
Han muerto diecisiete españoles en Afganistán,
un territorio que casi no puede quedar más lejos del actual régimen monárquico
español. Para las diecisiete familias el dolor será inmenso, indescriptible,
toda palabra que se diga será un sacrilegio y una mascarada. En los rescoldos
del dolor, como en la traición del falso amigo, se verán extrañas verdades, se
olerán los olores con más fuerza como las preñadas a las que les desbordan los
sentidos. Olerá a cañería, a puro estiércol, al oleoducto que los americanos
llevan queriendo construir desde hace más de diez años desde los yacimientos
del Mar Caspio hasta Pakistán, donde ya han colocado un gobierno títere y al
que han dejado a cambio que acceda a la bomba atómica en su juego territorial
con la vecina India, que también tiene la bomba. El oleoducto partirá desde
las costas de Turkmenistán – un buen lugar para hacer un trabajo de
investigación periodística y atravesar el himen de censura informativa que
envuelve al país... -, pasando por la inevitable Afganistán y atravesando la
estratégica Pakistán. La empresa que lleva tanto tiempo proyectando este
oleoducto y gasoductos se llama Unocal, emparentada con compañías petrolíferas
como la Shell que tuvieron un crecimiento repentino espectacular el 11 de
Septiembre. Adivinen en que empresa trabajaba el actual y flamante presidente
de Afganistán, Karzai. Sin sorpresas y sin apenas disimulos, en este mundo
infantiloide no es necesario: era directivo de Unocal.
En este mundo existen distintas razas de
humanos: los que tienen dinero, los que tienen menos y los que no, que son el
eslabón perdido, apenas humanoides que viven presos de trabajos mal pagados y
que van a guerras a las que han lavado la cara y ahora las llaman misiones
humanitarias, aunque algunas si lo sean, desde luego no es el caso de
Afganistán. Este país no ha sido democrático en toda su historia – la mayoría
de los países democráticos tampoco lo son de hecho – y no se explica esa
obsesión con llevar el maná democrático allí, sino es claro, porque las
actuales democracias y la actual concepción del estado son las tapaderas
perfectas para la expansión empresarial de un número contado de grandes
empresas. Durante un tiempo, la subraza de los que tenían menos dinero – no
hablo de nuestros orígenes, los que no tienen nada – se contentaron con el
llamado estado del bienestar, y no estaba mal del todo, sino fuera porque
cuando las cosas se ponen mínimamente mal se acaba el teatro y el estado se
vuelve a convertir en la manta con la que tapar vergüenzas y en la ramera que
satisface a los antiguos esclavistas tejanos.
Hay momentos en la historia y en la vida de cada
persona en los que ocurren acontecimientos que te permiten ver más allá. Por
un momento la ponzoña televisiva no puede mantener la constante mentira y los
publicistas y voceros eunucos – Urdaci - sufren de aerofagia, tienen
pesadillas, por un momento piensan – Oh, my god – que el mundo que ellos
cuentan no es el mundo real. No era ETA quien atentó en Madrid, no había armas
de destrucción masiva en Irak, los americanos hundieron el Maine para tener a
la opinión pública a favor y declarar la guerra a España en el 98 y por
último, los americanos planearon el 11 de Septiembre para poder hacer la
guerra en Afganistán y en Irak. Habrá gente que piense que eso es imposible,
americanos atentando contra americanos, ¿cuándo se ha visto una cosa así?,
pregunta Kennedy. Compatriotas contra compatriotas, una especie de guerra
civil, eso es inconcebible, no, no puede pasar.
Puede pasar y pasa porque la raza superior – el
rey Fath de Arabia era un morito bueno - está por encima de los estados y de
las naciones, que usan solamente para justificarlo todo. En su universo, donde
rigen otras leyes físicas y el tiempo discurre distinto, algunos no pueden
aguantar y cuentan su secreto: les da con identificarse con las naciones en un
ataque de lucidez. “El estado soy yo” dijo uno, “Caudillo por la gracia de
Dios” dijo otro. Cuando veo la bandera nacional encima de los ataúdes pienso
que el estado sirve de tapadera hasta el final, el límite del universo
conocido por los habitantes de la raza media. Más allá, las fuerzas
interestales de la inercia y del capital acumulado o robado durante siglos: en
el espacio abierto y en las salas de té, pequeñas palabras – queremos un
oleoducto, ¿te gustan los puros, Mónica? – provocan autoatentados, guerras y
mamadas.
El mejor homenaje que se les puede hacer a los
diecisiete españoles que han muerto, y también a los soldados norteamericanos,
italianos, británicos y a la población civil irakí es contar la verdad, aunque
en la actualidad bastaría con no contar mentiras, tralalá.
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