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 LAS CARTAS DE DON MANUEL

Seamos corteses

 MANUEL RUBIO

 

 

FOTO: MANUEL RUBIO

Empleemos, ese ¡Hola! o  ¡Buenos días! ¡Buenas tardes! ¡Me alegro de verlo bien!, ¡Que lo pase usted bien!.. ¿Y su familia qué tal está?, y esa larga perorata, sinfín de palabras y preguntas afables, interesándose unas personas por las otras y sus familiares,  como, la respuestas consiguientes que le suceden, aseverando con sonrientes afirmaciones de cabeza, de que todo anda bien; a no ser, que alguien haya fallecido ocurrido algo grave, y ante tal suceso, sentirá o aparentara sentir, lo sucedido, y como resultado de este último contacto, muy probablemente, le pongan al tanto de los antecedentes clínicos, ocurridos al difunto con  otros pormenores. 

 

Un contenido de saludos y respuestas, que se realizarán con cierto énfasis y prosopopeya, dependiendo de las relaciones de amistad o cariño que le una,  a menudo en justa y nivelada y armoniosa correspondencia entre ellos. Luego, una vez haya llegado a su hogar, contará el entrevista a la familia y les informará: ¿A que no sabéis a quién me he encontrado en la calle? ¡Pues a fulanito o menganito, del que  hablará, con más o menos interés o aprecio, según le caiga este personaje.

 

Y es que, el hombre, se ve obligado por razones diversas, a mantener relaciones con sus semejantes, la mayoría de las veces, por vínculos familiares, amistades o de cortesía y otras, menos significativas o de  simple rutina. Una práctica heredada, saludos, que se generan espontáneamente al encontrarse dos individuos y expresados con más regocijo cuando el tiempo transcurrido sin haberse visto, ha sido más distanciado, por las causas que hubiesen sido, bien por alejamiento o escasez de contacto entre ellos. Sin olvidar, que, las relaciones humanas, son las conformadas por dos o más individuos de la misma especie, y por supuesto, diferentes a las que practican los animales. Relaciones humanas, con características diversas, ajustadas a los distintos grupos sociales con los que se convive, alterna o se reúne.

 

Dentro de esta condición del ser humano, que por cierto se halla incluido dentro de la escala zoológica, siente el mismo regocijo que el de los demás animales, cuando de nuevo, se vuelven a encontrar con los de su misma especie, En el caso del hombre, al haber sufrido, cambios y  mejoras,  que embellecen y le dan a este encuentro un significado más caluroso, lo sitúa por encima de cualquier otro animal. Según lugar y tiempo, la forma de mostrar el apego que se siente por una  persona,  lo mostrará de este modo,  con estos saludos efusivos en mayor o menor grado.

 

¿No han observado en ciertos animales, este comportamiento, cuando se encuentran de nuevo entre ellos? ¡Permítanme un ejemplo! Una perra tuvo tres cachorros, dos fueron separados de la madre y el otro hermano, y al cabo de seis meses, se volvieron a ver. Obvió fue, la gran alegría (“interior”) que experimentaron unos y otros, al encontrarse de nuevo “saludándose a su manera” o sea jugando y mordiéndose con cariño el morro y olfateándose entre ellos en las diferentes partes del cuerpo,  corriendo de allá para acá, para renglón seguido, una vez los dueños  concluyeran el dialogo, se alejaran del lugar y como si aquí no hubiese pasado nada, cada can, siguiera de cerca  a sus respectivos amos “sin ninguna clase de despedida u otra cita para el futuro”. Habría que preguntarse a continuación de haber presentado este episodio, “encuentro perruno”, de que se valieron estos canes, para recordarse entre sí, ¿de la memoria? ¿Del afecto? Del olor familiar?…

 

Como comprenderá querido  lector, sería inoportuno, aún más, osado por mi parte, si sobre este tema de las relaciones humanas me extendiera, habiendo tantos libros personas y textos, que hablan de ello, mejor cualificados que lo pudiera hacer uno, simple observador, que apenas, nada sabe de ello. Y si me atrevo a hacerlo, es con el afán, de exponer mis cuitas, en este caso, sobre la falta de entendimiento habido tan a menudo, entre las personas. Que al parecer, diferente a lo que se observa en los países “más civilizados” en donde, al parecer, se enfría todo contacto y calor humano, viéndose el individuo más aislado. Observándose casos, como el de una persona necesitada de alguna clase de auxilios, es esquivada por los viandantes o transeúntes. En un viaje, al extranjero, pude comprobar, como una madre, cargada con unos bultos y un chico en brazos,  se le había caído uno de los paquetes, y se viese desbordada con el empuje de la gente que no le permitían recogerlo, al atropellarla  en su precipitada entrada al aeronave y, mientras la gente en vez de ayudarle a recogerlo, saltaban por encima, sin prestar atención a su azarosa situación. A los pasajeros les traía sin cuidado lo que allí estaba ocurriendo que de no haber sido por ese samaritano que siempre lo hay, uno, en este caso uno de habla hispana, el que le ayudase, el paquete se pierde. Y es, que, cuanto más avanza la civilización, más egoístas nos volvemos y  menos nos preocupa el prójimo.

 

Pienso, que las barreras de la incomprensión y el desapego, suelen crearse   por culpa de los pecados capitales que  se padecen, causantes, en parejas,  amigos u otros grupos de personas, los causantes en un momento dado, de crear conflictos de pareceres que les lleva a discusiones impetuosas e incluso a producirse entre ellos, daños irreparables, físicos o emocionales. Llevados por un arrebato de ira, soberbia, o envidia, etc  motivos, por los cuales,  al no dar su brazo a torcer, alguno de ellos, estas relaciones, llegan a romperse. Cuando esto ocurre, antes, los  contendientes, han vaciado ya toda su ira, el uno contra el otro y como en los combates de boxeo, terminado el round, cada cual se va a su silla, dich9o sea tira por un lado, hasta el próximo asalto. Toda contienda o altercado ocasiona, crea  distanciamiento y rivalidad entre ambas partes, por no haber habido, uno de ellos, que hubiese siso  capaz, de zanjar la discusión, o como decimos “dar su brazo a torcer” para llevar  por buen camino las buenas relaciones que les unían.

 

Toda emoción fuerte, produce cierta energía (de desgaste) en las personas, que como si faltada de ella estuvieran, les sirve para encumbrarse y desahogarse.

 

El conocerse a uno mismo, le hace escucharse y sentirse por dentro, (diremos analizarse) y estar al tanto con que ironía se manifiesta, pudiendo entonces,  si desea hacerlo, regular las palabras, tono de voz e incluso censurarse asimismo, (controlarse) evitando con ello caer en errores de los que después se arrepentiría. Si estas cabreado (enojado) evita una discusión, muy posible haya sido por la falta de razón, lógica o algún mal entendimiento, que no se han tenido en cuenta. Mejor dicho,  cálmate  y si no lo logras, quítate del medio. Procura también no traer a la memoria reminiscencias o cosas ya pasadas con la persona que regañas, pues empeorará la situación. La buena cordialidad  reinante en una conversación, te hace ganar más amigos y considerarte, más sabio.

Y es que, si el hombre llegase autoanalizarse  a menudo, conocería mejor  sus muchas  imperfecciones  que padece. Por ser muy limitados sus recursos y conocimientos, le cuesta trabajo encontrar las causas que  producen  esos arrebatos de furia que sufre, bien, los que el mismo se provoca o aquellos que vienen de fuera. Existen unas reglas para el bien platicar y discutir civilizadamente, de las que no voy a profundizar para no extenderme en demasía,  que si mal no recuerdo una de ellas, para mi  la más importante, es, la de mirar a la cara de tu interlocutor, cuando con él se habla, sin  esquivar la mirada, porque esto último, denota además de mala educación, una sensación de que le rehuyes  por cualquier motivo. Hay que  dejar hablar al interlocutor hasta que termine y esperar un tiempo prudente,  por si desea añadir algo más, siempre  respetando el turno de intervención de cada cual. Tampoco, hablemos dos, a la vez, porque no llegaremos a entendernos y el recinto se puede convertir en una jaula de grillos. 

 

Algún lector quizás pondere, no debiera opinar yo, sobre este contenido, más propio de psicólogos u otros estudiosos en la materia,  pero, si me atrevo a hacerlo,  es tan solo con la intención  de hacer valorar los resultados de una buena convivencia,  a través de la conversación, el  dialogo, coloquio, entre las  personas, ya que se nos  forman y educan, con el fin de que entre nosotros haya una buen concierto,  pacifico y agradable. Cualquier discusión violenta trae consigo un mal sabor para todos, incluso para los asistentes.

 

Termino, refiriéndome a la “distancia” y tono de voz que se debiera  emplear  entre dos que  dialogan, o bien, del que se pronuncia. Hablar a voces, por el hecho de que  el interlocutor se haya distanciado, (a no ser que sea sordo) deja mucho que desear, hablarle encima, a una persona arrojándole el aliento (o miasmas, si está comiendo) de la boca, también es repugnante y grosero. Como expresarse a voces o todo lo contrario, en baja la voz, en ambas ocasiones, impiden ser oídos y ver con claridad. Una distancia prudencial y siempre respetuosa con la clase de persona con la que se trata, porque  si la has de mandar a freír espárragos, es recomendable estar distanciado de ella.


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