
El peligro de no estar atentos es que en
cualquier se lo llevan todo, se lo llevan calentito. Ellos no han perdido su
humanidad, aunque no lo parezca, y frotan sus lomos contra las columnas de sus
bancos, grandes empresas, instituciones oficiales, templos y chiringuitos
varios. No todos, pero algunos levantan la pata y se van orinando por ahí
marcando territorios, cagándose como chotos, olisqueando grupas en una
permanente paja mental en la que aparecen disfrazados con trajes y corbatas
italianas o apoyándose en las muletas de sus armas reglamentarias o no.
También los hombres religiosos que se autodenominan interlocutores de dios. Me
pregunto si Ratzinger hubiera puesto la misma cara beatífica si cuando salió
al balcón allí no hubiera estado ni el tato; puesto que su poder chorrea desde
los cielos se supone que sí. Sin embargo yo tengo todas las dudas.
O el gran especulador si de repente se hubiera
agotado el dinero negro que lavar, o el propietario de un gran almacén si
todos volviéramos a comprar masivamente en las pequeñas tiendas de barrio. Que
sería de las caras de los grandes accionistas de los grandes bancos en día de
asamblea general si de repente surgieran formas alternativas a los bancos y
poco a poco tuvieran que dejar de vivir de la especulación, que es muy
distinto a vivir de las rentas. El poder se lo damos nosotros por pura
inconsciencia. Si, se reúnen en grandes manadas y adoptan una sincronía
perfecta creando estructuras que les favorecen. Son muy pocos pero deciden por
todos: el resto de nosotros está codificado en sus cuentas bancarias o en las
estadísticas de nuestras costumbres.
Todos deberíamos hacer lo mismo y adoptar esa
sincronía, esa unidad de acción espontánea a la manera de las grandes manadas
de animales acosados por los depredadores. Ellos cazan en grupo, a nosotros,
millones, nos bastaría un pequeño gesto coordinado para espantarlos. Cuando
las cosas se ponen mal, desmontan los tinglados, ya no son patriotas y vacían
los bancos sacando el dinero del país con nocturnidad como ocurrió en
Argentina. Se ponen fríos y declaran el estado de excepción o el toque de
queda. Los picos de las pirámides se coordinan y se reajustan para que todo
allí abajo siga igual, y la mayoría se olvidan de que están arriba porque
nosotros, disgregados, compramos de una determinada forma o votamos con
desgana en una encerrona cada cuatro años; no creen que haya vida inteligente
abajo, creen que somos el hombre-masa, amorfo e indefenso ante sus emisoras de
televisión con las que pretenden trocear cualquier posibilidad de
coordinación, no vaya a ser que algún día los pieles rojas, que extraían su
sabiduría de la observación de la naturaleza, declaren la excepción del
estado, que traigan la neoanarquía creadora y acaben con los estados de
excepción y con los estados. Jau.
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