
Cuando cayó el muro de Berlín muchos se apresuraron a cantar
victoria, proclamaron que el fin de la Historia había llegado, que las
ideologías habían muerto y que las leyes del mercado eran el camino y la regla
que todo debía seguir. El paraíso terrenal estaba aquí por fin y la actual
forma del capitalismo había triunfado. Desde entonces se ha hablado mucho de
las bondades de este capitalismo porque, entre otras cosas, ya no había
adversario con el que discutir ni modelo alternativo con el que compararse;
sin embargo no se ha hablado casi nada de los defectos y de sus excesos porque
quizás todo el actual modelo sea un exceso tanto en su aplicación como en su
propia definición: sin ese exceso no puede sobrevivir. Las leyes del mercado
doblegan la voluntad de los estados y condicionan las pálidas democracias,
forzando a abandonar las posiciones sociales ganadas milímetro a milímetro por
las fuerzas sociales en décadas. El lema dejar hacer al mercado, se impone; lo
curioso es que es el propio neoliberalismo y su exceso sobrepasando al propio
estado el que puede crear una nueva situación completamente diferente, porque
cuando las cosas se tensan demasiado se acaban por romper. En realidad y mal
que les pese a estos gurús de la economía global, están utilizando teorías y
prácticas que pertenecen desde hace siglos al anarquismo, con esas filosofías
de flexibilidad y adaptabilidad al medio: esas son las reglas básicas que se
imparten en los másteres de ocho mil euros.
El problema de este modelo, el neoliberalismo, es que los
sujetos no son personas sino grandes compañias que se mueven por el mundo como
elefantes en cacharrería provocando distorsiones financieras e incitando a los
gobiernos títeres que surgen de las campañas electorales por ellas
patrocinadas, a seguir sus políticas y a ir a la guerra si hace falta algún
recurso para sus intereses. Sin ellos saberlos están ofreciendo al mundo un
futuro modelo de gobierno mundial, mostrando donde se localizan los fallos;
eso sí, a un precio altísimo en vidas humanas y degradación de todo el
planeta.
Pero puestos a sacar algo bueno, aprendamos de sus errores, de
cómo se relacionan entre ellos, del gobierno sin estados nacionales y
extrapolemos la situación a otra donde los sujetos sean personas conscientes y
libres, emergiendo un gobierno que sea ya y de una vez la república mundial.
La manera de tender hacia esta situación es usando la única arma que nos han
dejado ya que no nos consideran personas: el consumo. Usemos también sus
herramientas, las tecnologías de la información a nuestro favor; creemos
estructuras como cooperativas de consumo y estructuras de distribución
alternativas a partir de las asociaciones de consumidores donde nos
coordinemos y presentemos un volumen grande de voz, es decir, volumen de
consumo para empezar a decidir y rescatar de paso a amplios sectores de la
población que también languidecen bajo el peso del neoliberalismo, como muchos
productores del sector primario: agricultores y pescadores, de aquí y de
cualquier parte, ofreciéndoles un mercado de salida para sus productos y
salvándolos del actual chantaje que ejercen sobre ellos las grandes compañías.
Como dijo Darío Fo, cada vez que compras estás votando, a lo que se podría
añadir, nosotros compramos, nosotros decidimos.
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