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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Historias de Navidad

 MANUEL RUBIO

 

Ríe, corre y salta,  la criatura, junto a un perro, que  ladra fuera, mientras el gato con el ovillo junto al fuego juega, a los pies de un  cura y una anciana, que, en voz alta, juntos rezan.

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Recostados en la pared del pasillo de su casa, cuatro críos, todos, menores de siete años, en silencio, se encuentran, unos sentados, otros de pié, deseosos de jugar a algo, porque aburridos se hallan en ese momento.  Dos de ellos,  para cambiar de postura, han elegido una caja de cartón vacía y metido en ella, imaginándose que, van a conducir un potente camión. Para ello, han bajado las tapas del envase dejando solo ver sus cabezas, “ya una vez cerradas las puertas lo han arrancado”, imitando el ruido de un motor, con toda la fuerza de sus gargantas, mientras el más pequeño,  como queriéndoles ayudar,  les empuja por detrás, con ímpetu, para que de una vez por todas empiece a “rodar”, pero no, no se mueve y ahí siguen en la misma posición. La más pequeña algo más alejada del grupo, con cara sonriente a la vez que se hurga la  nariz,  contempla aquella escena atenta, viendo como sus  tres hermanos se las están pasando pipas, pero no  por eso, ella no deja de decir que sus hermanos, son “mu blutos”, motivo por el que anda siempre algo alejada de ellos.

 

Una casa  con pocos juguetes, solo los cuatro cachivaches que hay,  están diseminados o destrozados en algún lugar de la casa. Nunca apetecieron nada, eran felices con lo que poseían, que  junto con lo que hallaban por la casa, les proporcionaba la suficiente distracción y si no,  se lo inventaban. En aquél momento, era ese,  el nuevo juguete, una caja. La imaginación de todo niño, les hace ver, aquello que más le ilusiona; cuantos, han puesto  unas sillas tras las otras y sentados en ellas, se han figurado  que iban montados en un tren o si,  lo que estos haciendo  les aburría, volverían a probar arrancar aquella caja de cartón y sobre sillas y escaleras, treparían en busca de un cable de la luz, para suministrarle corriente a esa caja de cartón que no terminaba de arrancar. Pero, gracias a que siempre hubiera un ángel de la guarda, encargado de avisar  a la madre, cuando más libres se creían y menos lo esperaban, esta aparecía y de un tirón,  los rescataba de aquellas alturas, “evitando con ello, que terminaran de hacer  la conexión”.

 

Fallado el intento, pronto se olvidarían del “fracaso”  “y con la música a otra parte”, esta vez, elegirían  el zaguán de la puerta, donde se les permitía armar todo el ruido que quisieran,  al no haber vecinos que se quejaran,  , formando pequeños guirigáis, y aprovechando que era el día de Noche Buena, provistos de una zambomba, algún cencerro o campana, la clásica botella  de anís de Rute y una cuchara, formaron  así,  su propia algarabía con estos improvisados instrumentos. Tras vociferar durante un largo tiempo villancicos, una vez  exhaustos, unos tras los otros escaparían los cuatro,  en veloz carrera hacia el jardín, en busca de otras nuevas aventuras. Téngase en cuenta que la TV no existía, la radio los niños apenas la oían, y el cine los había, que nunca habían pisado una sala de proyección.

 

Así que los juguetes “buenos”, eran sólo para el día de Reyes; para entonces, sus  padres ya habían comprado, para Manolin el mayor, una bicicleta con su bocina y todo, de segunda mano, que  antes, hubo mandado pintar,  para que pareciera nueva, a Pepín, una caja de herramientas de juguete, que no tardaron mucho en extraviarse, Para Gabriel, un balón de reglamento o pelota y para Angelita, la niña, una muñeca de trapo con mucho pelo y vestidos vistosos. Confetis, caramelos y toda clase de  dulces, adornarían aquella estancia, siempre llena de rayos de sol y alegría. Tanto regalo, les  desbordaba de júbilo a los cuatro, haciéndoles exclamar: ¡Mira papá, mira mamá, lo que me han traído los reyes magos!, sin dejar de señalar con toda la ingenuidad del mundo, aquellos regalos, que les parecía de allá del cielo llovidos.

 

Aquél mismo año, un compañero de clase, le reveló a Manolín quienes eran los Reyes Magos, y aunque le costó llegar a creerlo, al final hubo de admitirlo, porque ya habían otros de su misma edad, que también lo sabían y “para hacerse mayor”, debería aceptarlo. Llegado a casa, no pudiendo  aguantar más, tal secreto, se lo contaría a sus otros dos hermanos, solamente a ellos, porque si se lo contaban a la pequeña, esta, iría llorando a la madre y les diría lo muy malos que eran sus hermanos, diciéndole que, los reyes, no existían. La verdad es que, a ninguno, les hizo mucha gracia conocer tal secreto, y como preguntaría Gabrielito: ¿Y ahora que hacemos? A lo que de inmediato le contestó el mayor, pues, si nos callamos nos seguirán trayendo juguetes, porque  si papá y mamá se enteran, nos pasará lo mismo que a mi amigo Luigi, que solo le traen carbón, libretas, ropa y zapatos, por no haber sabido callarse. Así que los tres, guardaron el secreto, durante algunos años más, hasta el comienzo de una guerra, que trucó la paz de esta familia. Sería para los cuatro, una  experiencia difícil de soportar  y no la última, porque los  años siguientes de guerra y escasez, romperían las barreras de una infancia llena de bienestar,  para convertirse en malas y nuevas experiencias, pesada carga, difícil de asimilar. Una vez ya mayores, estos cuatro niños, seguro estoy, que habrán recordado con nostalgia, en sucesivos días de navidad, con pena, aquellos tiempos. Y hasta es posible, que aún no lo hayan tenido claro, si los Reyes de Oriente, “siguen cargando sus camellos con  juguetes procedentes de las factorías del cielo.

 

En la actualidad,  los dos que sobreviven, ya bastante mayores, no olvidan los buenos ratos, que los cuatro, pasaron juntos,  ni pierden las esperanzas, de que, algún día, no muy tarde, vuelvan a reencontrarse de nuevo los cuatro, para festejar, esta vez juntos, las  mejores navidades, que hayan podido pasar, pero con la peculiaridad, de que esta vez, jugaran, con el mismo Niño Dios, allá en las alturas y juntos ingeniaran nuevos y más divertidos juegos.


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