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Empleemos, ese ¡Hola! o ¡Buenos días! ¡Buenas
tardes! ¡Me alegro de verlo bien!, ¡Que lo pase usted bien!.. ¿Y su familia qué
tal está?, y esa larga perorata, sinfín de palabras y preguntas afables,
interesándose unas personas por las otras y sus familiares, como, la respuestas
consiguientes que le suceden, aseverando con sonrientes afirmaciones de cabeza,
de que todo anda bien; a no ser, que alguien haya fallecido ocurrido algo grave,
y ante tal suceso, sentirá o aparentara sentir, lo sucedido, y como resultado de
este último contacto, muy probablemente, le pongan al tanto de los antecedentes
clínicos, ocurridos al difunto con otros pormenores.
Un contenido de saludos y respuestas, que se
realizarán con cierto énfasis y prosopopeya, dependiendo de las relaciones de
amistad o cariño que le una, a menudo en justa y nivelada y armoniosa
correspondencia entre ellos. Luego, una vez haya llegado a su hogar, contará el
entrevista a la familia y les informará: ¿A que no sabéis a quién me he
encontrado en la calle? ¡Pues a fulanito o menganito, del que hablará, con más
o menos interés o aprecio, según le caiga este personaje.
Y es que, el hombre, se ve obligado por razones
diversas, a mantener relaciones con sus semejantes, la mayoría de las veces, por
vínculos familiares, amistades o de cortesía y otras, menos significativas o de
simple rutina. Una práctica heredada, saludos, que se generan espontáneamente al
encontrarse dos individuos y expresados con más regocijo cuando el tiempo
transcurrido sin haberse visto, ha sido más distanciado, por las causas que
hubiesen sido, bien por alejamiento o escasez de contacto entre ellos. Sin
olvidar, que, las relaciones humanas, son las conformadas por dos o más
individuos de la misma especie, y por supuesto, diferentes a las que practican
los animales. Relaciones humanas, con características diversas, ajustadas a los
distintos grupos sociales con los que se convive, alterna o se reúne.
Dentro de esta condición del ser humano, que por
cierto se halla incluido dentro de la escala zoológica, siente el mismo regocijo
que el de los demás animales, cuando de nuevo, se vuelven a encontrar con los de
su misma especie, En el caso del hombre, al haber sufrido, cambios y mejoras,
que embellecen y le dan a este encuentro un significado más caluroso, lo sitúa
por encima de cualquier otro animal. Según lugar y tiempo, la forma de mostrar
el apego que se siente por una persona, lo mostrará de este modo, con estos
saludos efusivos en mayor o menor grado.
¿No han observado en ciertos animales, este
comportamiento, cuando se encuentran de nuevo entre ellos? ¡Permítanme un
ejemplo! Una perra tuvo tres cachorros, dos fueron separados de la madre y el
otro hermano, y al cabo de seis meses, se volvieron a ver. Obvió fue, la gran
alegría (“interior”) que experimentaron unos y otros, al encontrarse de nuevo
“saludándose a su manera” o sea jugando y mordiéndose con cariño el morro y
olfateándose entre ellos en las diferentes partes del cuerpo, corriendo de allá
para acá, para renglón seguido, una vez los dueños concluyeran el dialogo, se
alejaran del lugar y como si aquí no hubiese pasado nada, cada can, siguiera de
cerca a sus respectivos amos “sin ninguna clase de despedida u otra cita para
el futuro”. Habría que preguntarse a continuación de haber presentado este
episodio, “encuentro perruno”, de que se valieron estos canes, para recordarse
entre sí, ¿de la memoria? ¿Del afecto? Del olor familiar?…
Como comprenderá querido lector, sería
inoportuno, aún más, osado por mi parte, si sobre este tema de las relaciones
humanas me extendiera, habiendo tantos libros personas y textos, que hablan de
ello, mejor cualificados que lo pudiera hacer uno, simple observador, que
apenas, nada sabe de ello. Y si me atrevo a hacerlo, es con el afán, de exponer
mis cuitas, en este caso, sobre la falta de entendimiento habido tan a menudo,
entre las personas. Que al parecer, diferente a lo que se observa en los países
“más civilizados” en donde, al parecer, se enfría todo contacto y calor humano,
viéndose el individuo más aislado. Observándose casos, como el de una persona
necesitada de alguna clase de auxilios, es esquivada por los viandantes o
transeúntes. En un viaje, al extranjero, pude comprobar, como una madre, cargada
con unos bultos y un chico en brazos, se le había caído uno de los paquetes, y
se viese desbordada con el empuje de la gente que no le permitían recogerlo, al
atropellarla en su precipitada entrada al aeronave y, mientras la gente en vez
de ayudarle a recogerlo, saltaban por encima, sin prestar atención a su azarosa
situación. A los pasajeros les traía sin cuidado lo que allí estaba ocurriendo
que de no haber sido por ese samaritano que siempre lo hay, uno, en este caso
uno de habla hispana, el que le ayudase, el paquete se pierde. Y es, que, cuanto
más avanza la civilización, más egoístas nos volvemos y menos nos preocupa el
prójimo.
Pienso, que las barreras de la
incomprensión y el desapego, suelen crearse por culpa de los pecados capitales
que se padecen, causantes, en parejas, amigos u otros grupos de personas, los
causantes en un momento dado, de crear conflictos de pareceres que les lleva a
discusiones impetuosas e incluso a producirse entre ellos, daños irreparables,
físicos o emocionales. Llevados por un arrebato de ira, soberbia, o envidia, etc
motivos, por los cuales, al no dar su brazo a torcer, alguno de ellos, estas
relaciones, llegan a romperse. Cuando esto ocurre, antes, los contendientes,
han vaciado ya toda su ira, el uno contra el otro y como en los combates de
boxeo, terminado el round, cada cual se va a su silla, dich9o sea tira por un
lado, hasta el próximo asalto. Toda contienda o altercado ocasiona, crea
distanciamiento y rivalidad entre ambas partes, por no haber habido, uno de
ellos, que hubiese siso capaz, de zanjar la discusión, o como decimos “dar su
brazo a torcer” para llevar por buen camino las buenas relaciones que les
unían.
Toda emoción fuerte, produce cierta energía (de
desgaste) en las personas, que como si faltada de ella estuvieran, les sirve
para encumbrarse y desahogarse.
El conocerse a uno mismo, le hace
escucharse y sentirse por dentro, (diremos analizarse) y estar al tanto con que
ironía se manifiesta, pudiendo entonces, si desea hacerlo, regular las
palabras, tono de voz e incluso censurarse asimismo, (controlarse) evitando con
ello caer en errores de los que después se arrepentiría. Si estas cabreado
(enojado) evita una discusión, muy posible haya sido por la falta de razón,
lógica o algún mal entendimiento, que no se han tenido en cuenta. Mejor dicho,
cálmate y si no lo logras, quítate del medio. Procura también no traer a la
memoria reminiscencias o cosas ya pasadas con la persona que regañas, pues
empeorará la situación. La buena cordialidad reinante en una conversación, te
hace ganar más amigos y considerarte, más sabio.
Y es que, si el hombre llegase autoanalizarse a
menudo, conocería mejor sus muchas imperfecciones que padece. Por ser muy
limitados sus recursos y conocimientos, le cuesta trabajo encontrar las causas
que producen esos arrebatos de furia que sufre, bien, los que el mismo se
provoca o aquellos que vienen de fuera. Existen unas reglas para el bien
platicar y discutir civilizadamente, de las que no voy a profundizar para no
extenderme en demasía, que si mal no recuerdo una de ellas, para mi la más
importante, es, la de mirar a la cara de tu interlocutor, cuando con él se
habla, sin esquivar la mirada, porque esto último, denota además de mala
educación, una sensación de que le rehuyes por cualquier motivo. Hay que dejar
hablar al interlocutor hasta que termine y esperar un tiempo prudente, por si
desea añadir algo más, siempre respetando el turno de intervención de cada
cual. Tampoco, hablemos dos, a la vez, porque no llegaremos a entendernos y el
recinto se puede convertir en una jaula de grillos.
Algún lector quizás pondere, no debiera opinar yo,
sobre este contenido, más propio de psicólogos u otros estudiosos en la
materia, pero, si me atrevo a hacerlo, es tan solo con la intención de hacer
valorar los resultados de una buena convivencia, a través de la conversación,
el dialogo, coloquio, entre las personas, ya que se nos forman y educan, con
el fin de que entre nosotros haya una buen concierto, pacifico y agradable.
Cualquier discusión violenta trae consigo un mal sabor para todos, incluso para
los asistentes.
Termino, refiriéndome a la “distancia” y tono
de voz que se debiera emplear entre dos que dialogan, o bien, del que se
pronuncia. Hablar a voces, por el hecho de que el interlocutor se haya
distanciado, (a no ser que sea sordo) deja mucho que desear, hablarle encima, a
una persona arrojándole el aliento (o miasmas, si está comiendo)
de la boca, también es repugnante y grosero. Como expresarse a voces o todo lo
contrario, en baja la voz, en ambas ocasiones, impiden ser oídos y ver con
claridad. Una distancia prudencial y siempre respetuosa con la clase de
persona con la que se trata, porque si la has de mandar a freír espárragos, es
recomendable estar distanciado de ella.
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