aspiran a ser
nuevos o viejos dioses, eso no es nuevo. No sería la primera vez que un
emperador se proclama a si mismo como dios. En realidad suben al Olimpo
esperando encontrar algo, al viejo ermitaño de la montaña, a San Pedro
bendito, y van con sus miedos untados y atemperados por sus fortunas y
abolengos. Esperan comprar su sitio en el sagrado monte de la misma forma que
antaño se compraban los títulos de obispos o se reducía el teórico tiempo de
estancia en el purgatorio. Y es que la Iglesia tiene o tuvo una marcada
tendencia a abrir las puertas hacia su seno y más arriba, a todo aquel que
pudiera pagar el peaje y el precio de la traducción de las palabras de Dios.
Sin embargo cuando suben no encuentran nada – me
lo contó uno de ellos un día de borrachera -, no hay dios alguno, no hay viejo
ermitaño de la montaña, no están allí las puertas del Cielo ni San Pedro que
lo fundó. Sólo el condenado Olimpo, un monte con cuatro cabras, todo muy
respetable por cierto. De estos acontecimientos, del primer ser humano que
encumbró el Olimpo a lomos del becerrito feliz ha llovido mucho. En realidad
lleva siglos siendo una romería que se despeja más o menos de gente
dependiendo del ciclo económico, pero que en todo este tiempo, nadie, ni
enervado con todo tipo de sustancias ni habiendo comprado una carreta de
indulgencias ha visto nunca a Dios alguno por esos lares. De los personajes
que contribuyeron a esta vía hacia Dios a través del dinero habría que
recordar a Lutero, que postulaba que según cómo nos fuera en la vida, con un
marcado matiz económico, esto sería un signo revelador de nuestra
predestinación a salvarnos, por lo que los que cada año suben al monte en
romería llevan orgullosos su cuenta corriente en lo alto de los pendones.
Por supuesto en este ascenso hay atropellos,
puñaladas, traiciones, falsos amigos con gomina y de eunucos saluditos,
botines de lazo estilo Marichalar, trampas, falsos profetas del falso
Dios-becerro - ¿en realidad buena gente? – , asustaviejas y testaferros, Banco
Vaticano e industrias del látex, matrimonios unidos por el Dios – ahogados en
el masoquismo - que no separará el hombre.
Los que sobreviven, una vez allí y ya que no hay
nadie, que carajo, se sienten ya dioses y empiecen a crear y remodelar el
mundo. Crean unas nuevas leyes físicas en donde la energía es el capital, no
va a ser el conocimiento o los tapones de los ríos, el capital, el capital,
que para eso ellos tienen mucho. Inscriben en grandes losetas de piedra los
nuevos mandamientos y definen las relaciones entre esta forma de energía y la
masa, simple acumulación de dinero, entre entre la fuerza y la aceleración,
entre energía y tiempo, entre velocidad y tocino. Crean templos mundiales
dedicados al estudio de este dios, como el FMI o el Banco Mundial, que también
se encargan de ofrecerle periódicamente ciertos países en sacrificio, para que
el dios común fluya con libertad y sea, como dicen las antiguas escrituras,
omnipresente y todopoderoso.
No creo en ese dios ni en ningún otro. El dinero
es necesario a ciertas escalas pero debería quedarse para los juegos
silvestres en los valles, para pagar las casas – que últimamente también
aspirar a la divinidad – y la comida, para pagar al cantante o los gorgoritos
tiroleses del abogado. Sin embargo no debería servir como combustible para
ascender a la montaña, es más, a la montaña no debería ascender nadie, debería
ser patromonio de la humanidad, incluso condición indispensable para su
subsistencia y buen estado mental. La montaña, o la espesa selva, el fondo del
volcán o algunos templos – incluso cristianos - son representaciones de
nuestro lugar en el mundo, otra vez la relación entre las cosas es
fundamental, los tamaños relativos, las distancias separadoras. Todo ese
espacio debería quedar libre – metafóricamente - para que habiten el recuerdo
a nuestros antepasados, a nuestras costumbres básicas, a las formas de
convivencia de las que emergieron – en tiempos lejanos - dioses buenos y
justos que todavía esperamos que regresen. Las divinidades son las formas
adecuadas de relación del hombre con los otros, con la Naturaleza y con ellos
mismos, por eso los verdaderos dioses nacen de la mente de cada uno, apoyada
en costumbres sociales adecuadas y en el recuerdo a los antepasados que al
final de sus dias y en muchos casos, ya como cantos rodados – más sabe el
diablo por viejo que por diablo – ven estas simples verdades y a estos simples
dioses.
Para evitar que los nuevos ricos y sus camellos
pongan perdido el Olimpo todos los domingos y lo que es mucho peor, lancen
truenos y centellas desde sus púlpitos, televisores, Bolsas, consejos de
administración, debería existir un nuevo tipo de interés para el capital, no
como el de ahora, adecuado para los juegos pastoriles, sino un índice del
valor del dinero que hiciera hacerle perder su valor conforme se asciende
hacia las zonas altas, generales y globales de la realidad, conforme se
pretende influir con él en otros valles y en amplios territorios, como en la
ecología mundial. El dinero debería tener un índice de validez local e incluso
temporal, un mecanismo de autodestrucción en el espacio y en el tiempo, como
nosotros mismos lo tenemos y no dejar que un instrumento acabe esclavizando a
su creador prolongándose de generación en generación como una criatura
fantasmal que mueve nuestros hilos y nos hace autoinmolarnos; deberíamos
hacerle perder fuelle e importancia en cuanto rebasa nuestro tamaño – al César
lo que es del César y el dinero debería tener el tamaño del hombre, no más - ,
no dejar a nuestros hijos que crean en esa divinidad y que se olviden de
nosotros, incluso antes de morir, quizás ya entonces autoprotegidos como con
un bálsamo, por el Alzheimer, olvido por olvido.
Quizás los ancianos, diablos, cantos rodados, no
hayan rodado bien, - nosotros menos todavía - , y ya no lleguen donde deberían
llegar, ya no sigan el camino marcado por los ancestros hacia un centro de
verdades simples y se pierdan en el camino donde se borraron las huellas hoy
tapadas por un manto de oro y anuncios publicitarios.
ARTÍCULOS ANTERIORES