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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Afganistán

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

Han muerto diecisiete españoles en Afganistán, un territorio que casi no puede quedar más lejos del actual régimen monárquico español. Para las diecisiete familias el dolor será inmenso, indescriptible, toda palabra que se diga será un sacrilegio y una mascarada. En los rescoldos del dolor, como en la traición del falso amigo, se verán extrañas verdades, se olerán los olores con más fuerza como las preñadas a las que les desbordan los sentidos. Olerá a cañería, a puro estiércol, al oleoducto que los americanos llevan queriendo construir desde hace más de diez años desde los yacimientos del Mar Caspio hasta Pakistán, donde ya han colocado un gobierno títere y al que han dejado a cambio que acceda a la bomba atómica en su juego territorial con la vecina India, que también tiene la bomba. El oleoducto partirá desde las costas de Turkmenistán – un buen lugar para hacer un trabajo de investigación periodística y atravesar el himen de censura informativa que envuelve al país... -, pasando por la inevitable Afganistán y atravesando la estratégica Pakistán. La empresa que lleva tanto tiempo proyectando este oleoducto y gasoductos se llama Unocal, emparentada con compañías petrolíferas como la Shell que tuvieron un crecimiento repentino espectacular el 11 de Septiembre. Adivinen en que empresa trabajaba el actual y flamante presidente de Afganistán, Karzai. Sin sorpresas y sin apenas disimulos, en este mundo infantiloide no es necesario: era directivo de Unocal.

 

En este mundo existen distintas razas de humanos: los que tienen dinero, los que tienen menos y los que no, que son el eslabón perdido, apenas humanoides que viven presos de trabajos mal pagados y que van a guerras a las que han lavado la cara y ahora las llaman misiones humanitarias, aunque algunas si lo sean, desde luego no es el caso de Afganistán. Este país no ha sido democrático en toda su historia – la mayoría de los países democráticos tampoco lo son de hecho – y no se explica esa obsesión con llevar el maná democrático allí, sino es claro, porque las actuales democracias y la actual concepción del estado son las tapaderas perfectas para la expansión empresarial de un número contado de grandes empresas. Durante un tiempo, la subraza de los que tenían menos dinero – no hablo de nuestros orígenes, los que no tienen nada – se contentaron con el llamado estado del bienestar, y no estaba mal del todo, sino fuera porque cuando las cosas se ponen mínimamente mal se acaba el teatro y el estado se vuelve a convertir en la manta con la que tapar vergüenzas y en la ramera que satisface a los antiguos esclavistas tejanos.

 

Hay momentos en la historia y en la vida de cada persona en los que ocurren acontecimientos que te permiten ver más allá. Por un momento la ponzoña televisiva no puede mantener la constante mentira y los publicistas y voceros eunucos – Urdaci - sufren de aerofagia, tienen pesadillas, por un momento piensan – Oh, my god – que el mundo que ellos cuentan no es el mundo real. No era ETA quien atentó en Madrid, no había armas de destrucción masiva en Irak, los americanos hundieron el Maine para tener a la opinión pública a favor y declarar la guerra a España en el 98 y por último, los americanos planearon el 11 de Septiembre para poder hacer la guerra en Afganistán y en Irak. Habrá gente que piense que eso es imposible, americanos atentando contra americanos, ¿cuándo se ha visto una cosa así?, pregunta Kennedy. Compatriotas contra compatriotas, una especie de guerra civil, eso es inconcebible, no, no puede pasar.    

 

Puede pasar y pasa porque la raza superior – el rey Fath de Arabia era un morito bueno - está por encima de los estados y de las naciones, que usan solamente para justificarlo todo. En su universo, donde rigen otras leyes físicas y el tiempo discurre distinto, algunos no pueden aguantar y cuentan su secreto: les da con identificarse con las naciones en un ataque de lucidez. “El estado soy yo” dijo uno, “Caudillo por la gracia de Dios” dijo otro. Cuando veo la bandera nacional encima de los ataúdes pienso que el estado sirve de tapadera hasta el final, el límite del universo conocido por los habitantes de la raza media. Más allá, las fuerzas interestales de la inercia y del capital acumulado o robado durante siglos: en el espacio abierto y en las salas de té, pequeñas palabras – queremos un oleoducto, ¿te gustan los puros, Mónica? – provocan autoatentados, guerras y mamadas.

 

El mejor homenaje que se les puede hacer a los diecisiete españoles que han muerto, y también a los soldados norteamericanos, italianos, británicos y a la población civil irakí es contar la verdad, aunque en la actualidad bastaría con no contar mentiras, tralalá.  


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