
Cuando
H.G. Wells escribió La guerra de los mundos no se hubiera imaginado que algún
día aquella historia se hiciera realidad. Seres hostiles que miran desde las
alturas a tierras fértiles, seres que conspiran nocturnamente, maquinarias
infernales que chupan la sangre y el tiempo a cuanto humano se ponga por
delante, convirtiéndoles después en fertilizante. Multinacionales que caen del
cielo en los sitios más débiles, frontera mexico-americana, atraídos y
excitados por la mano de obra barata, atraídos y excitados por las jovencitas
mexicanas que curiosamente no han dejado de morir, no han dejado de
convertirse en fertilizante desde que llegaron las grandes maquinarias. Cuando
las condiciones laborales- policiales se pongan más duras, la maquinaria,
hedionda, pegará un gran salto y buscará otro sitio más adecuado y más débil.
La maquinaria, llena de fantasmas y de virtualidad, llena de batallas ganadas
y de capital muerto,chantajea cada vez que su negro culo toca la tierra con su
grandeza financiera y el prestigio de su origen. Confiadas, pegan saltos de
aquí y allá, condicionando las políticas locales, las pseudodemocracias,
erigiéndose en los temporales dioses nacionales; Su publicidad se mezcla con
los antiguos dioses locales.
Ya lo
ven, lo tienen fácil, si las cosas se complican con los bartulos a otro lado,
a otro lado que acepte las condiciones: migajas para la clase dirigente,
pseudomigajas para los militares, cheque en blanco para sus aspiraciones. Es
su tiempo, tienen que aprovechar, no hay nadie que las controle, no hay nada
con tanto poder, al contrario, el gobierno más poderoso del mundo las apoya y
la mayoría de ellas apoyan a ese gobierno en una relación simbiótica que
favorece a ambos lados y sin la cual ninguna de las partes tendría tanto
poder. El gobierno, la cultura norteamericana exportada e impuesta a través de
los nuevos dioses locales.
Sin
embargo, las criaturas que creían en las limitaciones de los estados, en unos
estados que las traicionan, que actúan de tapones que impiden ver al enemigo,
van aprendiendo. Llegará un día en que las maquinarias vuelvan a saltar pero
cuando quieran tomar tierra ya no tendrán donde caer, porque las criaturas se
habrán impuesto a los estados y no habrá un milímetro de sombra nacional, sólo
picas en alto, sólo un estado global, una política global atando en corto a la
economía al igual que ahora la economía ata en corto a la política y a todo y
proclama: libre mercado; bien, será la libre política. Pues como dice H.G.
Wells en el libro y se dice en la película, los hombres no nacen ni mueren en
vano.
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