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 ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA

Paraíso perdido

  FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

 (Escritor e Ingeniero Técnico de Telecomunicación)

zaratustra_fjag@hotmail.com

 

FRANCISCO ÁLVARO GONZÁLEZ

El libro más antiguo que se conoce posiblemente sea el I Ching o Libro de los cambios. Este libro ha estado desde siempre en el alma de la cultura china y ha sido estudiado por no pocos occidentales que desde que tuvieron contacto con él no lo abandonaron, por ejemplo el psicólogo Carl Jung, que lamentó no tener más tiempo en vida para tratar más con este libro. Muchas personas lo tratan como si fuera un libro de adivinación y hacen preguntas cuyas respuestas buscan en los hexagramas y en las líneas de cambio; sin embargo no creo que sea justamente eso, un libro que nos hable del futuro, sino que habla de posibilidades y de conocimiento, de causas y efectos.

 

Pero habrá gente que no conozca este libro, por lo que creo que debería hablar un poco de él. Simplemente es la colección de 64 hexagramas, cada uno los cuales tiene seis lineas horizontales, que pueden ser líneas continuas o discontinuas según el resultado del método que se emplee para hallar estas líneas. Antiguamente esto se hacía con hojas de milenrama o con caparazones de tortuga (en una región de China se ha encontrado hace poco un foso con más de cincuenta mil de estos caparazones), aunque en la edad moderna la cuestión se ha vuelto más liviana y las líneas se calculan tirando tres monedas. Empezando de abajo arriba se van construyendo las líneas y entonces se consulta en el libro el hexagrama en cuestión. La respuesta consta de varios apartados, alguno de los cuales está escrito en lenguaje algo críptico o simbólico.

 

Pero esta no es la cuestión. Sí, muchas veces me quedo sorprendido de la similitud con lo que sale con alguna circunstancia concreta, pero más importante es darse cuenta que ese hexagrama que sale proviene de otro y va hacia otro, está en un equilibrio dinámico, la respuesta es la consecuencia de algo que será la causa de otra; por eso se llama el Libro de los Cambios o las Mutaciones. Sin embargo se trata de un equilibrio extremadamente delicado y frágil: un hexagrama concreto no tiene porque llevar a otro concreto, de hecho desde cada uno de ellos tiene muchas posibilidades de variación, un pequeño cambio provoca el salto hacia otro hexagrama que puede ser bastante distinto, una decisión provoca consecuencias completamente inesperadas, como en la teoría del caos, como en la vida misma.

 

El I Ching se puede leer de manera secuencial, pasando de hexagrama en hexagrama, o a partir de cualquier hexagrama e introduciendo un leve cambio de una linea y recorriendo los 64 hexagramas pudiendo llegar, finalmente se llegará siempre, al punto inicial desde donde se partió. Se trata de un libro circular, cíclico o con posibilidad de serlo, aunque más que circular se podría llamar espiral, como una galaxia.

 

Este libro es uno de los textos centrales del taoismo, junto con el Tao Te Kim, y uno no puede resistirse a la tentación de compararlo con la Biblia, del que beben los cristianos y en partes diferentes los judios y mucho menos los musulmanes.

 

Cuando uno abre la Biblia uno tiene la impresión de pensar porque me cuenta esto ahora, a que viene esto ahora, cuál es realmente el argumento que se nos cuenta o es solamente la sucesión de acontecimientos históricos, los avatares de las tribus de Israel, los distintos reyes, todos los sucesos ordenados cronológicamente. En la Biblia como cuando se nos cuenta la Historia uno tiene la fuerte impresión que el tiempo es un pobre argumento para poner unas cosas detrás de otras; el tiempo pasa lineal pero hay infinitas corrientes paralelas que vienen del pasado y que salen a la superficie en el momento más inesperado, como cuando emerge el esqueleto de un dinosaurio o a la Tierra lo sacude un terremoto; infinitas causas flanquean al recorrido lineal del tiempo y los acontecimientos se van sucediendo pagando el peaje al pasado como una pelota que corre por la arena: nunca va recta, se somete a los minúsculos obstáculos que el pasado ha acumulado ahí. De repente es posible que la pelota de un bote y se salga de lo esperado: si no la petanca, el tenis o el golf no tendrían ninguna gracia.

 

Quizás se perdieron o perdieron algunos papeles, las instrucciones para usar la Biblia. Si hace poco la Iglesia reconoció la inexistencia del infierno, también debe reconocer que no existe el reino de los cielos, y admitir como las filosofías de Oriente que el infierno y la gloria están aquí y ahora.

 

Quizás la Biblia también debería ser un libro circular, espiral, con posibilidad de llegar o mejor dicho volver al reino de los cielos, el paraíso terrenal, el del principio, el del Edén, el único que existe. Me gustaría pensar que un día lo fue o que llegará a serlo, donde cada capítulo se corresponda con un estado mental o actitud y que cada uno tenga una consecuencia a semejanza del I Ching. Entonces el último libro no sería el final de los tiempos y siempre cabría la posibilidad de volver al principio, al Edén, pasando a través del ojo de la aguja. Me gustaría pensar cual debería ser esa actitud mental y me viene a la cabeza el cuento del traje del emperador: el niño inocente, libre de prejuicios y de conceptos que todavía no le han amputado es el único que se atreve a decir la verdad evidente. Sólo hacía falta mirar sin ideas preestablecidas.  


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