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Deseo
dedicar esta carta a todos aquellos trabajadores que, voluntariamente u
obligados a trabajar sin denuedo, para sobrevivir, y gracias a estos y a otros
como ellos, levantaron a España, poco a poco, con su sudor y sacrificio, de la
honda penuria en la que se hallaba.
Aún recuerdo aquellos arrieros, que desde Huétor
Santillán, un pequeño pueblo de Granada, situado a más de mil metros de altura,
en las estribaciones de Sierra Nevada, acarreando su mercancía hasta la capital,
(véase
http://canales.ideal.es/guia/localidades/localidad181d.html?id_localidad=85
) un grupo de trabajadores de la misma familia, porteadores, que combatiendo las
inclemencias del tiempo solían levantarse antes del amanecer, para enjaezar y
cargar sus burros con hatos de sogas y cuerdas, unas de esparto, otras de
cáñamo, por ellos manufacturadas,. Materia prima, que ellos mismos cultivaban,
para luego venderlas. Una familia de labradores, apodados los grajos, porque
cierto día, un antepasado suyo, se le ocurriera, hacer el grajo desde lo alto
de un árbol y a partir de entonces, la familia quedó así apodada. Muy conocidos
en el pueblo, aunque su cortijo, por aquél entonces, lo tuvieran algo separado
de esta villa. Hombres, todos sanos, altos, apegados al campo, de carácter
afable. Calzaban para sus pies encallecidos, rusticas albarcas con suela de
caucho, que gastaban sobre el asfalto de la carretera. Alguna vez, los veía ya
de vuelta al cortijo, en verano, marchando altaneros, al “alegre paso” de sus
caballerías, con sus camisas abiertas, mostrando su piel morena, curtidos por el
sol. Sus descansos en días de fiesta, lo hacían, en la puerta del cortijo,
allí los veríamos siempre sentados en sillas de anea, ocupados haciendo metros
de cuerda trenzada y con una gavilla de este material, sostenida debajo del
sobaco, desde donde sacaban las ramas con las que elaboraban los cordeles o
sogas. Nunca los vi inactivos, cuando no estaban con la hoz y el amocafre
trabajando en el campo, ocupados estarían, en arrancar el lino o el cáñamo. De
sol a sol, era su jornada de trabajo, el único descanso era, el tiempo que
dormían, fatigados por las duras jornadas de su faena. Como se suele decir:
Trabajando más que las bestias.
Tiempo en que, una guerra criminal,
acababa de terminar, y cientos de presos recluidos en la Plaza de Toros de
Granada, y otros recintos carcelarios, no pudiéndolos alimentar, el gobierno,
optó por liberarlos, en una diáspora o desbandada, dispersados por toda
Andalucía, en busca de trabajo, que no lo había. Yo, por entonces era un
mozalbete y pude comunicarme con algunos de ellos a los que compadecía, porque
no tenían donde caerse muertos. Fueron unos días, les daba algún pedazo de pan
con un trocito de chocolate, a cambio, ellos para agradecérmelo me regalaban
algún billete de la república, anulados, que me dio por coleccionarlos. Mas
tarde, los vi vagabundear por Huétor y otros pueblos cercanos. Seguro de que
éstos, o algunos de ellos, serían, los que poco más tarde, organizaran el
maquis, en aquellas estribaciones de Sierra Nevada, como medio para poder
subsistir, en unos escenarios de vida muy duros para esta gente, que no tenían
apoyo alguno y para comer se valían de los cortijos que “visitaban” y algunas
intentonas de atraco en Granada, de las que yo también presencie, más de una
vez , como eran rápidamente apresados, si es que se dejaban apresar, porque ante
la duda de que fueran inmediatamente fusilados preferían morir luchando.
Una época en la que el trabajo era
como un rico manantial, por muy mal pagados que estuvieran, nadie hacía un alto
en el camino, ni para comer ni para descansar o festejar algo, nadie exigía
nada, no había nada, ni para los que tenían una ocupación u otra clase de
trabajo porque no sacaban lo suficiente. Recuerdo aquellos trenes de madera, en
los que yo pocos años después viajaría, los volvería a ver por los peldaños
exteriores, asomándose por las ventanillas del tren, para que les diésemos
algunas migajas de comida. Los maquis desaparecieron de España, no porque los
exterminaron, sino porque se les facilitó, la “huida” por medio de algún
acuerdo, para que emigraran.
Y si hago alusión a esta triste
pagina de la historia de España, es para una vez más, hacer una llamada de
atención a los que rigen esta sociedad, que tienen los graneros llenos y las
vasijas llenas de vino, y las orzas llenas de conservas, para que sepan
administrarlas con equidad entre todos y no sean tan prolongados los altos
en el camino de todos los trabajadores y empleados que disfrutan hoy, de
demasiados días de descanso, entre fiestas y otras causas, amen de permisos
extras y enfermedades, España tiene más días de vacaciones que la media europea.
Si contamos son 36 días de vacaciones al año, 22 días laborables, más 14 días de
fiesta. Y en cuanto otros lugares, no recuerdo si es en Asturias, se conceden 15
días de permiso por descanso, para aquellos que han trabajado en tareas
fatigosas.
Decir tendría mucho más, pero no
viene al caso, por lo que cerrar voy, esta carta, Para una vez puesta la
estampilla, enviársela a mi Director del periódico.
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