
Llegó la devastación desde el sur y sepultó a
Nueva Orleans como si fuera la vieja Pompeya. Las leyes del caos se volvieron
a colar, como lo han hecho desde el comienzo de los tiempos; suele ocurrir
cuando el hombre intenta controlarlo todo, cuando la ambición le pierde y se
olvida que lo único que controla es que va a morir, aunque tampoco sabe ni
cómo ni cuando.
Unos cuantos millones de dólares hubieran
bastado para reforzar los diques y hubieran salvado a la ciudad, pero Bush
recortó esos gastos hace un par de años para emplearlos en otras áreas, para
intentar controlar otras zonas del mundo y no para asegurar una zona que sin
lugar a dudas estaba bajo control. Pero no, tuvo que llegar un huracán con
nombre de mujer rusa y desde las latitudes hispanas para acabar con la
entelequia y dejar por enésima vez al rey desnudo, al emperador en pelota
picada, porque siempre está en cueros, allí en EEUU y en todas partes del
mundo. Después harán creer a la población que fue un mal sueño y que no
ocurrió, que la horrible visión que vieron, miles de personas abandonadas a su
suerte después del huracán, sin comida ni agua, en condiciones infrahumanas,
no fue real; que la visión que tuvieron del Estado que supuestamente les
protege no fue la grotesca estampa de los políticos que se enconden y de las
tropas patrias en un país a miles de kilómetros.
Por un momento muchos de los ciudadanos, la
mayoría pobres y negros, en esos cinco incomprensibles días que tardó en
llegar una ayuda insuficiente, verían en sus sueños como si se tratase de una
alucinación vudú el verdadero rostro de la bestia, del Leviatán, del estado
americano y una gran parte de los estados del mundo. Una tapadera, un burdo
juego de trileros, una mentira, un anuncio publicitario o una perorata de un
abogado.
Los estados son actualmente el mayor enemigo del
hombre, el nuevo opio del pueblo, el departamento de recursos humanos de la
economía al que han lavado el culo y le han enseñado tres palabras con acento
de Acebes. Intentan usar a los estados y a sus trapos que llaman banderas en
aproximaciones de la realidad, modelos de lo que ocurre y en los que basar las
explicaciones. En un mundo con economía globalizada y trufado de nuevas
tecnologías que han hecho desaparecer la dimensión del espacio y alterado
notablemente la temporal, empiezan a aparecer a nivel mundial efectos que
antes sólo se observaban a nivel atómico y a grandes velocidades: estamos en
un mundo gobernado por las leyes de la Cúantica y la Relatividad a nivel
humano, ya no hace falta tener las dimensiones de un quark, ya no hace falta
acercarse a la velocidad de la luz.
En un universo así, seguir hablando de estados,
como seguir hablando de átomos en el mundo de la física microscópica, hace
tiempo que no tiene sentido, salvo claro está, para que cuatro niños de papá
se adelanten y aprendar las nuevas reglas en universidades de pago mientras se
contiene a la chusma con publicidad, iglesias y estado.
Esos adelantados, con alegría cocainómana en sus
venas y el hilillo de baba en sus labios, son los que corren libres por el
campo internacional, nuestra futura casa, provocando tormentas financieras y
cambio climático, destrozando nuestro verdadero país; porque no hay que
olvidar de donde viene tanto desvarajustes en el clima, y no hay que olvidar
tampoco que EEUU no ha firmado el protocolo de Kyoto del Clima (como tampoco
el Tribunal Penal Internacional o la Carta de los Derechos del Niño –
incomprensible, no quieren proteger a su presidente -).
Desde Nueva Orleans llegaban noticias hablando
de pandillas armadas que imponían su ley, que cogían lo que querían en
cualquier sitio, que no dudaban en matar si era necesario para conseguir lo
que querían, que aquello era el “caos”, que era la “anarquía”: alguien en su
huida por salvar la vida debió dejar un televisor encendido con imágenes de
Irak. Por eso tardaron tanto los padres del estado en prestar ayuda: estaban
de pandilleros en Oriente Medio.
La misma televisión encendida, el mismo veneno,
debió de emitir una película ambientada en la zona. Lo que el viento se llevó:
la idea de estado-nación.
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