
Al lado
de las pirámides de Keops, Kefren y Mikerinos en Egipto se sitúa la misteriosa
esfinge, un monstruo con cara humana – posiblemente el faraón – y cuerpo de
león. Todavía hoy se discute cuál era la función de estos monumentos, cuya
grandeza y dificultad en la construcción pone en serios aprietos a muchas
teorías. La respuesta más evidente es que eran tumbas en donde enterraban al
faraón muerto; sin embargo uno podría preguntarse si además eran algo más: un
símbolo vivo de todo el reinado del faraón que se empezaba a construir en el
mismo momento de su acceso al poder, un emblema de su capacidad de
coordinación y de sintonía con todo Egipto en general, una prueba palpable y
visible de su buen o mal gobierno. Leyendo Las máximas de Ptahhotep, en donde
se habla de la flexibilidad en el gobierno y de las cualidades de las clases
dirigentes, uno se puede preguntar por la naturaleza del gobierno que
ejercían estos últimos. Es posible que la función del faraón – al menos en
algunas épocas – fuera la de ser un director de orquesta, más próximo a un
“animador socio-cultural” que a la figura de un dictador, un hombre (o mujer,
ahí está Cleopatra) capaz de sacar la inmensa riqueza oculta de la sociedad, y
no me refieron a la recaudación de impuestos.
Es
sabido la obsesión que tenían los egipcios con la muerte, tanto es así que se
preparaban para ella toda la vida. Sin embargo es curioso la enorme fe que
tenían en una vida en el más allá, enterrándose los faraones con media corte.
Quizás esta fe la sacaron de la propia observación de la vida, intentando
simular situaciones parecidas a la muerte que les permitieran observar el
resultado, y como allí no contaban con ordenadores para crear modelos es
posible que algún faraón aplicase un modelo de “descomposición y desorden” a
la propia estructura del gobierno, observando con estupor como emergía del
caos una riqueza sin igual y un orden más estable. El nombre de uno de los
faraones, Djedkare-Isesi, significa “estable en la potencia creadora de la luz
divina”.Su capacidad para hacer emerger la potencia de la sociedad se vería
reflejada en las dimensiones de sus pirámides, cuya construcción debía ser una
empresa nacional y colectiva; eso sí, aportando cada uno sus esclavos, no eran
perfectos...
Y
vigilando todo el conjunto de las pirámides, la Esfinge. El mito griego de la
esfinge –que posiblemente derive del egipcio - la sitúa en la ciudad griega de
Tebas planteándole el famoso acertijo a Edipo: ¿Qué es lo que tiene cuatro
pies por la mañana, dos al mediodía y tres al anochecer?. Edipo respondió que
el hombre, que gatea cuando nace, anda al crecer y se apoya en un bastón en la
vejez; y ante eso la esfinge –que en Egipto tiene la cara del rey –se suicidó.
Quizás eso refleje en ciertas épocas la forma de gobierno en el antiguo Egipto
y sirviera para recordar que la autoridad del faraón descansaba sobre hombres
y mujeres individuales, en una descentralización del estado que lo llevaría a
hacer emerger a la sociedad.
En
nuestros días se habla de una segunda descentralización, cuando es posible que
el tamaño óptimo de los gobiernos fuera el planteado no por una segunda, sino
por una tercera o cuarta, casi rozando el tamaño de cada hombre y mujer y
donde la abstención democrática fuera por definición imposible.
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